¿Cómo es la soledad de un hombre que se pasa la vida viajando miles de kilómetros sentado detrás del volante de un mamut de fierro?

Al camionero Siete Mares le gustaría morir salvando a una hermosa mujer perdida en la carretera, o estrellándose a toda velocidad contra su propio rostro en el espejo retrovisor. Eso dice. Pero lo más probable es que Siete Mares muera del mal del riñón  después de pasar la mitad de su vida sentado frente al volante de un tráiler que transporta plátanos.

El oficio más nómada resulta así el más sedentario: le ha dejado una barriga que casi roza con el volante, el vientre más común entre los camioneros de México, y aunque no es alto ni fornido, visto sentado en la cabina de su tráiler Siete Mares luce poderoso pero no es sólo eso lo que más atrae de él, sino el porte con que conduce su camión, como el de un rejoneador dirigiendo a su caballo. No parece un hombre rudo, ni grosero, lo que se puede esperar de un camionero. Menos cuando presume con la fotografía de sus hijos, un niño y una niña, y entonces su cara se ilumina con una sonrisa tenue e íntima, que contrasta con el amarillo de sus dientes descubiertos cuando bromea con otros camioneros o las meseras de un paradero.

Hace unos años, recuerda, mientras surcaba la carretera a bordo de su tráiler Freightliner y la estela del sol lo guiaba a Tijuana, Siete Mares tenía dos días sin dormir, y su brazo temblaba sin control sobre la palanca de velocidades, una esfera de plástico en forma de nalgas de mujer que se encendían cuando él las tocaba. Había partido de un pueblo en México en la frontera con Guatemala, y a pesar de la penumbra de la autopista, alcanzó a ver a una muchacha pidiendo un aventón, y abrió la puerta. No por nada Siete Mares tenía ese apodo, que para los camioneros significa “el que anda de cuerpo en cuerpo”, en una alusión más anfibia a los marineros que andan “de puerto en puerto”. Aún recuerda que se llamaba Rosa y que era maestra de escuela. Siete Mares la saboreó nomás de mirarla y por un momento se olvidó del cansancio. Así llegaron al paradero de la mujer, un poblado a veinte kilómetros al sur de la Ciudad de México. Antes de azotar la puerta tras de sí, Siete Mares recuerda que ella le dejó la invitación abierta a su casa cuando volviera. Le quedaban aún tres días y medio más de ruta por delante.

Siete Mares evoca esta historia mientras conduce al puerto de Veracruz, donde volverá a cargar más plátanos. El hombre se llama José Luis Chico y nació en Chiapas, uno de los estados más empobrecidos, donde también parió la guerrilla del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Sus manos brincan del timón a su teléfono celular para mandarle un mensaje a su esposa. Siete Mares dice que la extraña y que es la única forma para compartirle su camino, desde que ella decidió no acompañarlo en sus viajes prolongados o por rutas peligrosas. Meses atrás, un trailero había muerto con su mujer e hijos en un accidente de carretera, y la familia quedó sepultada en la cabina del camión, en un barranco en la sierra de Oaxaca. Si no se comunicaran por teléfono, dice Siete Mares, los reencuentros se irían en hacer el inventario de que cada uno vivió durante la ausencia. Ahora va a bordo del Abuelo, ese camión que, a pesar de tener 12 años aún presume un flamante color sangre. Lo llama así en honor a su abuelo paterno, ya muerto, el primero de la dinastía Chico que decidió tomar este oficio por la carretera. Por adentro, su cubil es sencillo, y no lo ha saturado con recuerdos de sus travesías: Siete Mares solo necesita su Coca-Cola y sus Marlboro para calmar al cansancio; el retrato de sus hijos, que son su brújula para no perder el rumbo y una caja de discos compactos que incluye desde cumbias y música norteña hasta un concierto de los Creedence, esa banda de rock estadounidense que se hizo famosa con la canción ¿Alguna vez has visto llover?, el disco favorito de este camionero para atravesar los desiertos en las madrugadas.

Ahora, en las tres semanas que ya lleva de viaje sin volver a su casa en Guadalajara, Siete Mares ha juntado diez mil pesos, unos mil dólares transportando mercancía y haciendo uno que otro negocio ilícito en su ruta. Es decir, esquivando casetas de peaje y comprando tickets falsos, o dándole de beber combustible diesel de contrabando a su camión, un negocio muy común entre los traileros del sureste de México. “No hay de otra, la vida en el camino está cabrona y uno debe aprender a domarla”, dice Siete Mares con una voz tan cavernosa como el rugido del motor de su Freightliner. Así justifica la corrupción de la que es, al mismo tiempo, juez y parte.

Días después de llevar a aquella maestra de escuela, Siete Mares recuerda haber regresado de Tijuana y buscado la casa de la muchacha. Dice que le abrió la puerta el padre de aquella mujer. “Hay algo que debo decirle – se acuerda que le anunció-: Rosa se murió hace un año. Y usted no es el primer camionero que viene a buscarla”. Al parecer todos la describían de la misma manera. Había muerto en la carretera. Siete  Mares recuerda que aquel señor le dijo que ella venía en un tráiler en marcha, y que el camionero abrió la puerta y la empujo. Desde entonces, todos los hombres a quienes ella había conocido en aventón llegan a buscarla hasta su casa. Cuando acaba de contar esta historia, Siete Mares suelta una carcajada. Dice que ese tipo de historias son moneda corriente entre traileros.

Los camioneros son personajes de película, y filmes como El diablo sobre ruedas de Steven Spielberg han afilado esa reputación suya de sospechosos y temibles. En la película basada en un relato de Richard Matherson, un enorme y oxidado camión sin conductor a la vista persigue y acosa a David Mann, un pacífico vendedor que conduce su automóvil por las solitarias carreteras del sur de California. Pero los camioneros también fueron dignos personajes de historietas y de telenovelas de Televisa, y no pueden escapar a su estatus de ordinarios y mujeriegos en la bolsa de valores social. Al doblar la esquina del siglo XX, los tráilers dejaron atrás a los trenes en el transporte de mercancías. Para José Chimal, un escritor de argumentos de historietas sobre camioneros, son una mezcla de grasientos mecánicos de autos con cowboys al estilo Clint Eastwood.

Por un tiempo los traileros se convirtieron en un ejemplo del progreso. México entraba en ese entonces al Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, y gran parte de la ropa, alimentos y electrodomésticos llegaban a los hogares gracias a ellos. Los camioneros se volvieron un mito Televisa descubrió un nicho de cultura popular no explotado y lanzó su telenovelaDos mujeres un camino, con Erik Estrada en el papel de Juan Daniel Johnny Villegas. La telenovela puso de moda a los camioneros entre el público de América Latina y reivindicó la imagen de rufianes que la sociedad tenía de ellos. “Hasta deteníamos la marcha para ver la telenovela en los paraderos”, dice Siete Mares mientras avanza en su ruta rumbo a Veracruz, en un tramo de selva encajado entre las montañas, una ciudad que suele bailar al ritmo de la cumbia, como la que ahora retumba en la cabina de su tráiler.

Siete Mares siempre maneja su tráiler encomendándose a la divinidad: “Voy con Dios. Si no regreso, estoy con él”, reza un letrero en su parabrisas. Empezó a creer en los camiones cuando era niño y acompañaba a su padre en sus viajes por el norte de México. Lo que más le impresionaba, recuerda, era ese movimiento en el que su padre trenzaba sus brazos y desde ahí, controlando todo desde el espejo retrovisor, domaba al mastodonte para estacionarlo. Ése es el movimiento que resume el poder del camionero. Como él, la mayoría de ellos toma este oficio por herencia. Su propio hijo que ahora tiene siete años, lo hará también cuando crezca. Siempre y cuando, advierte el camionero, termine antes una carrera técnica, la misma condición que Siete Mares debió obedecer de su padre. A diferencia de él la mayoría de los camioneros no terminó la secundaria. Otros, dice, escogen el oficio por irse con la finta de volverse rudos, encontrar mujeres y tener dinero fácil.

Pero dentro del gremio del gran timón hay clases. A primera vista, dice Siete Mares, los traileros parecen definirse por el camión que conducen: los de la marca nacional Dina y los destartalados modelos de más de veinte años versus los tráilers nuevos e importados como el Kenworth cuyo último modelo es computarizado y equipado con clima, frigobar, televisión y DVD. Siete Mares afina su primera clasificación: explica que la diferencia de estatus está en cómo se ve el chofer y cómo luce su tráiler. Dice que hay parias del volante que reprochan a los que, como si fuera una traición de clase y como si se tratase de calzados lustrados, se preocupan por lucir sus vehículos y cuerpos limpios. Siete Mares es uno de esos traidores que en su cuerpo no tiene rastros de su oficio. Tampoco su tráiler burgués, en cuyo pulido el camionero se gasta el mismo dinero que le alcanzaría para comer en una semana.

Una vez el actor Sylvester Stallone encarnó a un camionero sentimental. Su película Yo, el Halcón es la historia de Lincoln Hawk, un trailero que debía ganar un concurso de vencidas, es decir, de hacer fuerza con el brazo, para recuperar su tráiler y el amor de hijo perdidos. El gremio sólo se reconoce en esa ruptura familiar que narra la película, tan normal por sus vidas nómadas. Siete Mares rechaza la imagen de villanos que presentan las películas como Breakdown, donde Kurt Russell interpreta a Jeffrey Taylor, un hombre cuya esposa es raptada por un grupo de chóferes de tráilers. Pero también hay historias reales que los asocian al crimen, como el caso de Hugo Baldomero Medina, El señor de los tráilers, ese líder del Cártel del Golfo que distribuía droga a través de una flota camionera y que ahora cumple una condena de 30 años en prisión. Chimal, quien lleva más de una década escribiendo sobre los camioneros en la historieta Los Ases del Volante, dice que el origen de estas historias donde son presentados como patanes o, por el contrario, como héroes tiene más que ver con resolver el misterio de cómo sobreviven a tantos días de soledad en el camino.

El de los camiones es un trabajo que nunca se siente tan solitario como cuando se descompone el tráiler a mitad de ruta. Siete Mares, recuerda que una madrugada se le fundió el motor por falta de agua y aceite. Quedó varado en Cumbres de Maltrata, a mitad del tramo México-Veracruz. Sin posibilidad de arreglarlo, tuvo que esperar dos horas a que apareciera un compañero  solidario. Sí. El de los camioneros es un gremio desorganizado y de hombres solidarios. Hace un tiempo unos traileros de Chiapas que intentaron sindicalizarse fueron despedidos de una empresa particular. Querían un contrato colectivo y un seguro social para la familia. Siete Mares, hace cuentas y los 20 mil pesos –unos dos mil dólares- son insuficientes para repartir en un hogar de esposa e hijos, amantes ocasionales y cuida dos de su camión. “Somos indispensables. Si no nos desveláramos manejando, la leche que toman no llegaría a tiempo, o no vestirían la ropa que traen puesta”, recuerda Siete Mares quien cree que el despido de los traileros de Chiapas es otra prueba más de cuánto se desprecia a los camioneros.

Rumbo a Veracruz Siete Mares se acaba de detener en un paradero de Rinconada, un pueblo a casi 300 kilómetros de la ciudad de México, esperando a una mujer que es su amante “Puedes ser infiel, pero no desleal”, se justifica y otra vez muestra la fotografía de sus hijos, esa que lo acredita como un hombre de bien. Siete Mares cuenta con devoción cómo su hija lo ayuda en el ritual de preparar su maleta cuando sale de viaje. Ella sabe que su padre sólo necesita camisetas, pantalones de mezclilla, trusas y al menos siete pares de calcetines limpios. En una cabina que arde más que la carretera a Veracruz, el confort de un trailero es como la última voluntad de un condenado al infierno. Por ahora, mientras espera a esa mujer del camino, Siete Mares lee a Salgari, uno de sus escritores favoritos. Dice que los camioneros son “bien hijos de la chingada, pero justos” como los Tigres de Malasia esos personajes de Salgari.

El camionero Vicente Barragán no quiere morir en la carretera y llevar como cruz un letrero de “No rebasar”. Se resiste a adivinar su cuerpo despedazado sobre el asfalto, anónimo pero tan público como ser reducido a una cifra de daños materiales. Vicente Barragán, un trailero que lleva más de la mitad de su vida en los caminos, dice  que para conjurar ese posible destino lleva en el retrovisor de su camión una estampa de San Judas Tadeo, el santo de los imposibles. También un retrato de su hija de tres años que presume de un vestido de encaje como una princesa. Una vez, creyendo amar a una mujer del camino, abandonó a su esposa y a su hija. A fin de cuentas, este segundo matrimonio acabaría en un fracaso. Es difícil construir un hogar cuando la historia comenzó en la cabina de un tráiler. Junto a esas dos imágenes, Barragán tiene una tercera: es una fotografía de él mismo, posando de espaldas. El retrato es de más de una década atrás. Allí viste una camiseta negra y una gorra azul, y aunque estuviera de frente sería irreconocible. Él mismo pidió que se la tomaran el día que hizo su primer viaje por la carretera, cuando recién había cumplido los 20 años. “Mirando al futuro” le llama a ese retrato. Dice que cuando muera le tomarán otra fotografía, y que entonces será de frente. “Será porque entonces sólo tendré pasado”. Atrás había quedado aquella noche en que lo asaltaron, en el año 2000, cuando el sueño lo obligó a detener su tráiler que antes iba a noventa kilómetros por hora en la autopista Ciudad de MéxicoQuerétaro, en el centro del país. Barragán recuerda que abrió la puerta, cuando un golpe reventó su cansancio. Eran dos hombres conpistolas los que treparon encima de su camión y lo obligaron a conducir de vuelta sobre la pista. Cuando había avanzado unos 200 metros, la pistola clavada en su nuca le indicó a dónde girar. Fueron ahorrativos en sus palabras: “Si abres la boca, entra la bala”.  Los ladrones ya habían desconectado el radar satelital del tráiler. Vicente Barragán perdió así a su ángel de la guarda, pero sólo le robaron los electrodomésticos que transportaba a Querétaro. Los asaltantes resultaron ser policías federales, quien según él, en agradecimiento por su silencio le aseguraron después protección perpetua.

Pero Vicente Barragán dice que ya no sabe en qué dirección queda el futuro. Porque el futuro, afirma, existe cuando se espera algo, y él siente que ya no puede esperar nada. Sólo llegar a un destino y luego volver a regresar y después volver a marcharse y así hasta siempre. “Un trailero es un marino en tierra, un vaquero de asfalto, un bandido que nunca está en casa”, sentencia. Ya lo había comentado Siete Mares camino a Veracruz: “En este trabajo nunca hay descanso. Nunca un camino final. En cada destino, empieza otro”. Aun así Vicente Barragán se resiste a vivir siempre en la carretera.Ahora el camionero está en la Central de Abastos de la Ciudad de México en espera de que le descarguen los limones que transporta. Este lugar clavado en el oriente de la ciudad, su patio trasero nunca está vacío. No lo abandona el olor a frutas podridas ni el fluir de comerciantes y de cargadores ni el bramido de los camiones en constante maniobra. Aun así el camionero Barragán dice que se siente solo. Más que cuando conduce su mercadería por la carretera.

Aquí aprovechará para dormir más de las cuatro horas diarias que en promedio duermen los traileros, aunque a veces se pasan hasta tres días enteros sin tocar una cama. En sus paradas un camionero puede leer algún periódico o una revista pornográfica, y buscar a una mujer que lo quiera, a quien no le pide belleza. Vicente Barragán se conforma con mirarla desnuda, según dice, y alcanzar el orgasmo sin prisas, y, si se puede, por unos pesos más, que ella acepte descansar junto a él, aunque fuese unos minutos, una vez que hayan terminado. La única condición que Barragán le pide es que no escape a su cuerpo aceitoso, a su cabello relamido con su propio sudor, a su mirada viscosa y a su barba a medio crecer: una mancha más sobre su piel.

Comments

comments