Cuentos de Barrio

Por Carolina Valdés

Corrí sin saber bien en donde estaba. Las gotas de sudor se deslizaban, iban desde mi frente hasta mi boca. Su sabor salado, amargo, me hizo detenerme. Abrí bien mis ojos por primera vez en diez cuadras y ubiqué una banca vacía bajo la sombra de un frondoso árbol. Aproveché su soledad y me senté, arrugando mi vestido.

Gustavo era un patán: ¡llegar a mi quince con esa, saludando a todos como todo un mirrey! Lo odio, y aquí sola en esta banca juro odiarlo hasta mi muerte. Las fotos arruinadas, el pastel casi derretido, nada más me falta verme en un espejo para confirmar el estado arruinado de mi maquillaje. No pude más y me eché a llorar.

Se supone que éste sería mi día. Todo perfecto, y hoy, frente a todos dejaría de ser una niña. Y ahora estoy sola, llorando en un vestido tan grande que ni en el bocho de mi tío cupo. Sabía que un viaje a la playa con mis amigas sería mejor idea, pero no… me dejé llevar por las flores y los salones. Tardé como un mes en decidir cuál sería la comida que serviríamos.

Las campanas de la catedral sonaron de repente y me percaté de su cercanía. Se ve hermosa, viéndola siento que estoy en otra época. Hay una pareja que se prepara para entrar. Se ven nerviosos, el hombre está tome y tome de una lata de soda. La novia se ve radiante y lo sabe. No deja de sonreír. Hay una señora con un vestido amarillo a su lado, tienen como que un aire, ha de ser su mamá. Ella le quiere dar un ramo, pero la novia no entiende. Entonces la mamá agarra el ramo de rosas blancas y lo deposita en sus manos, cuidando con las suyas que no se caigan. Desde lejos parece que ya entendió lo que su mamá quería y nada más se ríe.

Así me sentía yo a medio día, pero más nerviosa, creo. Mi misa no fue aquí, fue en la Iglesia de San Luis Gonzaga, dónde se casaron mis papás hace ya casi 20 años. Unas semanas atrás mi mamá me enseñó todas sus fotos del día. Me tomé una con mi papá en el mismísimo lugar donde ella estuvo entonces. Espero verme aunque sea la mitad de bonita de lo que ella se veía ese día.

El padre salió de la Catedral de Monterrey y saludó a la parejita. Qué bonito trabajo tiene él: un día es una boda, otro un aniversario, los bautizos, celebración tras celebración. Se supone que son días especiales, para disfrutar y estar en familia. No para llorar sola por alguien que no te quiere.

El viento empezó a correr justo como yo hace 20 minutos: decidido y con prisa. Agarré mi vestido con mis dos manos y me paré de la banca. Esta vez el aire y yo correremos juntos, decididos y también con prisa pero él me ayudará a recordar. Lo necesito, porque al parecer en esta vida de todo pasa: repruebas materias, tu novio te deja por otra, tantos días pasan que hasta se convierten en años. Pero hoy es un día para celebrar y lo honraré como tal.

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