Por Carmen Libertad Vera

Hace poco tiempo, Víctor Hugo volvió a estar de moda. No tanto por la lectura de sus obras, sino por haber sido retomado como “argumentista” de la principal industria destinada al divertimento de masas: el cine.
Lo anterior surgió a raíz de la adaptación fílmica de Los Miserables, película que derivó a su vez del éxito que en Broadway tuvo el musical basado en esa misma obra surgida, originalmente, en pleno siglo XIX con la intención de retratar una situación histórico-política bastante concreta de la Francia pre-moderna.
En lo personal, considero a Los Miserables una novela de amor con final feliz, a pesar de su remarcado discurso político y de que Marius, en algún momento de la trama, a partir de la recuperación de esa su imagen paterna que él ya consideraba perdida, por no decir inexistente, y su subsecuente separación del status familiar y económico que lo orilla a caer no sólo en situación de pobreza, sino de plena y asumida indigencia.
El tipo de miserables que Víctor Hugo en esa obra retrata no son de carácter económico o social, sino sobre todo, de orden moral y político; a diferencia de lo que acontece en Nuestra Señora de París, primera novela de Víctor Hugo donde, de manera nítida al través del paupérrimo desfile de seres insertos en la llamada Corte de los Milagros, describe una realidad social grotescamente miserable, mucho más sólida e importante que las conocidas e insulsas historias de amor entretejidas en torno a Esmeralda, la heroína gitana.
Ironías de la vida: Disney, Hollywood y similares han matizado de tal forma al pobre Víctor Hugo que a los miserables que él retrató los volvieron irreconocibles, quizá con la finalidad de que no tan fácilmente se advierta la posible subversión crítica contenida en algunos de los textos originales del autor francés.
Pero, más allá de distorsiones asépticas, en esas novelas decimonónicas persiste una idea densa y oscura acerca de un sitio peculiar y específico: Les Halles, lugar que en la obra de Víctor Hugo plasma una atmósfera con un nivel de sordidez casi medieval.
Ámbito social con descripciones de vileza ambiental y miseria humana que, de haber surgido en esta época actual, tan cibernética y posmoderna, ocuparía un sitio importante dentro de eso que se denomina “periodismo de denuncia”.
Porque Víctor Hugo, sin duda alguna, al escribir fidedignamente acerca de su época, logró que su obra fuera, además de literaria, histórica. Lo que también conduce a concluir que la realidad de nuestro tiempo, al igual que en todos los tiempos, continua ofreciendo la maravillosa posibilidad de ser plasmada en forma similar, tal y como sucedió en época del escritor francés, o en tiempos de Charles Dickens, sólo por citar otro de los clásicos que abordaron el mismo tema; dado que, por desgracia, la miseria existe y para nada ha sido desterrada de la faz de la Tierra.
De allí que cada ciudad o metrópoli tenga a sus propios miserables, y quizá, una Corte de los Milagros muy similar a la que Víctor Hugo narrara, pero con toda seguridad totalmente despreciada.
De allí que en nuestros días, a manera de ejemplo, al recorrer las calles adyacentes al barrio de San Juan de Dios, en Guadalajara, más de alguno tendría la posibilidad de sentirse un Víctor Hugo en potencia, ya que por esos rumbos no es infrecuente toparse con infinidad de seres que sólo podrían recibir el adjetivo de “miserables” en la más extensa y global acepción del término; es decir, los poseídos por la miseria más absoluta.
O dicho de otra forma, los desposeídos de casi todo, a excepción, quizás, de sus propias vidas. Sí. Hablamos de los clochards galos, los homeless sajones, los indigentes y pordioseros nuestros de cada día.
Porque como es sabido, las calles de ese entorno urbano, al igual que otros conocidos referentes de otras metrópolis, durante siglos han sido el hábitat natural para sujetos cubiertos no sólo por andrajos, sino por sus propias costras de mugre o excrecencias, y quienes con su propia sangre mantienen no pocas colonias de piojos y liendres, chinches y pulgas.
¿Cuántos miserables se necesitan para que sin afanes redentores u oportunistas se pueda contar una lograda historia? Casuísticamente, todos y cada uno de ellos contienen una. La propia. La de ellos. La de cada quien. Tan similar y distinta a todas las de sus demás congéneres. Y esas historias humanas abundan allí, por centenas cuando no por millares. Basta mirar en derredor para localizarlas. En cada uno de quienes deambulan entre montones de basura. Tirados sobre banquetas. Pidiendo limosna en formas conocidas o inverosímiles.
Con un poco de “suerte”, hasta podría uno toparse con una mujer en particular, la que a primera vista se advierte como medianamente joven, no fea de cara, ojos bonitos, piel morena clara tirando a güerita y algo rechoncha.
Rasgos físicos que perderán toda importancia al momento en que se repare en su mutilado cuerpo. Ya que esa mujer le faltan ambas piernas, y los cicatrizados muñones a la altura de sus dos rodillas son por demás notorios.
Generalmente ella se acompaña de uno, dos, tres y hasta cuatro chiquillos de muy escasas edades. Tan desarrapados como ella misma, y quienes le dicen mamá.
Llamaría también la atención ver cómo esa mujer se desplaza ágilmente sobre una deteriorada patineta skato. Sus callosas y mugrientas manos sirven de impulso para hacer avanzar sobre los pavimentos citadinos el destartalado vehículo-juguete sobre el que transita. En tal situación, ella difícilmente rebasa la altura de un metro, a partir del suelo.
No sería necesario preguntar cómo es que sobrevive. Es evidente que ella y toda su prole se dedican a pedir limosna en la vía pública. Tal situación es algo que salta a la vista desde el primer momento en que uno la observa. Especialmente cuando, en ese momento de la noche en que las actividades comerciales se comienzan a paralizar, ella aparece de pronto, como una sombra más, a la espera de algún caritativo conductor que a través de la ventanilla deposite una o varias monedas en la extendida mano de la mujer, a manera de misericordia oportuna. Ella ni siquiera necesita pronunciar palabra alguna. Su mutilada presencia es la que dice todo por ella.
Otras veces, bajo el fuerte sol de mediodía, aspirando gases salidos de escapes automotores y rodeada por el ruido de cláxones estentóreamente impacientes, se podrá encontrar a esa misma mujer rodando sobre su patineta en alguna coordenada urbana cercana.
Otra mínima pesquisa conjunta llevaría a concluir comprobadamente que el promedio de ingresos que esa mujer obtiene es una cifra que oscila alrededor de los 500 pesos diarios. Y que ella, al término de sus jornadas laborales, en la eterna compañía de toda su harapienta y despeinada prole, invariablemente se dirige hasta cualquier tendejón para comprar un galón de leche, unas piezas de pan y una pachita del etanol más barato con disfrazada etiqueta de licor.
Lo primero seguramente servirá de cena para ella y sus tres o cuatro hijos. Lo segundo, para su fortuna, en algo mitigará dentro de ella lo miserable de su propia condición.
Algo es seguro: absolutamente nadie tendría derecho a juzgar la vida de esa mujer. Ni alguno de sus actos. Mucho menos su advertido alcoholismo. ¿O es que acaso alguien se atrevería a adjudicarse el miserable derecho de enjuiciar moralmente a esa amputada por el hecho de que ella, nocturnalmente, entre pecho y espalda se empine unos buenos tragos de alcohol barato? ¡Definitivamente no!
La única pesadumbre posible a sentir sería la terrible ausencia de soluciones estructurales para abolir ese y cualquier otro tipo de pobreza extrema.
También se podría lamentar, al menos en mi caso, el no tener la altura creadora de Víctor Hugo para poder narrar aquí, con mayor consistencia literaria, la historia de esa mujer; tan sólo una historia más, dentro de los millones de casos de miseria que en nuestro país injustamente existen.

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