Por Kaizar Cantú

I

Tengo una figurita de Luke Skywalker; nada especial. Viste el traje negro de dos piezas característico de Return of the Jedi y sostiene en alto, con ambas manos, un sable laser color verde que ilumina su rostro eternamente mortificado, pues reconoce y resiente cada uno de los actos violentos que está a punto de cometer.

Cuando mi padre entra a la habitación, se toma un par de segundos para admirar el estante que exhibe los juguetes. Está de espaldas a mí, así que no puedo acertar qué secciones elige recorrer con un rayón apresurado de sus ojos, aunque sospecho que dedica dos o tres momentos más de la inspección al figurín de Luke.

Eso no me extraña en lo absoluto; no debería extrañarme. Recuerda; lo hace con esa facilidad en ocasiones permitida por medio siglo de memoria, como quien hunde una mano en el mar y al sacarla aprieta frente al sol, sin accidentes, el pez que buscaba.

Busca, o más increíble aún, encuentra, sin esfuerzo ni consciencia, un figurín propio. No otro Luke Skywalker, ni siquiera otro caballero jedi. Quizá un explorador espacial con revolver desintegrador en mano, brincando de un lado a otro como las aves pequeñas; lo guía una mano diminuta. Una voz chillona, con tintes de torpe severidad, balbucea acerca de los motores averiados, los cocodrilos cíclopes y el tremendo helar de las noches venusianas.

La experiencia no es nada fuera de lo común. Cualquier otro objeto pudo haber activado el mismo mecanismo con resultados por lo menos similares: una pelota, un triciclo, la boleta de calificaciones; si mi padre fuera soldado, un rifle. Se abstrae en un objeto y recuerda su utilidad, la manera de acomodarlo en relación al cuerpo, las sensaciones producidas por su uso. Cuando mira esa réplica plástica de Luke Skywalker, comprende. Yo comprendo que mi padre comprende.

II

Me extrañó averiguar hace tiempo que los niños de la Roma antigua jugaban con pequeños gladiadores de barro. No fue difícil imaginar cómo sucedía. Cada quien tomaba su cada cual y lo bautizaba con la palabra más intimidante que pudiera ocurrírsele a un niño de la época. El ritual culminaba en una serie rugidos y brutales choques entre los guerreros.

Encuentro agradable el pensamiento de una infancia en aquella Roma, vagando frente a los umbrales de varias casas en busca de alguien que abra las puertas de su circo al pequeño gladiador que aprieto contra mi pecho.

En 1913, H.G. Wells publicó, bajo el título de Little Wars, un manual para jugar con ejércitos miniatura. Podríamos tomar el texto y hacerlo circular a través del tiempo, tanto pasado como futuro. No me cabe duda de que, ignorando la barrera lingüística, la probabilidad de que a cualquier persona con una infancia se le ilumine el rostro es altísima. Repasaría los estatutos planteados por Wells, rechazando varios de ellos y sugiriendo algunos nuevos según lo que su experiencia dictamina como adecuado. Más tarde, visitaría un antiguo baúl, a oscuras, si es que le asalta la pena, en busca de las viejas tropas, su equivalente de jinetes, cañones e infantería, para distribuirlas sobre el suelo y admirar las formaciones.

El juguete, por lo menos en sus encarnaciones más simples, es un objeto de fácil interpretación. Una vez descifrada la forma, cualquiera puede proyectar su funcionamiento y, si así lo desea, poner en práctica esas cualidades de demiurgo, inherentes a toda mente infantil, de las que habló Barthes en la página y media dedicadas al mito del juguete en sus Mythologies.

Es un signo constante a través del tiempo, no muy distinto a otros artefactos como la puerta, la pluma, el sombrero. Su construcción va acumulando procesos más sofisticados, la figura adquiere detalles más precisos o a veces opta por lo abstracto, pero la esencia prevalece. Podría entregar mi figura de Luke Skywalker a uno de esos niños romanos, principitos medievales o colonos adultos en Marte. Cada uno de ellos comprendería.

III

Al jugar con Micro Machines, mis manos controlan el movimiento de los cochecitos, proporcionan un soplo leve que los impulsa en la dirección que deseo; de lo demás se encarga la física. El cochecito vive mientras mi índice lo desliza a través de la mesa de la cocina. Mis padres observan.

Si extiendo frente a ellos mi mano abierta con un par de cochecitos amorosamente colocados sobre la palma, puede que acepten la invitación. El juego les vendría natural. Alguna vez ellos también donaron parte de su energía a lo inerte; alguna vez, con sus manos, sus voces, sus mentes, también animaron lo inanimado. Sólo necesitan reconocer la intención que tiene el plástico de ser automóvil o camión, aeroplano o buque, submarino o trasatlántico interestelar.

El juego suele versar en torno a la pretensión. Uno pretende que los escombros en el jardín son un valle rocoso en el que chocan titanes prehistóricos, batallas de proporción mitológica nunca antes contadas hasta que alguien decide ensuciarse las rodillas y reproducirlas con figurines de plástico morado. Es mentira, espejismo, ficción.

Existen juguetes más complejos, menos descifrables. Quien sostiene un trompo por primera vez lo admira como a las antiguas armas orientales o un trozo de tecnología extraterrestre. El juego no pide el reconocimiento de otra cosa en la forma del trompo, pues éste no busca representar más que a sí mismo; no es un instrumento escénico que figura en la pretensión de una batalla o la vida rural. Para jugar sólo hace falta una muñeca bien entrenada, es decir, la cuestión a resolver es meramente técnica. Una vez amaestrado el artefacto, lo demás es pura óptica y mecánica.

Casi lo mismo puede decirse de otros artilugios como el yo-yo, las canicas, el balero; del memorama electrónico, los aros hula hula, el cubo de Rubik y todas sus descabelladas variantes. El juego sigue exigiendo el dominio de materia ajena al cuerpo, mas ya no versa en torno a la manipulación imaginativa de cada elemento, sino la resolución de un enigma. No es distinto a la disciplina de la espada o el tablero de ajedrez.

IV

Cuando juego Super Metroid, mis manos controlan de un modo distinto. Los dedos bailotean sobre botones que mandan pulsos codificados a través hilos de cobre envueltos en plástico negro; al otro extremo, la computadora del SNES recibe las señales y las interpreta, provocando un movimiento, una reacción que codifica y transmite hacia el televisor, que a su vez decodifica y re-codifica la información a modo de imagen destrozada en cuadrados diminutos y bien organizados sobre un cristal convexo. Yo observo las imágenes serializadas con atención y coordino; mi cabeza dispara señales a los dedos para que actúen acorde a lo que considera más adecuado según los datos recientes. El proceso se recicla a una velocidad vertiginosa.

Si extiendo el remoto hacia mis padres, elevan las manos y lanzan un pie hacia atrás. “No es para nosotros.” Prefieren mirar, nada más.

Borges, haciendo eco a McLuhan, que tal vez hacía eco a alguien más, habló del libro como extensión de la imaginación y la memoria. Diría yo que aquellos aparatos, aquellos juegos de video, como las películas, también son una extensión de la imaginación, la memoria y, en su caso particular, de algo más, algo entre la presencia y la voluntad.

El juego, si se hace bien, establece un vínculo fuerte con lo virtual, con la pretensión bien lograda de pulsos audiovisuales. No es sólo demiurgia; es abstracción, es protagonismo. Jugar es compartir dos planos, o más bien existir en la zanja que los separa. Mientras dure, se es lo real y lo virtual, lo material y lo inmaterial, carne y datos.

Mis padres continúan observando. Seguro notan el color de la estática ciclándose en mis pupilas, el nuevo vibrar metálico de mis venas. Nada más miran, sin comprender; sin comprender.

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