Llegada a esa etapa a la que eufemísticamente unos denominan “madurez” pero que no pocos conocemos de manera más simple como “la bola” (por la bola de años en la que ni el mejor tinte para el pelo logra disimular las canas, ni ninguna crema disminuye en el rostro las otrora arrugas y hoy líneas de expresión), vengo a confesar aquí, ante todos ustedes, que no poco de lo que he logrado conocer acerca de Guadalajara, ciudad a veces no tan noble y leal, en relación a su historia, personajes, vida diaria o algunos de sus hechos de mayor relevancia, indudablemente se lo debo a Magdalena y a Guillermo, ese inigualable par de cuatachos del alma.

De la primera llevo grabado, no sólo en la mente, sino también muy profundo en mi corazón, ese su distintivo e hiperactivo modo de hablar. Todos la recordamos siempre como una catarata infinita de ideas y emociones que ella, imparable, deja brotar de sus labios a la menor provocación, ya sea para responder cualquier pregunta que se le formule, orientar acerca de los tiquismiquis de algún autor u obra jaliscienses, a quienes ella conoce mejor que las palmas de sus manos; o sustentar una charla o conferencia con ese su inigualable salero e incomparable gracia. Pero, sobre todo, para decirnos con pelos y señales la información más certera y fidedigna de no poco de lo que ha sucedido en esta ciudad en las más diversas épocas, y del quién es quién en los terrenos del arte y la cultura regional.

Magdalena es uno de los mayores privilegios que Guadalajara tiene. Alguien a quien podemos presumir por derecho propio ante el mundo entero. Pero, al mismo tiempo, ella es una privilegiada. No sólo por tener el cariño, el respeto y la admiración de todos quienes la conocemos, y de quienes hemos sido sus agradecidos alumnos, o sus brillantes colegas o sus amigos, sino también por haber sido discípula de no pocos maestros tan ejemplares como ella misma. Maestros de la talla de José Gaos, Adolfo Sánchez Vázquez, Luis Villoro y otros nombres también pertenecientes a la crema y nata de la intelectualidad y el arte mexicas; incluida allí Rosario Castellanos, de quien tuvo incluso el ganado honor de haber sido su huésped en la Ciudad de los Palacios.

Somos muchos, pero ¡bien muchos!, como solemos decir los tapatíos, los que por una y otra razón estamos en deuda con Magdalena y sus enseñanzas. Porque no han sido pocos los (ahora) renombrados académicos y universitarios que de ella aprendieron el ABC de la metodología sistemática, para emprender así sus personales pininos en la investigación documental o de campo.

Imposible señalar una sola obra de Magdalena, mi maestra inolvidable, que tenga mayor importancia que otra dentro de su importante bibliografía. Todas son imprescindibles para conocer esta ciudad. En todas y cada una de ellas nos enteramos con suficiencia de los monumentos que para bien o para mal adornan nuestras calles, de los poetas que le han dedicado sus líricos versos, de las voces impresas que han surgido desde publicaciones por demás heterogéneas, de las mil y un palomas que han sobrevolado sus olvidados caseríos.

¿Y qué no le debe la literatura jalisciense a Magdalena? Porque ella ha sido quien, con dedicación infinita, ha traído hasta nuestros días diversos nombres de aquellos que, de no haber sido por ella, además de muertos estuvieran olvidados.

Sin Magdalena, la erudita, la investigadora de autoras jaliscienses como Esther Tapia de Castellanos o Isabel Prieto de Landázuri, tan sólo por citar ejemplos que de no ser por ella, para los tapatíos actuales serían tan sólo el nombre de calles con prestigio incierto; o se desconocería la presencia local, allá por el año de 1890, del pastor protestante Manuel Zavaleta.

No creo exagerar si afirmo que no puedo imaginar a Guadalajara sin nuestra Magdalena, maravillosa charlista, maestra inolvidable. Pienso que esta ciudad sería menos tapatía de lo que ya es si no existieran las páginas de amor y conocimiento que nuestra cronista escritora a esta ciudad ha dedicado.

De eso último, algo idéntico podemos decir de Guillermo, estableciendo para ello una muy sutil diferencia: si los cronistas tapatíos fueran luchadores de los que realizan acrobacias sobre el ring de la Arena Coliseo, sin duda alguna Magdalena sería cronista técnica y, en cambio, Guillermo sería cronista rudo, exageradamente rudo. ¡Ah!, pero no con esa rudeza desprovista de galanura, sino de esa una rudeza muy fina, como de espadachín inglés. Porque cualquiera que haya tenido el privilegio de escuchar y de leer al arquitecto (porque él es arquitecto y ¡ay de aquel que se atreva a confundirlo con un “vulgar” ingeniero!) sabrá lo que es saber utilizar la herramienta suprema de la inteligencia humana: la ironía.

Hombre viajado y de mucho mundo, Guillermo sabe llamar a las cosas por su nombre, pero lo hace de tal forma y con tanta inteligencia que hasta el peor denuesto, viniendo de su pluma, para más de algún despistado pudiera sonar a halago.

Guillermo es de esos pocos seres humanos que puede decir lo que quiera porque, como los niños, siempre caerá en gracia. Así nos esté diciendo a los tapatíos, en nuestra propia cara, los peores defectos que como habitantes, como sociedad, como cultura, o como lo que le venga en gana, cometemos aquí en esta ciudad que él conoce de pe a pa, de arriba abajo, y por los cuatro costados.

Guillermo, como es de todos sabido, cuenta en su haber con diversos estudios de posgrado en universidades del primer mundo, tan modestas como Yale; posgrados los cuales, a diferencia de otros, jamás presume. También ha obtenido premios y reconocimientos internacionales a los que tampoco menciona, aquí o allá, a la menor provocación. Poseedor de una humildad casi franciscana, sabe que él se habla de tú y se lleva de a cuartos con no pocos intelectuales y artistas de las grandes ligas, nacionales e internacionales, y no de ahorita, sino desde hace buen rato.

Por si eso fuera poco, él sabe del amor al libro. Como autor de alrededor de 40 títulos, algunos de ellos ediciones de lujo de esas muy popis, a las que él mismo define cáusticamente como libros “caros donde colaboran con los escritores hábiles fotógrafos que utilizan todos sus abundantes recursos para fotografiar la Guadalajara más bonita”. Y también sabe de amor al libro como lector, porque él sabe de libros. Sencillamente.

Por lo tanto, no es gratuito que se le reconozca especialmente por esa cualidad de rara avis tapatía, sobre todo en nuestros días: ser un bibliófilo. Es decir, tener amor por y para los libros. Título que le han otorgado y el cual, al igual que todos los que Guillermo posee, quedará simplemente como algo más en su vida, por aquello de su ya mencionada humildad franciscana.

No es la primera vez que lo digo a los cuatro vientos, pero ahora lo pongo por escrito: Guillermo García Oropeza es, por derecho propio, el mejor cronista actual que Guadalajara puede tener. Y Magdalena González Casillas una gran investigadora de lo tapatío y los tapatíos. Creo que cualquier reconocimiento a ellos siempre será poco.

Para ambos yo sólo tengo mi muy particular y agradecida admiración. Para ambos, sólo puedo tener una petición constante: escriban, escriban y no dejen de escribir.

Porque los tapatíos tenemos necesidad de que ellos, tapatiólogos de pura cepa para orgullo nuestro y envidia de no pocos, nos enseñen a conocernos y reconocernos en todas nuestras grandezas y nuestras miserias.

Por Carmen Libertad Vera

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