Por Antonio Hernández

«Quiero saltar al agua para caer al cielo». Pablo Neruda*

El proyecto Monterrey VI ha sido presentado como una obra que dará solución al abasto de agua potable para Monterrey. Se trata de un acueducto que se pretende conduzca el agua desde el Río Pánuco, en el municipio de Ébano (San Luis Potosí), hasta la presa Cerro Prieto, en Linares, Nuevo León. La obra es promovida por Servicios de Agua y Drenaje de Monterrey, del gobierno de Nuevo León.

Lo absurdo de esta obra se comprende al momento de conocer la descripción de la misma. Traer agua desde regiones alejadas de Monterrey, hace ver el fracaso del gobierno de Nuevo León en buscar los medios para que el crecimiento de la ciudad sea de manera sostenible.

Ya se han vuelto públicas las impugnaciones a esta obra, en Monterrey y Veracruz. Aunque el proyecto cuenta con la concesión para el aprovechamiento del agua en el Pánuco y la autorización en materia de impacto ambiental por la Semarnat, parece que las posibilidades de que ese proyecto sea implementado se tambalean.

Aunque el proyecto en su ficha técnica describe que se trata de un acueducto con 390 kilómetros de longitud, ese dato es ficticio si valoramos el proyecto en su contexto. Mediante el análisis de las regiones hidrográficas relacionadas con el Pánuco, es posible establecer que el origen de sus aguas viene desde el Distrito Federal. Al sureste de la capital, donde se recogen los canales de drenaje en la metrópoli, es el inicio contaminado de las aguas que busca traer a la ciudad el Monterrey VI. Los 399 kilómetros del acueducto palidecen ante los más de mil kilómetros que tendrían que recorrer las aguas de drenaje en la ciudad de México hasta su llegada a la capital de Nuevo León, con escala en la presa Cerro Prieto.

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Para poner en contexto desde donde proviene el agua de Monterrey VI, la presa El Cuchillo que abastece a Monterrey, está a 80 kilómetros de distancia de esta ciudad, mientras que la más lejana –Cerro Prieto- se encuentra a poco más de 100 kilómetros. Pero lo remoto del agua sucia no termina ahí, porque además de las aguas capitalinas contaminadas, hay que añadir los 348 del Río Tampaón, y los 240 del Moctezuma, desde su origen hasta su unión con el Pánuco. 1623 kilómetros es la distancia que media entre el origen de las aguas que se busca conduzca Monterrey VI, hasta su llegada a la capital del Nuevo León. A esta irracional propuesta, añadamos la cifra final, en la cual son 40 las regiones hidrográficas que aportan aguas a los ríos que convergen con el Pánuco y eventualmente al acueducto de la sinrazón.

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Fotografía. Canal de drenaje en la zona conurbada del Distrito Federal (Fuente: Street View, de Google Earth).

Al despropósito del proyecto, se debe añadir su costo. En su origen se habló de 17 mil millones de pesos, para luego aumentar esa cantidad a 40 mil. Tan solo para Nuevo León, dentro del Presupuesto de Egresos del 2014, son 8 mil 798 millones los aprobados para la entidad. Ni con todo el dinero para administrar el estado norteño se alcanza para pagar Monterrey VI. La deuda pública elevada al infinito.

El asunto de fondo en este tema es el crecimiento sostenible de Monterrey. Si llega a concretarse la obra, ese objetivo difuso y deseable, simplemente quedará en el olvido. La capital de Nuevo León será la primera ciudad del país en declararse abiertamente anti sostenible, al tener que explotar las aguas de cuencas ubicadas a cientos de kilómetros de distancia.

La sospecha recae ante el gobierno de Nuevo León, dado el remoto origen de las aguas de Monterrey VI, su elevado costo, y también debido a un asunto relevante, en el cual no se exploraron alternativas notoriamente más económicas.

De acuerdo a las cifras de la agencia que promueve Monterrey VI –Agua y Drenaje de Monterrey-, el 45 por ciento del agua que se consume en la capital de Nuevo León, proviene de fuentes de abastecimiento ubicadas en el Área Natural Protegida, con categoría de Parque Nacional, llamada “Cumbres de Monterrey”. Una posibilidad real de aumentar el porcentaje de aporte de ese espacio protegido, tiene relación con un adecuado manejo de los ecosistemas del mismo. Es posible ese objetivo atendiendo la problemática de erosión de suelos que el Parque Nacional tiene, aparejado con un freno a la urbanización de sus territorios, debido al crecimiento caótico de la ciudad.

Pero como la urbanización del ANP es el negocio de los gobiernos locales, ni en el mundo al revés invertirán recursos suficientes para el cuidado de esa fábrica de agua, aún y que en ese tránsito degraden progresivamente el principal servicio ambiental que otorgan las montañas que rodean a Monterrey: la provisión de agua para consumo humano.

En el crecimiento sostenible de Monterrey, la provisión de agua para la comunidad debe ser en fuentes ubicadas dentro de los territorios de la ciudad. Implica que la invasión de las montañas –esponjas que captan las lluvias en la ciudad- sea detenida, vía la comprensión de que las montañas son nuestra garantía de supervivencia.

La ciudad no necesita aguas contaminadas provenientes de regiones remotas. Tampoco que la garantía del acceso al agua deba ser mediante el endeudamiento inaceptable e incomprensible en sus elevados montos. Nos están avasallando en decisiones que afectan la base de la vida, y no estamos reaccionando con la contundencia requerida. Digamos no al Monterrey VI.

Desaparición de personas en Nuevo León.

Ciudadanos en Apoyo a los Derechos Humanos (CADHAC) puntualiza la gravedad de la horrible tragedia de las personas desaparecidas. En su sitio publican las cifras correspondientes a un período desde el 2009 hasta los días vigentes, en el 2014.

En ese espacio de tiempo la organización ha brindado atención en 329 casos, que comprenden la desaparición de 1248 personas. Ese tema y no otro, debe ser la prioridad de las administraciones en Nuevo León. Un gobierno ético y consciente de la tragedia, a la par de las familias, ya estuviera realizando las más eficientes acciones para la localización de toda la gente ausente. Eso es lo que se ocupa para nuestra vida pública, y no proyectos surrealistas y empobrecedores de los presupuestos públicos, cobijados con el pretexto de darle agua a la población.

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