Numero 1

Un día, el autor de esta columna se encontraba jugando al Básquet “Box” después de 14 horas de trabajos forzados al que era sometido diariamente por aquel año de 1993. Al robar el balón limpiamente a un contrincante al que le apodábamos “La Chivota”, me enfilé completamente solo y triunfante a encestar a la canasta del equipo contrario cuando éste me alcanzó, dándome un terrible empujón que me hizo lamer el piso (ahora sé porque le decían “La Chivota”). Aun así me levanté como pude a alcanzar al responsable de la sucia acción, pero alguien me gritó entre el escaso público que algo estaba colgando de mi pierna derecha. Al bajar la vista observo un tramo de piel desprendida a partir de la rodilla y que me llegaba casi el tobillo, situación que hizo que me trasladara por mis propios medios a la enfermería y me pegaran la piel con métodos poco ortodoxos.

Posteriormente me sentí obligado a arremangar el tubo de mi pantalón a la altura de mi rodilla, dejando descubierta el área afectada para que se ventilara correctamente y así agilizar el proceso de curación. Todos los compañeros del trabajo que no fueron testigos de mi infortunio me preguntaron el motivo por el cual me encontraba en esa situación. Cansado de dar explicaciones y de la manera más mamona, corté un pedazo de cartón en el cual escribí lo más lacónicamente posible con un plumón con punta de cincel: “ME TIRARON EN EL BASQUET Y ME RASPÉ” y me lo colgué del cuello con un mecate para que todo mundo quedara enterado.

Entonces se puede decir que yo estaba publicando un estado de la manera más arcaica pero efectiva ya que cuando leían el aviso y miraban mi pierna, comprendían todo y seguían su camino.

Número 2

Veinticuatro años después me encontraba en las afueras de un recinto de espectáculos por allá, cerca del Aeropuerto de la Ciudad de México, donde un ídolo pop daría un recital. Como buen padre, llevé a mi princesa a disfrutar de la presentación de su ídolo favorito, y no la culpo: yo a su tierna edad también tuve mis ídolos pop, pero en este caso mis papás no me llevaron a verlos porque esas estrellas nunca vinieron a México en su momento de éxito, y aparte mis amigos los Macizos de la esquina me iban a retirar su amistad (que ni me sirvió para nada en la vida) si se daban cuenta de mis gustos “poperos” que siempre serán bienvenidos aunque sea a escondidas.

Pero les decía que después de cuatro horas y media de trayecto de la casa al centro de espectáculos ese donde baje a mi primogénita del auto como a un paracaidista haciendo salto libre (hay que respetar la labor que hacen los policías de tránsito para evitar el de por si aglutine descontrolado de automóviles), me trasladé a una cantina cerca del lugar a saciar mi sed de náufrago con todo y el tigre Richard Parker incluido.

Al ingresar a ese centro de recreo y sana diversión, noté que había varios papás que al igual que yo se refugiaban del frio de la noche en ese santo rincón a esperar a sus hijos, entre canciones de grupos de rock en español (se notaba la clara influencia de los grupos que han desfilado en el festival Vive Latino, del que es sede el lugar en el que en ese momento miles de jovencitas se desgañitaban viendo a su ídolo cantar y bailar como un changuito de Organillero).

Justamente cuando nos encontrábamos felices como en un pub inglés festejando un triunfo futbolístico y en pleno ambiente, cantando una canción de los Fabulosos Cadillacs (que no sé cómo carajos me la sé si yo ni los escucho y después de tres idas al baño a orinar), de pronto, todos los presentes nos quedamos callados. Desde nuestra posición, observamos que de las gradas del Foro con nombre de marca de cerveza (salud) salía la pirotecnia, señal inequívoca que todo Papá Belieber reconoce como el fin de la presentación. Pero ¿cómo? Si acabamos de llegar, no es posible. Después de dos o tres majaderías, me acabé medio tarro de cerveza que quedaba y cinco cacahuatitos rancios y duros que sobraron y me lancé junto con el resto de chavos de onda a esperar a nuestras crías que salían una por una con cara de felicidad por haber visto a su ídolo, menos mi pequeña que iba medio seria.

Ya en el camino me platicó que el recital había sido un fiasco entre otras linduras y barbajanas del artistilla ese, aparte de la corta duración del mismo, por lo que le hice saber que por ningún motivo la llevaría a verlo otra vez. Ella me contestó que confiaba en que a la próxima ocasión daría un buen espectáculo. ¿Qué podía hacer yo ante tal manifestación de una autentica fan, que no acudió a gritar como dos tres chiquillas, sino a observar detenidamente los detalles que sólo una conocedora de la vida y obra de un artista que aunque sea de cartón puede hacer?

Así que mientras a paso tortuga tratábamos de irnos de ahí, me orillé para valerme de mi teléfono y descargar toda mi furia cibernética publicando en mi muro de una red social algo que dice más o menos así: “CHINGA TU MADRE JUSTIN BIEBER”… ¿Y qué tiene que ver esto con la historia que publiqué primero? Pues que ahora yo les explico mi estado sin que me pregunten. Cómo cambian los tiempos ¿no?

Por Alex Fulanowsky

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