Por Kaizar Cantú

Resulta que la Facultad de Arte y Diseño de la UNAM ofrece un diplomado en arte forense. Tengo entendido que comenzó a impartirse a partir de 2006 (número de carga maldita y mal agüero) y que desde entonces ha habido una mayor demanda de artistas forenses en el campo, gracias en muy buena parte al aumento en la cantidad de cadáveres y ausencias.

Me sorprende la manera en la que un mundo se adapta a lo que le avienten, y eso me puso a pensar en las posibilidades de la violencia como fuente de empleo o catalizador del progreso tanto en la ciencia como en las artes.

Apunté un par posibles productos benignos de la violencia. Ojalá no se espanten, lo hice con el más puro espíritu de sana diversión:

Nuevas fuentes de energía

Admito que este no es del todo mío. Surgió en parte del borrador de una novela que me mostraron hace tiempo.

Todo comienza con una problema de índole ecológica. Si la violencia llegara a elevarse todavía más, cabe la posibilidad de que los cuerpos abunden a tal grado y aparezcan con tanta frecuencia que se conviertan en un objetos contaminantes. Los cementerios no se darían abasto, el suelo comenzaría a abultarse, abriendo grietas en uno que otro punto de la terreno; la carroña, por supuesto, demoraría poco en llegar. Y eso suponiendo que nos tomemos la molestia de enterrar a nuestros difuntos. Cuando la muerte se proyecta como un pronóstico más, no muy distinto de los patrones de clima, pierde al menos parte de esa nota ambigua que nos ha mortificado al grado de la ritualización. La sociedad la procesaría hasta transformarla en un desecho más de sí misma, tan inevitable como nuestra basura, y se vería obligada a incorporarla a la maquinaria mediante un sistema que lidiara con el exceso de cadáveres debajo o encima de la tierra.

Confío en que las autoridades optarían por resolver este problema del mismo modo que se resuelve el de los otros desechos materiales: relocalizando. Si tanto muerto estorba y fastidia, hay que llevarlos a un lugar donde estorben y fastidien lo menos posible. Pero el plan no les funcionaría por mucho. No sé con certeza si existen los espectros, pero estoy bien seguro de que la carne putrefacta expide fantasmillas nauseabundos. Volveríamos al problema inicial: mucho muerto, poco espacio.

La única solución viable sería deshacer los cuerpo sin dejar rastro, es decir, eliminarlos evitando en la medida de lo posible el dejo de huellas materiales sobre el delicado balance de nuestro hábitat.

He aquí una oportunidad para el progreso científico. Las mentes más agudas y creativas de Monterrey podrían desarrollar, apoyados por el capital de apellidos poderosos, un método para transformar los difuntos en fuentes de energía limpia. Sería necesario aprovechar hasta el último fragmento de hueso; que no se desperdicie ni el más ínfimo trozo de tejido en descomposición. La pesadilla de un desastre ecológico salido de la tumba quedaría muy lejos. Los regiomontanos podrían disfrutar de combustible limpio y —qué esperanzas— barato, además de jactarse de una victoria única o al menos rarísima en los anales de la historia. ¿Qué otro pueblo puede clamar al aire, sin titubeos, que tuvo la osadía y el ingenio suficiente para hundir la mano en el fruto de la mismísima muerte y extraer vigor palpitante y puro?

Estoy al tanto de que suena a ciencia ficción, de que desarrollar y financiar semejante proceso se dice mucho más fácil de lo que es lograrlo, pero, como dicta la fórmula, la necesidad es progenitora de incontables creaciones, y en lo personal no dudo de la agudeza de nuestra tecnocracia, por llamarla de algún modo.

Mi único temor es que los cadáveres resulten ser un combustible demasiado eficiente. No tardaría en emerger una industria del cuerpo muerto, y el término “traficar muerte” cobraría un sentido bastante más tenebroso.

La corte del narco

Los ciudadanos más desesperanzados dan por hecho que la verdad tras bambalinas es que México vive bajo un reinado de violencia. “El Narco gobierna el país”. No estoy en condición de discutir la existencia de los hilos incrustados en las huecas extremidades de nuestros gobernantes, sin embargo puedo sugerir el esbozo de una posibilidad.

Imaginemos que “el narco”, en efecto, está al mando del país, que no existe individuo u organización sobre México exento de su influencia, sea directa o indirecta; son la sombra sofocante e ineludible, dueños de esta tierra y de sus habitantes. Siendo tal el caso, no sería un disparate pensar que llevan un estilo de vida, digamos, ostentoso. Ya contamos con antecedentes documentados en Escobar y otros más cercanos a nuestro tiempo, así que no hace falta mucho esfuerzo para proyectar una imagen creíble de esos lujos. Para la siguiente proposición, sin embargo, sí requiero un poco de fe en la amplitud del espectro de las excentricidades que se permite la realidad.

El narco adquiere tanto poder y recursos que decide darse uno de los máximos lujos: establecer una corte análoga a las cortes reales de la Edad Media. Primero haría falta encontrar una porción de terreno lo suficientemente amplia sobre la cual erigir el castillo o mansión; un poblado mediano, tal vez, o, si se sienten generosos con su capricho, una rebanada sustancial de cualquier estado de la república con buen clima. Lo demás les viene fácil, en parte porque ya lo tienen bien practicado: los banquetes y bailes, el exceso material, una figura central de la corte, con todo y sus consejeros, damiselas, caballeros y demás acompañantes. Si acaso haría falta inventarse nuevos títulos; hay que mantener un espíritu novedoso.

Estoy al tanto de que lo anteriormente descrito puede existir ya bajo una forma u otra. Sin embargo, hablo de la cristalización de una corte oficial, reconocida nacional e internacionalmente, tal vez hasta con un símbolo que les identifique, como una bandera, un escudo de armas o ya de perdido un sello hecho de arabescos que componen cuernos de chivo.

Puede que esta corte desarrolle un estilo de vida único dentro del círculo de organizaciones criminales. Presenciaríamos —desde el otro lado de las murallas, claro; miserables teníamos que ser— el brote de una cultura cortesana del narco, con maneras de expresión propia, códigos de vestimenta extravagantes y modas que, no lo duden, pasearían tarde o temprano sobre las pasarelas y más de un alfombrado rojo.

No hay corte que esté completa sin el cultivo de las artes. ¿Por qué no imaginar nuestra corte del narco abundante en poetas, músicos y artistas plásticos que rindan homenaje a sus benéficos patrones consagrando su imagen, sus hazañas o al menos su gusto en una obra maestra, sea literaria, pictórica, musical o hasta cinematográfica? Si el Estado no fomenta la cultura como es debido, al menos hay una ligera certeza de que los jefes del crimen en este país tomen partido en el asunto. Podríamos tener un boom artístico entre manos.

Y a los que teman que México adquiera infamia en el mundo por su glorificación del narcotráfico o el crimen organizado en general, les digo esto: siempre hay una mente creadora lo suficientemente astuta y hábil en el manejo de su arte dispuesta a soltar puñaladas con fuerza, precisión y disimulo. 

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