Por Tiqqunim

Foto por Olivia Garza García, de la serie ‘4 años sin Roy’

 

Me habría gustado no haber tenido que escribir este texto. Me habría gustado borrarme detrás de un bastidor púdico de palabras, cubrir mi cuerpo carnal con la sacrosanta neutralidad del discurso, burlarme de mis deseos o patalogizarlos según un cuadro analítico que sólo me habría absuelto para someterme más fácil.

Pero no lo he hecho, porque ya no continuaba creyendo en aquello que se decía de mí; requería un texto a muchas voces, una escritura compartida que viviera la sexuación sin pudor, que la contara, la desnaturalizara, la abriera como una caja sellada, sacándola de la mazmorra de lo “privado” y lo “íntimo” para conducirla a la intensidad de lo político.

Quería un texto que no se lamentara, que no vomitara sentencias, que no diera respuestas preliminares con el solo objetivo de volverse incuestionable. Y es por esto que lo que sigue no es un texto escrito por las mujeres para las mujeres, puesto que yo no soy uno ni soy una, sino que yo soy un muchos que dice “yo” [je]. Un “yo” contra la ficción del pequeño yo [moi] que se reviste de universal y que toma su cobardía como el derecho de borrar en nombre de otro todo aquello que lo contradice.

En numerosas ocasiones el monólogo del patriarcado ha sido interrumpido. Numerosos golpes han sido asestados contra el sujeto clásico, cerrado, neutro, objetivo, cósmico. Su imagen ha sido agrietada bajo el peso de las carnicerías de guerras totales que han despojado al heroísmo de todo su antiguo aura; su palabra única, hegemónica, ha sido tragada por el barullo del esperanto mercantil. Tras esto son formados nuevos parentescos improbables: el viejo imbécil desposeído de su mundo y el plebeyo excluido de todo estarían supuestamente destinados a encontrarse del mismo lado de la barricada ahora que ya no hay ninguna barricada.

Entonces, interrogarse acerca de lo que somos, cómo hemos llegado aquí, quiénes son nuestros hermanos y hermanas y quiénes nuestros enemigos, no es ya un pasatiempo para intelectuales inspirados por la introspección, sino una necesidad inmediata. “Una vez que todo fue destruido una sola cosa me faltaba: yo misma”, decía Medea: partir de sí no es una cuestión de “inclinaciones”, sino la marcha ingrata de quien fue desposeído de todo.

El feminismo libró un combate que no existe ya, no porque hubiera ganado o perdido, sino porque su campo de batalla era un terreno construible y la dominación ha montado en él sus cuarteles.

La ecografía es una operación abusiva. Al amparo de intenciones terapéuticas, viola un espacio secreto sustraído de la visibilidad. A través de la técnica, se arroga el derecho de predecir un futuro repleto de consecuencias. Sin embargo, su profecía, al igual que toda adivinación, es falible, y lo posible que ella anuncia a menudo se convierte en imposibilidad implícita, a partir del momento mismo en que lo arranca del “todavía no” para arrojarlo a lo irreparable del presente.

Este texto es una ecografía en la medida en que se interroga el derecho a la obscenidad, no en cuanto insulto a un supuesto “pudor público”: esto sería —en el seno de la pornocracia mercantil— una ingenuidad lamentable. Obsceno, en su sentido etimológico, es aquello que no debe aparecer en escena, aquello que debe permanecer oculto puesto que la relación que mantiene con la visibilidad oficial es una relación de negación y exorcismo, de complicidad y conjuración. Lo que puede decirse o lo que puede hacerse depende de la relación que ese decir y ese hacer mantienen con las evidencias éticas que nos constituyen; ese posible es el margen donde nuestro equilibrio mental puede oscilar sin hacerse pedazos, donde la desubjetivación puede desplegarse sin volverse delirio.

Este texto pretende ser una ecografía no terapéutica: la potencia que atisba no conoce parámetros de conformidad, menos de terminación para un acto preestablecido.

Existe un discurso sobre el amor o sobre la insurrección que hace imposible cualquier amor y cualquier insurrección. De la misma manera en que existe un discurso sobre la libertad de las mujeres que descualifica a la vez el término “mujer” y el término “libertad”. Lo que permite a las prácticas de libertad salir a la superficie no es aquello que no es recuperable por la dominación, sino aquello que desarticula los mecanismos de producción de nuestro propio desorden sentimental y psicosomático. El objetivo no es abolir un malestar que empuje a la revuelta para adaptarnos mejor a un sistema de gestión de los cuerpos evidentemente tóxico. El objetivo no es aprender a luchar mejor en los grilletes de la contingencia presente en nombre de una “estrategia” que nos llevaría a la victoria. Pues la victoria no es la adaptación al mundo por medio del combate, sino la adaptación del mundo al combate mismo. Es por esto que toda la lógica del aplazamiento favorece a un tiempo sin presente: la única urgencia, para nosotros, ahora, es volver ofensiva la turbación, devenir sus cómplices, puesto que “antes la muerte que la salud que ellos nos proponen” (G. Deleuze).

Ciertamente es preciso ser obsceno, puesto que todo lo que es visible, en el seno de las democracias biopolíticas, está ya colonizado, pero con una obscenidad melancólica, que huye del arrebato de quien quiere producir escándalo.

Lo posible entre hombres y mujeres depende indiscutiblemente de la obscenidad de nuestro tiempo, pero, en este caso, el espacio de esta connivencia no es inmutable ni indecente, sólo el resultado de una cultura determinada que envejeció deprisa y mal, olvidando el patriarcado pero permaneciendo misógina.

Y si consideramos que las evidencias en las que nos movemos no son lógicas sino éticas, transmitidas en el seno de un orden históricamente determinado y no filosóficamente fundadas, preferimos inquietarnos sobre el cuidado que los hombres y las mujeres dedican a conservar sus deseos, dentro de la máquina productiva y contra ella, pero también contra sí mismos. Ciertamente, se subjetivan para ser sexualmente deseables, son sexuados para tener una existencia relacional genérica, pero esto no es hecho de manera simétrica: los hombres han tenido acceso a un orden simbólico, a una trascendencia adecuada para ellos, que prolongaba la vulgaridad de su deseo en elegantes apéndices de poder legítimo o transgresor.

Las mujeres han quedado encenagadas dentro de una corporeidad indecible, descuartizadas entre la imagen de sumisión que la vieja sociedad arrojó sobre ellas y la nueva obligación de ser los engranajes poshumanos de la máquina capitalista de desear.

Ay mis hermanos —escribe H.D.—, Helena no caminaba / sobre las murallas; / ella, a la que ustedes maldijeron, / no era sino un fantasma y una sombra arrojada, / una imagen reflejada” (Helena en Egipto, “Palinodia”, I, 3), y todas las mujeres cargan con esa imagen, como la pobre y bella Helena, el fantasma que un deseo de poder de hombres, nacido entre hombres, sin relación con su placer, se ató a su destino. Un deseo que no tiene márgenes, puesto que toda transgresión femenina termina por desfigurar sus bocas en una mueca amarga. Cuando Don Juan despierta la complicidad de la más fiel de las esposas, la mujer libre sigue siendo un peligro público.

El platonismo nace de una elaboración secundaria del orfismo. Por lo tanto, la dialéctica, y en cierta medida el marxismo y el materialismo, actúan en connivencia con la historia de amor desdichado de Orfeo y Eurídice. La leyenda cuenta que el poeta Orfeo, dotado de tanta soltura en el logos que acababa conmoviendo con sus cantos hasta a los animales y los árboles, perdió a su amada Eurídice en la juventud, tras lo cual los dioses, conmovidos por su dolor inconsolable, le permitieron descender al reino de los muertos para traerla de vuelta a tierra. La condición era que tenía que acompañarla sin verla nunca bajo la luz lívida de los fallecidos, aguardando a estar entre los vivos para volver a ver su cara.

Por pasión o por escepticismo, por desesperación o por aprehensión, Orfeo se dio la vuelta. Ya sea porque no pudo compartir el secreto de la vida y de la muerte (exclusividad de las mujeres), o simplemente por incapacidad de creer que algo más que un cuerpo de mujer podía seguirlo, o bien meramente por deseo de mirar directo a sus ojos al fantasma de su amor, Orfeo fue privado de su amante y, ebrio de dolor, acabó devorado por las bacantes.

De manera inevitable surge un problema: ¿por qué el poeta sublime no encontró palabras que decir a su amada pero sí experimentó más bien la necesidad de verla? ¿No estaba, por casualidad, indeciso de volver a tomar consigo a una mujer cuyo control no había tenido por algún tiempo, a la cual había perdido de vista, creyéndola muerta mientras ella podía todavía seguirlo y volver con él?

¿Y Eurídice?

Cuando Hermes, quien la acompañaba a la vida, gritó “él ha vuelto”, Eurídice preguntó “¿quién?” (Rainer Maria Rilke, Orfeo, Eurídice, Hermes).

Ahora que el pacto social está definitivamente disuelto, las mujeres son bienvenidas en todas partes, y hay algunas de entre ellas que se encuentran encantadas por esto. Hasta ayer, ellas permanecían decentemente frente a la puerta, ahora presionan al Parlamento, falsifican la realidad en la prensa, son explotadas en los mismos oficios que los hombres, son tan nulas como ellos, e incluso un poco más a causa del entusiasmo que sueltan cumpliendo celosamente las peores tareas.

Uno se pregunta por qué, en efecto, uno no las utilizó antes.

Es sorprendente, ellas lo disfrutan todo, la mercancía al igual que la maternidad, el trabajo al igual que el matrimonio, milenios de docilidad y opresión chorrean centenas de pequeños raudales de felicidad reformista o reaccionaria para mujeres.

Por lo demás, a las mujeres actuales no les gustan los Bloom, que ellas encuentran, en su conjunto, pasivos y demasiado enamorados de sus opresores. De vez en cuando los compadecen: ya ni siquiera son buenos para someternos.

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