¿Por qué los nigerianos se amontonan en torno a un agujero en el mercado?

Por Ryszard Kapuściński

¡Onitsha! Siempre había querido verla. Existen nombres mágicos que hacen aflorar asociaciones atractivas y multicolores: Tombuctú, Lalibela, Casablanca… También pertenece a ellos el nombre de Onitsha. Es una pequeña ciudad de Nigeria oriental que alberga el mercado más grande de África, o tal vez incluso del mundo.

En África se ve muy clara la diferencia entre el mercado-mercado y lo que solemos llamar una gran superficie o un centro comercial o un mercado municipal. El centro comercial es una construcción fija, algo que tiene una forma arquitectónica, una estructura más o menos planificada, un grupo estable de comerciantes y una clientela medianamente asidua. También tiene puntos de referencia que perduran en el tiempo: rótulos de conocidas empresas, placas con apellidos de comerciantes famosos, anuncios de colores y escaparates atractivamente decorados. El mercado, en cambio, es un mundo del todo diferente. Es el mundo de los elementos, de la espontaneidad y de la improvisación. Es una fiesta popular, un concierto al aire libre. Dominio y reino de las mujeres, el pensar en el mercado no las abandona ni por un momento. Todavía en casa, en la aldea o en la ciudad, piensan en su ida a él. Irán allí para comprar o para vender algo. O lo uno y lo otro. Por lo general, el mercado está lejos —la excursión supone por lo menos un día— y el camino de ida, y luego la vuelta, proporciona tiempo para la conversación (ya que caminan en grupo), un intercambio de comentarios y de chismes.

¿Y el mercado en sí? Además de comprar y vender, también es un lugar de encuentro. Es la huida de la monotonía de la vida cotidiana, un momento de descanso, una reunión social. Para ir al mercado las mujeres se visten con sus mejores ropas, no sin antes cuidarse de su peinado, que, laboriosamente, se hacen unas a otras. Y es que en África, al mismo tiempo que las compras, hay un permanente desfile de moda, discreto, involuntario e improvisado. Si uno se fija en lo que venden y compran estas mujeres, le resulta difícil resistirse a la impresión de que la mercancía no es más que un pretexto para entablar y mantener una relación con otras personas. He aquí, por ejemplo, a una mujer que pone a la venta tres tomates. O varias mazorcas de maíz. O un cuenco de arroz. ¿Qué beneficio sacará? ¿Qué podrá comprar con él? Y, sin embargo, se pasa en el mercado todo el día. Observémosla con atención. Sentada, no para de hablar con sus vecinas, discute con ellas, mira la ondulante multitud que pasa ante sus ojos, expone sus opiniones y hace comentarios. Luego, sintiendo hambre, las mujeres intercambian los productos y los guisos que han traído para la venta y los consumen allí mismo.

Tiempo atrás, en un viaje que había hecho a Malí, observé, en Mopti, un mercado de éstos, el de pescado. En una pequeña plaza cubierta de arena, bajo un sol asesino, permanecían sentadas unas doscientas mujeres. Cada una de ellas ponía a la venta unos cuantos peces pequeños. No vi a nadie que quisiera comprárselos. Ni tan siquiera mirarlos o preguntar por su precio. Y, sin embargo, las mujeres se mostraban contentas, charla que te charla, mantenían un debate animado, ocupadas en ellas mismas y ausentes para el mundo. Creo que si hubiese aparecido allí algún cliente, no lo habrían recibido de buena gana, pues les habría estropeado la diversión.

Un gran mercado significa una ingente cantidad de personas, una tremenda multitud. La gente se agolpa, unos empujan a otros, se apretujan y asfixian. Hasta donde alcanza la vista, se ve un mar de negras cabezas, como esculpidas uniformemente en basalto, y de ropas de colores chillones.

Por si fuera poco, en medio de todo esto se meten los camiones. Sí, porque tienen que distribuir las mercancías. Las normas de la circulación de estos vehículos —que los obligan a moverse de tal manera que no maten a nadie ni se lleven nada por delante— están fijadas por un código establecido por la tradición. Al principio, el camión no se introduce en la multitud más que un metro. Entra lenta, muy lentamente, centímetro a centímetro, paso a paso. Las mujeres que están sentadas en medio de la ruta del vehículo recogen sus mercancías en cestas, palanganas y hatillos, y, repartiendo empellones entre las vecinas que están de pie o sentadas detrás de ellas, retroceden obedientes y sin decir palabra ante el parachoques del camión que avanza, para, un segundo después, volver a su puesto anterior, como las olas hendidas por la proa de un barco.

El mercado africano es un gran amontonamiento de baratijas de diverso pelaje. Una mina de chucherías y trastos chapuceramente hechos. Montañas de birrias y de pegotes kitsch. Nada de lo que hay aquí tiene valor alguno, nada llama la atención, ni despierta admiración, ni tienta, ni hace que uno desee poseerlo. En un extremo se apilan montañas de cubos y palanganas de plástico, iguales, rojos y amarillos; en otro, forman una maraña miles de idénticas camisetas y zapatillas de deporte, y en un tercero se levantan pirámides de telas de percal multicolor y brillan hileras de vestidos y chaquetas de nailon. Sólo en un sitio así se ve hasta qué punto el mundo está inundado por cosas de última fila, cómo se hunde en un océano de kitsch, de baratija, de sin-gusto y de sin-valor.

Y un buen día, por fin se presentó la ocasión de ir a Onitsha. Una vez en el coche, intentaba imaginarme el cuadro que encontraría, sólo que monstruosamente multiplicado y aumentado repetidamente hasta alcanzar el tamaño del mercado más grande del mundo. Mi conductor atendía al nombre de Omenka y, criado en la riqueza de la cuenca petrolífera del lugar, pertenecía a esa clase de personas listas y astutas que saben el valor del dinero y cómo sacárselo a sus clientes.

El día en que nos conocimos, al despedirme de él, no le di nada. Se alejó sin decir ni tan siquiera adiós. Me sentí apenado, porque no me gustan unas relaciones frías y formales entre las personas. La vez siguiente le di 50 nairas (moneda local). Dijo adiós e incluso esbozó una sonrisa. Animado, la vez siguiente le di 100 nairas. Dijo adiós, esbozó una sonrisa y me dio la mano. En vista de ello, en la siguiente despedida le di 150. Dijo adiós, esbozó una sonrisa, me transmitió un saludo y, cordialmente y con las dos manos, estrechó la mía. La vez siguiente aumenté la tarifa y le pagué 200 nairas. Dijo adiós, esbozó una sonrisa, me dio un fuerte abrazo, transmitió un saludo para mi familia y, en tono preocupado, me preguntó varias veces por mi salud.

No quiero seguir con esta historia por más tiempo, pero las cosas habían alcanzado tal punto que, yo colmándolo de nairas y él aceptándolas, al final no podíamos separarnos. A Omenka, embargado por la emoción, siempre le temblaba la voz y siempre con lágrimas en los ojos me juraba su total fidelidad y entrega. Yo ya tenía lo que quería, incluso de sobra: cordialidad, bondad, calor humano.

Así que ahora Omenka y yo viajábamos rumbo a Onitsha, es decir, en dirección norte (tomando como punto de referencia el golfo de Benín), pasando junto a pequeñas ciudades como Aba, y luego Owerri e Ihiala. Por aquellos parajes —verdes, palustres y húmedos— el país está densamente poblado. Parte de la población trabaja en la extracción del petróleo, parte cultiva parcelas de mandioca y de cassava, parte hace caer el fruto de los cocoteros y lo vende, y, finalmente, parte destila plátanos y mijo para obtener un aguardiente de fabricación casera. Y todos ellos, a un tiempo, se dedican al comercio. Cierto que en África existe la división en agricultores y pastores de ganado, en soldados y oficinistas, en sastres y mecánicos; es un hecho. Pero lo más importante radica en otra cosa, en lo común y compartido: en que todo el mundo comercia.

La diferencia entre la sociedad africana y la europea consiste, entre otras, en que en esta última reina la división del trabajo, en que actúa la ley de la especialización, lo que hace que las profesiones y los oficios estén claramente definidos y determinados. Tales principios funcionan en África en un grado bastante exiguo. Aquí, sobre todo hoy en día, la persona se lanza a decenas de ocupaciones, hace un montón de cosas, por lo general no por mucho tiempo y —así son las cosas— sin demasiada seriedad. Sea como fuere, resulta muy difícil no toparse con alguien que no haya rozado el elemento y la pasión más arrebatadora de África: el comercio.

Y precisamente el mercado de Onitsha es ese punto al que llevan todos los caminos y senderos del África de la compraventa; aquí se encuentran y se cruzan.

Onitsha me ha fascinado también porque es el único caso de mercado que conozco que haya creado y desarrollado su propia literatura: la Onitsha Market Literature. En la ciudad viven y trabajan decenas de escritores nigerianos cuyas obras son editadas por docenas de editoriales del lugar, que tienen en el mercado sus propias imprentas y librerías. Se trata de una literatura muy variada: folletines de amor, poemas y saínetes (que más tarde se representan por las numerosas mini-compañías de teatro que allí mismo actúan), comedias de bulevar, vodeviles y farsas populares. También abundan las historias didácticas y las guías prácticas del tipo ¿cómo enamorarse? o ¿cómo desenamorarse?, así como novelones como Mabel o la dulce miel que se ha evaporado o Juegos amorosos y después… la desilusión. Todo con el fin de conmover y arrancar las lágrimas, aunque también para enseñar y dar consejos desinteresados.

La literatura tiene que cumplir una función, consideran los autores de Onitsha, y en su mercado encuentran un enorme auditorio que busca experiencias y sabiduría. Quien no tiene dinero para comprarse el folleto con una obra maestra (o, simplemente, no sabe leer) puede escuchar su mensaje por un céntimo, pues ése es el precio de la entrada a las veladas con el autor, que a menudo se celebran a la sombra de los tenderetes con naranjas o con batatas y cebollas.

Varios kilómetros antes de Onitsha, la carretera, dibujando un suave arco, torcía hacia la ciudad. Ya en aquel arco se veían muchos coches parados: estaba claro que teníamos delante un embotellamiento y, por lo tanto, una paciente espera, sobre todo habida cuenta de que, viniendo desde donde veníamos, aquélla era la única entrada al lugar. Se trataba de la Oguta Road, que terminaba mucho, pero que mucho más adelante, precisamente al llegar al célebre mercado. Pero, de momento, estábamos parados detrás de unos camiones, en medio de una larga fila de coches.

Pasaron 30 minutos, luego una hora. Estaba claro que los conductores del lugar conocían la situación, pues, tan tranquilos, se habían aposentado en la cuneta junto al camino. Pero yo tenía prisa: aquel mismo día debía regresar a Port Harcourt, distante trescientos kilómetros. La carretera era estrecha, de un solo carril, y nuestro coche, encajonado entre otros, no tenía ninguna posibilidad de maniobra. Así que, solo, me puse a caminar hacia adelante para averiguar la causa de aquella inmóvil caravana. Hacía un calor tremendo, como siempre en África a mediodía, con lo cual anduve a paso de tortuga. Al final llegué a mi destino, que resultó encontrarse ya en la ciudad. A ambos lados de la calle había casas de ladrillo, bajas y cubiertas por oxidadas planchas de hojalata ondulada, y tiendas de una sola planta; a la sombra de anchos porches se veía a sastres sentados ante sus máquinas de coser y a mujeres lavando y tendiendo ropa. Un lugar de la calle aparecía lleno a rebosar de gente febrilmente afanada; rugían los motores y se oía mucho bullicio, así como gritos e imprecaciones.

Una vez me hube abierto paso entre la muchedumbre, vi que en medio de la calle se abrían las fauces de un agujero enorme. Inmenso: ancho y de varios metros de profundidad. De bordes perpendiculares y abruptos, aparecía en su fondo un depósito de turbia agua estancada. A aquella altura, la calle era tan estrecha que no había manera de rodear el agujero y todo aquel que quisiese entrar en la ciudad con su vehículo antes tendría que meterse de cabeza en aquel abismo y sumergirse en el lodazal, y luego esperar que alguien se las ingeniase para sacarlo de tan incómodo aprieto.

Así estaban las cosas. En el fondo del agujero y sumergido hasta la mitad, se veía un inmenso camión, cargado con sacos de cacahuetes. Lo descargaba un nutrido grupo de chicos semidesnudos que trepaban, saco al hombro, hacia la calle. Otro grupo fijaba al camión unas cuerdas para intentar sacarlo del hoyo. Otro iba y venía en medio del agua, intentando colocar tablas y vigas de madera bajo las ruedas. Aquellos cuyas fuerzas les abandonaban subían a la superficie para descansar. Arriba ya los esperaba una fila de mujeres que vendían platos calientes: arroz con salsa de especias, tortas de cassava, batatas asadas, sopa de cacahuetes… Otras comerciaban con la limonada local, el ron y la cerveza de plátanos. Unos niños vendían cigarrillos y chicles.

Al final, cuando ya lo habían preparado todo y descargado los cacahuetes, los equipos procedieron al rescate del camión. Parte de los chicos, al son de los gritos apurándolos, tiraba de las cuerdas mientras otros empujaban el camión con los brazos. El vehículo se resistía, reculaba y casi se ponía vertical. Pero finalmente, gracias al común esfuerzo, acabó rescatado y puesto sobre el asfalto. Los curiosos aplaudían y se daban palmaditas de alegría en la espalda y los niños bailaban y batían palmas alrededor de él.

No había transcurrido ni un minuto cuando otro vehículo, el siguiente de la cola, se hundía en el fondo del abismal agujero. Noté, sin embargo, que esta vez el rescate corría a cargo de personas del todo diferentes. Habían traído sus propias cuerdas, cadenas, palas y tablas de madera. Las que habían trabajado con el vehículo anterior se habían esfumado. Esta vez el trabajo se anunciaba lento y difícil: les había tocado un camión especialmente pesado, un enorme Bedford. Tuvieron que sacarlo poco a poco, a plazos. Todas y cada una de las paradas empezaban con una larga discusión acerca de los métodos de salvamento, de cuáles serían los más eficaces. El Bedford se escurría, rugía su motor como enloquecido y la caja de carga se inclinaba peligrosamente hacia un lado.

A medida que iban pasando los automóviles el agujero se volvía cada vez más profundo. Su fondo se había convertido en un barrizal pegajoso desde el cual las ruedas, que patinaban y giraban sobre sus ejes, levantaban montones de lodo y chorros de gravilla con los que salpicaban a todo el mundo. Pensé que nos aguardaban dos o tres días de espera antes de que nos tocase el turno de encontrarnos en el fondo del viscoso agujero. Y me pregunté cuánto nos cobrarían por sacar de él nuestro vehículo. Pero en aquel momento había una pregunta más acuciante: ¿cómo salir de aquella trampa?

Había dejado ya de pensar en el mercado de Onitsha, en aquel variopinto elemento y su folletinesca literatura de tenderete. Como tenía que regresar a Port Harcourt, deseaba alejarme de allí. Pero antes me puse a escudriñar los alrededores de nuestra agujereada y embotellada Oguta Road. A ver qué aspecto tenían. A enterarme de cosas. A escuchar qué decía la gente.

Desde el primer momento saltaba a la vista que las proximidades del enorme socavón se habían convertido en el centro de la vida vecinal, que atraían a la gente, despertaban su curiosidad y la impelían a actuar y mostrar su iniciativa. En un lugar que en condiciones normales no es más que un quieto y soñoliento rincón de las afueras, con hombres en paro dormitando en las calles y manadas de perros sin amo enfermos de malaria, había surgido de manera repentina y espontánea, gracias al dichoso agujero, todo un barrio lleno de movimiento y bullicio. El agujero había proporcionado trabajo a los parados, que creaban equipos de salvamento y ganaban dinero sacando del hoyo a los coches. También había proporcionado consumidores a las mujeres, dueñas de las móviles cocinas populares. Gracias a la existencia de un agujero que frenaba la circulación y bloqueaba la calle, en las pequeñas tiendas de los aledaños, vacías hasta entonces, aparecían clientes a su pesar: pasajeros y conductores de los coches que esperaban su turno para pasar. También habían encontrado compradores de sus productos los vendedores ambulantes de cigarrillos y refrescos.

Más aún. Sobre las casas vecinas vi, recién puestos, unos trozos de cartón con la palabra “Hotel” garabateada por mano inexperta: estaban destinados a aquellos que se verían obligados a pasar allí la noche mientras esperaban su turno en el agujero. Habían revivido los talleres locales de reparación de automóviles: aprovechando la parada, los conductores tenían tiempo para arreglar las pequeñas averías, hinchar las ruedas y cargar la batería. Tenían más trabajo los sastres y los zapateros, habían aparecido peluqueros y también vi deambular por allí a unos cuantos curanderos que ofrecían hierbas, pieles de serpiente y plumas de gallo, y que estaban dispuestos a curar a todo el mundo en un instante. En África, todas estas profesiones las ejercen personas que siempre están en camino, que buscan al cliente yendo de un lado para otro; y cuando aparece una ocasión —como el socavón de Onitsha—, acuden allí enseguida y en masa. La vida social también se había animado: los alrededores del agujero se habían convertido en lugar de encuentro, charla y discusión; y para los niños, de juego.

La maldición de los conductores que se dirigían a Onitsha se había convertido en bendición para los habitantes de la Oguta Road, de todo aquel barrio cuyo nombre desconozco. Sólo se había confirmado que todo mal encontrará siempre sus defensores, pues en todas partes hay personas que necesitan del mal para alimentarse, que es su oportunidad e, incluso, la razón de su existencia.

La gente impidió durante mucho tiempo que se arreglase el agujero. Me consta porque, cuando años más tarde conté en Lagos mi extraña aventura, en respuesta oí que alguien con un tono de indiferencia en la voz me decía:

—¿Onitsha? Allí siempre es así.

*Fragmento de Ébano (2000).

Comments

comments