¿Qué sucede con una estrella cuando se apaga?

 

Por Rex Reed

 

El agente se aleja silenciosamente, caminando por la alfombra como si pisara rosas de cristal con zapatos de claqué. La criada española (Ava insiste en que es una perla: “Me sigue por doquier porque me adora”) cierra la puerta y se larga hacia otra habitación.

—Bebes, ¿verdad, chiquito? El último maricón que vino a verme tenía gota y no quiso probar trago.

Suelta un rugido de leopardo que suena sospechosamente igual que Geraldine Page en el papel de Alexandra del Lago y mezcla bebidas de su bar portátil: scotch y soda para mí, y para ella una copa de champán llena de coñac y otra de Dom Perignon, que bebe sucesivamente, vuelve a llenar y sorbe despacio como jarabe a través de una pajilla. Las piernas de Ava cuelgan blandamente de una silla color lavanda mientras su cuello, pálido y largo como un vaso de leche, se alza sobre la habitación como un terrateniente sudista inspeccionando una plantación de algodón. A sus 44 años, aún es una de las mujeres más hermosas del mundo.

—No me mires. Estuve despierta hasta las cuatro de la madrugada en ese maldito estreno de La Biblia. ¡Estrenos! ¡Mataré personalmente a ese John Huston si vuelve a meterme en otro lío como ése! Debía haber 10 mil personas agarrándome. La multitud me produce claustrofobia y no podía respirar. Por Dios, empezaron apuntándome con una cámara de TV, gritando “¡Di algo, Ava!”. En el intermedio me perdí y después de apagarse las luces no pude encontrar mi maldita butaca y no paré de decirle a aquellas chiquillas de rizados cabellos y linternas, “Voy con John Huston”, y ellas no pararon de responderme, “No conocemos a ningún Mr. Huston. ¿Es de la Fox?”. Iba a tientas por los pasillos a oscuras, y cuando finalmente encontré mi butaca, estaba ocupada y hubo una gran escena para conseguir que ese tipo me dejara sentar. Déjame decirte, chiquito, la Metro solía montar los circos mucho mejor. Para colmo, perdí mi maldita mantilla en la limousine. Diablos, no era un suvenir esa mantilla. Nunca encontré otra igual. Entonces John Huston me lleva a esta fiesta donde teníamos que ir de un lado para otro y sonreírle a Artie Shaw, con quien estuve casada, chiquito, por el amor de Dios, y su esposa, Evelyn Keyes, con quien John Huston estuvo casado hace tiempo, por el amor de Dios. Y cuando todo ha terminado, ¿qué es lo que has conseguido? El mayor dolor de cabeza de la ciudad. A nadie le importa quién diablos estaba allí. ¿Piensas por un momento que Ava Gardner expuesta en ese circo venderá la película? Por Dios, ¿lo viste? Tomé parte en todo aquel infierno sólo para que esta mañana Bosley Crowther pudiera escribir que parecía como si posara para un monumento. Todo el tiempo estuve pellizcando a Johnny en el brazo y diciéndole, “Por Dios, ¿cómo puedes dejarme hacer esto?”. De todas formas, a nadie le importa lo que llevaba puesto, ni lo que dije. Todo lo que querían saber era si estaba bebida y si me mantenía derecha. Este es el último circo. ¡No soy una puta! ¡No soy temperamental! Estoy asustada, chiquito. Asustada. ¿Es posible que puedas entender lo que es sentirse asustada?

Se subió las mangas por encima de los codos y se sirvió otras dos copas. De cerca, nada en su aspecto sugiere la vida que ha llevado: conferencias de prensa con acompañamiento de luces opacas y orquesta; toreros publicando en la prensa poemas sobre ella; fricciones de vaselina entre sus pechos para realzar el escote; recorriendo incansablemente toda Europa como una mujer sin patria, una Pandora con sus maletas llenas de coñac y barras Hershey’s (“para rápida reposición de energías”). Ninguno de los asolados, ruinosos rasgos color de uva sugieren los amoríos o las reyertas que atraen a la policía en medio de la noche o los bailes en tablados de Madrid hasta el amanecer.

Suena el timbre de la puerta y un chico de cara granujienta y peinado de los Beatles le entrega una docena de perros calientes traídos de Coney Island en limousine.

—Come —dice Ava, sentándose con las piernas cruzadas en el suelo, mordiendo una cebolla cruda—. ¡Me estás mirando otra vez! —dice tímidamente, echándose cortos mechones juveniles de pelo detrás de los lóbulos de sus orejas de Ava.

Señalo el hecho de que parece una estudiante de Vassar con su minifalda.

—¿Vassar? —pregunta con suspicacia—. ¿No son las que se meten en todos los líos?

—Eso es Radcliffe.

Ruge. De nuevo Alexandra del Lago.

—Me vi en La Biblia y salí esta mañana y me hice cortar el pelo. Esta es la forma en que solía llevarlo en la Metro. Quita años… ¿Qué es eso?

Los ojos se encogen, partiendo a su huésped por la mitad, perforando mi cuaderno de notas.

—No me digas que eres una de esas personas que siempre van por ahí garabateándolo todo en pequeños pedazos de papel. Líbrate de eso. No tomes notas. Tampoco hagas preguntas porque probablemente no contestaré ninguna. Deja que Mamá lo diga todo. Mamá conoce mejor al tinglado. Tú quieres preguntar algo, yo puedo responder. Pregunta.

Pregunto si odia todas sus películas tanto como La Biblia.

—Por Dios, ¿qué conseguí nunca hablando? Cada vez que intenté actuar, se echaron sobre mí. Es una completa vergüenza, he sido estrella de cine durante 25 años y no he logrado nada, nada tangible a cambio. Todo lo que he conseguido son tres asquerosos ex maridos, lo cual me recuerda que tengo que llamar a Artie y preguntarle cuándo es su cumpleaños. No puedo recordar los cumpleaños de mi propia familia. La única razón de saber el mío es porque nací el mismo día que Cristo. Bueno, casi. Nochebuena, 1922. Soy Capricornio, lo que significa una vida de infierno, pequeño. De todas formas, necesito saber la fecha de nacimiento de Artie porque estoy tratando de conseguir un pasaporte nuevo. Vagabundeo por Europa, pero no voy a abandonar mi ciudadanía, chiquito, por nadie. ¿Intentaste alguna vez vivir en Europa y renovar tu pasaporte? Te tratan como si fueras una maldita comunista o algo así. Diablos, ésa es la razón por la que me largo del infierno de España, porque lo odio, y odio también a los comunistas. Ahora quieren una lista de todos mis divorcios, así que les dije diablos, llamad al New York Times, ¡saben más de mí que yo misma!

—Pero todos esos años en la Metro, ¿no fueron nada divertidos?

—Por Dios, después de 17 años de esclavitud, ¿puedes hacerme esta pregunta? Lo odié, cariño. Quiero decir que no soy precisamente estúpida ni me falta sensibilidad, y ellos trataron de venderme como una bestia premiada en una feria de ganado. También trataron de convertirme en algo que no era y nunca hubiera podido ser. El estudio solía escribir en mis biografías que yo era hija de un plantador de algodón en Grabtown. ¿Qué tal te suena? Grabtown, Carolina del Norte. Y parece exactamente tal como suena. Debí haberme quedado allí. Los que nunca se van de casa no tienen dónde caerse muertos, pero son felices. Yo, mírame. ¿Qué me ha reportado?

Apura otra ronda de coñac y se sirve una nueva.

—Sólo soy feliz cuando no hago absolutamente nada. Cuando trabajo no paro de vomitar. No sé nada sobre actuación, así que tengo una regla: confiar en el director y entregarme con el alma y la vida. Y nada más —otro rugido leopardino—. Tengo la mar de dinero, así que puedo permitirme gandulear mucho. No confío en mucha gente, así que ahora sólo trabajo con Huston. Solía confiar en Joe Mankiewicz, pero un día en el set de The Barefoot Contessa hizo lo imperdonable. Me insultó. Dijo: “Eres la actriz más condenadamente afectada”, y desde entonces nunca me gustó. Lo que realmente quiero hacer es volverme a casar. Adelante, ríete, todo el mundo se ríe, pero qué maravilloso debe ser trajinar descalza y cocinar para un grandioso y maldito hijo de puta que te quiera por el resto de tu vida. Nunca he tenido un buen marido.

—¿Y Mickey Rooney?

Un grito magnífico.

—Andrés Harvey se enamora.

—¿Sinatra?

—Sin comentarios —le dice a su copa.

Cuento lentamente hasta diez, mientras sorbe su bebida. Entonces…

—¿Y Mia Farrow?

Los ojos de Ava se avivan hasta un suave verde césped. La respuesta llega como si cantidad de gatos lamiesen muchos platillos de crema.

—¡Ah! Siempre supe que Frank acabaría en la cama con un chico.

Como un tocadiscos automático que deja caer un nuevo LP, cambia de tema.

—Sólo quiero hacer aquellas cosas que no me hacen sufrir. Mis amigos son más importantes para mí que cualquier otra cosa. Conozco a toda clase de personas: holgazanes, gorrones, intelectuales, unos cuantos estafadores. Mañana iré a ver a un estudiante de Princeton y asistiremos a un match deportivo. Escritores. Me gustan los escritores. Henry Miller me envía libros para que me cultive. Diablos, ¿leíste Plexus? Fui incapaz de terminarlo. No soy una intelectual, aunque cuando estaba casada con Artie Shaw llevé muchos cursos en la Universidad de Los Angeles y saqué las notas más altas en psicología y literatura. Tengo cabeza, pero nunca tuve la oportunidad de usarla haciendo todos esos malditos papeles repugnantes de todas esas malditas películas repugnantes que la Metro produjo. Sin embargo, soy muy sensible. Dios, me apena mucho pensar que malgasté estos 25 años. Mi hermana Dee Dee no consigue entender que después de todos estos años no pueda soportar estar delante de una cámara. Pero yo nunca aporté nada a este negocio y no tengo ningún respeto por la actuación. Quizá si hubiera aprendido algo sería distinto. Pero nunca hice nada de lo que pueda estar orgullosa. Aparte de todas esas películas, ¿qué más puedo decir que he hecho?

Mogambo, The Hucksters

—Diablos, chiquito, si después de 25 años en este negocio todo lo que has conseguido hacer es Mogambo y The Hucksters, es mejor que lo abandones. Cítame una actriz que haya sobrevivido a toda esa porquería de MGM. Quizá Lana Turner. Seguramente Liz Taylor. Pero todas ellas odian la actuación tanto como yo. Excepto Elizabeth. Solía venir a verme al set y me decía: “Si solamente pudiera aprender a ser buena actriz”, y sí que lo consiguió. No he visto Virginia Woolf (diablos, nunca voy al cine), pero me han dicho que Liz está bien. Nunca me preocupé mucho de mí misma. No tuve el carácter emocional para actuar, y de todos modos odio a los exhibicionistas. ¿Y quién diablos estaba allí para ayudarme y enseñarme que actuar era algo más? En realidad lo intenté en Show Boat, pero eso fue una porquería MGM. Típico de lo que me hicieron allí. Quería cantar aquellas canciones (diablos, aún conservo un acento sureño), y de veras creí que el personaje de Julie debía sonar a negro, ya que se supone que tiene sangre negra. Por Dios, aquellas canciones, como “Bill”, no podían parecer ópera. ¿Entonces qué dijeron? “Ava, pequeña, no puedes cantar, te equivocarás de tono. En este film te codeas con verdaderos profesionales, así que no hagas una locura”. ¡Profesionales! ¿Howard Keel? ¿Y Kathryn Grayson, que tiene las tetas más grandes de Hollywood? Quiero decir que Graysie me gusta, es encantadora, ¡pero con ella ni siquiera necesitaban rodar en 3D! Lena Horne me dijo que fuera a ver a Phil Moore, que era su pianista y había formado a Dorothy Dandridge, y me dio lecciones. Hice una grabación condenadamente buena de las canciones y dijeron: “Ava, ¿estás loca?”. Entonces llamaron a Eileen Wilson, esa chica que solía cantar muchas de mis canciones en la pantalla, y ella grabó una banda sonora con la misma orquestación, tomada de la mía. Sustituyeron mi voz por la suya, y ahora en la película, cuando mi deje sureño termina de hablar, su voz de soprano empieza a cantar (diablos, qué lío). Gastaron Dios sabe cuántos miles de dólares y terminó en una porquería. Todavía gano derechos de autor de los malditos discos que hice.

Suena el timbre de la puerta y aparece de un salto un hombre llamado Larry. Larry tiene el pelo plateado, las cejas plateadas y sonríe mucho. Trabaja para una tienda de cámaras de Nueva York.

—Larry estaba casado con mi hermana Bea. Si piensas que soy algo debes ver a Bea. Cuando yo tenía 18 años, vine a Nueva York a visitarles y Larry me hizo aquella foto con la que empezó todo este enredo. Es un hijodeputa, pero me gusta.

—Ava, te aseguro que me gustaste mucho anoche en La Biblia. Estabas realmente formidable, querida.

—¡Asqueroso! —Ava se sirve otro coñac—. No quiero oír otra palabra sobre esa maldita Biblia. No me creí nada y ni por un momento me creí ese pequeño papel mío de Sara. ¿Cómo pudo alguien estar casado cientos de años con Abraham, que fue uno de los mayores bastardos de toda la historia?

—Oh, querida, era una mujer maravillosa aquella Sara.

—¡Estaba cargada de puñetas!

—Oh, querida, no debes hablar así. Dios te oirá. ¿No crees en Dios?

Larry se nos une en el suelo y mordisquea un perro caliente, manchándose la corbata con mostaza.

—Diablos, no —los ojos de Ava brillan.

—Yo le rezo cada noche, querida. A veces incluso me contesta.

—A mí nunca me contestó, pequeño. Nunca estuvo cerca cuando le necesité. No hizo nada, pero retorció toda mi vida desde el día en que nací. ¡No me hables de Dios! ¡Lo sé todo de ese chico!

De nuevo el timbre de la puerta. Esta vez entra un tipo intrigante; lleva una gabardina bien planchada, tiene siete kilos de pelo y parece que hubiera estado viviendo de verduras de plástico. Dice que es estudiante de derecho en la Universidad de Nueva York. También dice que tiene 26 años.

—¿Qué? —Ava se quita las gafas para verle mejor—. Tu padre me dijo que tenía 27. ¡Alguien miente!

Los estrechos ojos de Ava y las palmas de sus manos están húmedos.

—Vamos a tomar un poco de aire, amigos.

Ava va de un salto a su habitación y vuelve llevando una chaqueta verde guisante de la Marina, con un pañuelo de Woolworth en la cabeza. De nuevo la estudiante de Vassar.

—Creía que ibas a cocinar esta noche, querida —dice Larry, poniéndose una manga de su chaqueta.

—Quiero espagueti. Vamos a la Supreme Macaroni Company. Allí me dejan entrar por la puerta de atrás y nadie reconoce nunca a nadie. Espagueti, pequeño. Estoy muerta de hambre.

Ava cierra de un portazo, dejando todas las luces encendidas.

—Paga la Fox, chiquito.

Nos cogemos todos del brazo y seguimos al líder. Ava salta delante de nosotros, como Dorothy en camino a Oz. ¡Leones y tigres y osos, caramba! Moviéndose como un tigre a través de los salones del Regency, derritiéndose en un color rosa cálido, como el interior de un útero.

—¿Aún está abajo el hormiguero? —preguntó—. Síganme.

Conoce todas las salidas. Bajamos en el ascensor del servicio. Cerca de veinte cazadores de autógrafos pueblan el vestíbulo. Celia, reina de los sablistas de autógrafos, que sólo en ocasiones especiales abandona su puesto en la puerta de Sardi, ha desertado hoy. Ava está en la ciudad esta semana. Celia está sentada tras una palmera plantada en un tiesto, lleva un abrigo púrpura y una boina verde, los brazos repletos de postales dirigidas a sí misma.

Hace fresco. Ava se abriga, coloca las gafas aplastadas contra su nariz y tira de nosotros a través del vestíbulo. Nadie la reconoce.

—¡La hora de beber, chiquito! —susurra, empujándome hacia una escalera lateral que desciende al bar del Regency.

—¿Sabes quién fue ese? —pregunta una figura al estilo de Iris Adrian, con una piel de zorro teñida de visón en su brazo, al dirigirse Ava hacia el bar. Nos deshacemos de abrigos y paraguas y de repente oímos la voz de la banda sonora, desafinando en mi bemol.

—¡Hijodeputa! Podría comprarte y venderte. ¿Cómo te atreves a insultar a mis amigos? ¡Tráeme al director!

Larry está a su lado. Dos camareros sosiegan a Ava y nos conducen a todos a un reservado situado en un rincón. Oculto. Más oscuro que el Polo Lounge. Esconded a la estrella. Esto es Nueva York, no Beverly Hills.

—La culpa es de ese suéter de cuello alto que llevas —me susurra Larry cuando el camarero me hace sentar de espaldas a la estancia.

—Aquí no me quieren, los hijos de perra. Nunca vengo a este hotel, pero paga la Fox, ¿qué diablos? De otro modo no vendría. Ni siquiera tienen una rocola, por el amor de Dios —Ava luce una sonrisa en Metrocolor y se hace servir un gran vaso de té con hielo lleno de tequila—. Sin sal en los bordes, no hace falta.

—Siento lo del suéter —empiezo a decir.

–Eres guapo. ¡Grrr! —se ríe con su risa de Ava, echando hacia atrás la cabeza, y una pequeña vena azul se le dibuja en el cuello cual delicado trazo de lápiz.

Dos tequilas más tarde (“Dije sin sal”) mueve la cabeza majestuosamente, supervisando el bar como la Emperatriz viuda en la Escena del Reconocimiento. A su alrededor la conversación zumba como aleteo de colibrí y ella no oye nada. Larry habla de cuando estuvo detenido en Madrid y Ava tuvo que sacarle de la cárcel, el estudiante me habla sobre la Facultad de Derecho de Nueva York y Ava le dice a él que no le cree que tenga sólo 26 años y pueda demostrarlo, y de repente éste mira su reloj y dice que Sandy Koufax está jugando en Saint Louis.

—¡Estás bromeando! —los ojos de Ava se encienden cual cerezas en un pastel—. ¡Vamos! ¡Maldición, vamos a San Luis!

—Ava, querida, mañana tengo que ir a trabajar —Larry pega un largo sorbo a su grasshopper.

—Cállate, chico. ¡Si pago para ir todos a Saint Louis, vamos a Saint Louis! ¿Podría traerme un teléfono a esta mesa? Que alguien llame al aeropuerto Kennedy y averigüe a qué hora sale el próximo avión. ¡Me gusta Sandy Koufax! ¡Me gustan los judíos! Dios, a veces pienso que yo misma soy judía. Una judía española de Carolina del Norte. ¡Camarero!

El estudiante le convence de que para cuando llegáramos a Saint Louis ya estarían a mitad del séptimo juego. La cara de Ava decae y vuelve a su tequila puro.

—Míralos, Larry —dice—. Son como niños. Por favor, no vayáis a Vietnam.

Su cara se vuelve cenicienta. Julie al abandonar el buque fluvial con William Warfield, cantando “Ol’Man River” entre la niebla del malecón.

—Tenemos que hacerlo…

—¿De qué estás hablando, querida? —Larry lanza una mirada al estudiante de Derecho, que asegura a Ava no tener intención de ir a Vietnam.

—… No pedimos este mundo, esos tipos nos obligan a hacerlo… —una diminuta gota de sudor brota de su frente y ella se levanta de la mesa impetuosamente—. ¡Dios mío, me asfixio! ¡Salgamos a tomar un poco de aire!

Vuelca el vaso de tequila y tres camareros vuelan hacia nosotros como murciélagos, haciendo gran ruido con pies y manos y resoplando.

¡Acción!

El estudiante neoyorquino de Derecho, haciendo de Chance Wayne para su Alexandra del Lago, se comporta como una adiestrada Nurse. Los abrigos salen volando del guardarropa. Cuentas y monedas ruedan sobre el mojado mantel. Ava está al otro lado del bar y pasada la puerta. En cola, los demás clientes, que han estado buscando excusas al pasar por nuestra mesa para ir al lavabo, de repente profieren a coro grandes trémolos de “Ava” y nosotros salimos a la calle por la puerta lateral, bajo la lluvia.

Entonces todo termina tan rápidamente como empezó. Ava está en medio de Park Avenue, el pañuelo cae alrededor de su cuello y su pelo flota, alborotadamente sobre sus ojos de Ava. Lady Brett entre el tráfico, con un autobús urbano a guisa de toro. Tres coches se paran en un semáforo verde y todos los taxistas de Park Avenue se ponen a tocar el claxon. Los cazadores de autógrafos salen con ímpetu por las lustrosas puertas del Regency y empiezan a chillar. En el interior, aguardando aún tranquilamente tras la palmera, está Celia, abstraída del ruido, mirando hacia los ascensores, agarrando firmemente sus postales. Ninguna necesidad de arriesgarse a perder a Ava por causa de una pequeña conmoción en la calle. Probablemente Jack E. Leonard o Edie Adams. Los pescaremos la semana que viene en Danny’s.

Fuera, Ava está dentro de un taxi, escoltada por el estudiante de Derecho y Larry, dando sonoros besos al nuevo compañero, que nunca llegará a ser un compañero viejo. Ya están doblando la esquina de la calle Cincuenta y siete, desvaneciéndose en esa clase de noche, ese color de zumo de tomate en los faros delanteros que sólo existe en Nueva York cuando llueve.

—¿Quién era? —pregunta una mujer que pasea un perro de aguas.

—Jackie Kennedy —contesta un hombre desde la ventanilla de su autobús.

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