El puesto que Don Toño tenía en la colonia se podía ver a kilómetros. Era diferente a todos los puestos callejeros que había visto en mi vida. En él se podían encontrar desde golosinas, frituras (elaboradas por él mismo, por cierto) despachadas dependiendo del costo por la medida en su cucurucho de papel estraza, hasta plástico y periódico, refrescos y jugos, pan, juguetes, cosas que vagamente me vienen a la memoria. Lo que sí recuerdo con gran claridad que también vendía eran dos aspectos objeto de mi atención: revistas y álbumes con estampitas.

Los álbumes coleccionables eran desde auténticos libros hasta planillas, las cuales tenían diferentes temáticas que iban desde la historia mundial hasta luchadores y personajes de la televisión. De pronto el puesto de Don Toño se convertía en la sede principal de un torneo de volados o área de intercambios de estampas “50 o 100 por la más difícil”, ya que al llenar el álbum, previo visto bueno de Don Toño le entregaba a cambio del álbum completado un premio al niño afortunado que consistía en una pelota o máscara de luchador.

Don Toño era un militar retirado. Había sido cabo de infantería en su natal Veracruz. Su piel estaba tostada por el sol por tantos años de servicio exponiendo su piel a las inclemencias del tiempo. Usaba siempre una camisola caqui verde olivo y un “chanchomon” a modo de gorra para cubrir su calvicie, era muy flaco y de arrugas en la piel muy marcadas. Su mano derecha siempre portaba un cigarrillo de la marca Alas que siempre nos llenaba de humo cuando nos paramos por ahí. “Es un cigarro de mota”, decían los que no lo habían tratado. “Entonces ¿como explicas que siempre ande contento?”.

Esa alegría se la dábamos nosotros, la chamaquiza que se reunía en torno a su negocio, ya que paralelo a la fiebre de las estampas, su puesto tenía una extensión dónde vendía revistas usadas para todos los gustos que, aparte de vender o promover el trueque, también rentaba al precio de cinco centavos para leer ahí mismo en la banqueta bajo la sombra de un árbol de esos que de pronto sueltan azotadores. A veces, para buena fortuna del lector, contaba con una silla que luego desaparecía misteriosamente a la hora de la comida.

Don Toño tenía varios títulos que exhibía por categorías. También podías ir a venderle cuentitos pero tenían que pasar la inspección, la cual consistía en una revisión a conciencia en la que si le faltaban hojas, estaban maltratadas o se encontraban manchadas las páginas de cualquier sustancia, no las recibía. Si por el contrario las aceptaba, te las podía cambiar por otras de menor o similar precio o te las pagaba dependiendo de qué tan “leída “estuviera. Había muchas que daban varias vueltas y en cada una el pasquín se iba depreciando.

Yo solía rentarle el Kaliman, El Pantera, El Águila Solitaria, Capulinita, Condorito y el Simón Simonazo. Era uno de sus clientes más asiduos. Luego cuando pasaba por ahí me avisaba de las novedades que había en su puesto, los nuevos números que caían, y yo de inmediato iba a dejar mi dinero ahí.

Un día de esos extraños se me acercó y me dijo que notaba que me gustaban los temas de acción y aventura. Me confesó que tenía una afición que consistía en dibujar historias de aventuras. Al darse cuenta de mi interés, corrió al interior de su casa y sacó varias hojas de papel bond, dobladas a manera de revista, con portada y todo, dibujadas en su totalidad a lápiz, incluyendo los diálogos. El tema trataba sobre las injusticias de la vida, de las personas que sufrían pero luego obtenían algo bueno y de eso se encargaba el personaje central y héroe “Juan el valedor”.

Juan el Valedor, escuchaba las quejas y de inmediato las resolvía de manera inteligente o a veces tenía que hacer uso de la violencia. Las morras estaban enamoradas de él porque aparte era buen bailador. También tenía su enemigo, que era el que más atropellos cometía con la gente de la comunidad ya que era dueño de varios lotes, negocios y vecindades: Don Pedro Paredes, que tenía gente mala a su servicio. Era el dolor de cabeza de Juan el Valedor y de su ayudante El Patas, un luchador ya retirado pero útil a la hora de impartir justicia.

Cada semana leía una aventura nueva y le daba mi punto de vista, incluyendo recomendaciones, a Don Toño, que tomaba en cuenta mis opiniones. Hasta que pasó el tiempo, crecí y él se hizo más viejo. Cerró su pequeño negocio y la familia se encargó de cuidarlo, no sin antes legarme toda su obra, que algún día voy a encuadernar y se le pasaré a un niño al que le gusten las historias de acción y aventuras.

Por Alex Fulanowsky

Comments

comments