Todo el proceso Dominici se ha representado sobre una idea de la psicología que, por azar, es justamente la de la literatura bien pensante.

Ya que las pruebas materiales eran inciertas o contradictorias se ha recurrido a pruebas mentales; y ¿dónde obtenerlas si no en la propia mentalidad de los acusadores? Se ha reconstruido con ligereza, pero sin la sombra de una duda, los móviles y el encadenamiento de los actos; se ha procedido como esos arqueólogos que van a juntar piedras por los cuatro rincones del campo de exploración y con sus modernísimos cementos reconstruyen un delicado monumento de Sesostris, o que reconstituyen hasta una religión muerta hace dos mil años, bebiendo en las viejas profundidades de la sabiduría universal que, en realidad, no es más que su propia sabiduría, elaborada en las escuelas de la Tercera República.

Ocurre lo mismo con la «psicología» del viejo Dominici. ¿Es realmente la suya? Nada se sabe de ella. Pero se puede estar seguro de que, sin duda, es la psicología del presidente de la corte o del fiscal. Estas dos mentalidades, la del viejo rural alpino y la del personal de justicia, ¿tienen la misma mecánica? Nada es menos seguro. Sin embargo, el viejo Dominici fue condenado en nombre de una psicología “universal”. Descendida del empíreo encantador de las novelas burguesas y de la psicología esencialista, la literatura acaba de condenar al cadalso a un hombre. Escuchemos al fiscal: “Sir Jack Drummond, ya lo he dicho, tenía miedo. Pero sabe que la mejor manera de defenderse es atacar una vez más. Se precipita, pues, sobre este hombre huraño y toma al anciano por la garganta. No cambia una sola palabra. Pero para Gastón Dominici, el simple hecho de que se lo pretenda poner de espaldas sobre el suelo, es impensable. Físicamente, no pudo soportar esa fuerza que de repente se le oponía”.

Es plausible como el templo de Sesostris, como la Literatura de Genevoix. Fundar la arqueología o la novela sobre un “¿Por qué no?” solamente, no hace mal a nadie. Pero ¿y la justicia? Periódicamente algún proceso, y no forzosamente ficticio como el de El extranjero, nos recuerda que está siempre dispuesta a prestarnos un cerebro de repuesto para condenarnos sin remordimiento y que, corneliana, nos pinta tal como deberíamos ser y no tal como somos.

Esta transferencia de justicia al mundo del acusado resulta posible gracias a un mito intermediario, muy usado tanto en los tribunales como en los jurados literarios: la transparencia y la universalidad del lenguaje. El presidente de la corte, que lee Le Fígaro, aparentemente no tiene ningún escrúpulo en dialogar con el viejo pastor de cabras “iletrado”. ¿Acaso no tienen en común una misma lengua y esa lengua no es el francés, la más clara de las existentes? ¡Maravillosa confianza de la educación clásica, donde los pastores conversan despreocupadamente con los jueces! Pero aquí, detrás de la moral prestigiosa (y grotesca) de las versiones latinas y de las disertaciones francesas, está en juego la cabeza de un hombre.

Sin embargo, la disparidad de los lenguajes, su clausura impenetrable, fueron subrayadas por algunos periodistas y Giono dio numerosos ejemplos de disparidad en los informes presentados en la audiencia. En ellos podemos verificar que en este caso no hace falta imaginar barreras misteriosas, malentendidos a lo Kafka. No; la sintaxis, el vocabulario, la mayoría de los materiales elementales, analíticos, del lenguaje, se buscan ciegamente sin unirse. Pero a nadie le preocupa: (“¿Ha dado algún paseo hasta el puente usted? —¿Paseo? No hay ningún paseo en el puente, lo sé, yo estuve allí.”)

Naturalmente todo el mundo finge creer que el lenguaje oficial es el que expresa el sentido común y el de Dominici no es más que una variedad etnológica, pintoresco por su indigencia. Sin embargo, ese lenguaje presidencial es también particular, cargado de clisés irreales, lenguaje de redacción escolar, no de psicología concreta (salvo el hecho de que la mayoría de los hombres sea obligado, desgraciadamente, a poseer la psicología del lenguaje que se le enseña). Son simplemente dos particularidades que se enfrentan. Pero una tiene los honores, la fe, la fuerza, de su parte.

Y ese lenguaje “universal” reafirma puntualmente la psicología de los amos; psicología que le permite tomar siempre al otro como objeto, describir y condenar al mismo tiempo. Psicología adjetiva, sólo sabe otorgar atributos a sus víctimas; del acto ignora todo fuera de la categoría culpable, en la que forzadamente lo incluye. Estas categorías son las de la comedia clásica o de un tratado de grafología: jactancioso, colérico, egoísta, artero, impúdico, duro. A sus ojos, el hombre sólo existe por los “caracteres” que lo señalan a la sociedad como objeto de una asimilación más o menos fácil, como sujeto de una sumisión más o menos respetuosa. Utilitaria, poniendo entre paréntesis cualquier estado de conciencia, esta psicología pretende, sin embargo, fundar el acto en una interioridad previa, postula “el alma”; juzga al hombre como “conciencia”, sin perturbarse por el hecho de que antes lo hubiera descrito como un objeto.

Ahora bien, esa psicología, en nombre de la cual hoy le pueden cortar a usted tranquilamente la cabeza, proviene directamente de nuestra literatura tradicional, la que en estilo burgués se llama literatura de documento humano. En nombre del documento humano fue condenado el viejo Dominici. Justicia y literatura se han aliado, intercambiaron sus viejas técnicas, develaron su profunda identidad y se comprometieron, sin pudor alguno, la una por la otra. Detrás de los jueces, en sus sillones curules, los escritores (Giono, Salacrou). En el estrado de la acusación, ¿un magistrado? No, un “cuentista extraordinario”, dotado de un “espíritu indiscutible” y de una “verba brillantísima” (según la aprobación tajante que Le Monde acordara al fiscal).

La propia policía utiliza sutilezas de escritura (un comisario de división: “Jamás he visto mentiroso más comediante, jugador más desconfiado, cuentista más ameno, mañoso más taimado, septuagenario más gallardo, déspota más seguro de sí, calculador más retorcido, disimulador más artero… Gastón Dominici es un asombroso Frégoli de almas humanas, y de pensamientos animales… No tiene varios rostros, el falso patriarca de la Gran Tierra, ¡tiene cien!”). Las antítesis, las metáforas, las exclamaciones, toda la retórica clásica acusa aquí al viejo pastor. La justicia adoptaba la máscara de la literatura realista, del cuento rural, mientras la propia literatura iba a la sala de audiencias en busca de nuevos documentos Ahúmanos, a recoger inocentemente ante el rostro del acusado y de los sospechosos, el reflejo de una psicología que, a través de la justicia, ella le había impuesto previamente.

Sólo que, frente a la literatura satisfecha (montada siempre como literatura de lo “real” y de lo “humano”), existe una literatura del desgarramiento: el proceso Dominici ha sido también esta literatura. Hubo solamente escritores hambrientos de realidad y cuentistas sorprendentes cuya verba “brillantísima” arranca la cabeza de un hombre; sea cual fuere el grado de culpabilidad del acusado, hubo también el espectáculo de un terror que nos amenaza a todos: ser juzgados por un poder que sólo quiere entender el lenguaje que él mismo nos presta. Todos somos Dominici en potencia, no criminales, sino acusados privados de lenguaje o, peor, ridiculizados, humillados, condenados por el de nuestros acusadores. Robar a un hombre su lenguaje en nombre del propio lenguaje: todos los crímenes legales comienzan así.

Por Roland Barthes

*Texto publicado en Mitologías (1954)

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