De cuando un holgazán por fin consigue empleo

Por J.K. Toole

Los libros son hijos inmortales que desafían a sus progenitores

-Platón-

Querido lector:

Descubro, estimado lector, que he ido habituándome al agitado ritmo de la vida oficinesca, adaptación de la que no me creía capaz. No hay duda, desde luego, de que en mi breve carrera en Levy Pants Ltd. he logrado introducir varias innovaciones prácticas y eficientes. Los lectores que sean también trabajadores administrativos y estén leyendo este penetrante diario durante descanso del café, o en alguna otra circunstancia similar, deberían tomar nota de una o dos de mis innovaciones. Dirijo también estos comentarios a los funcionarios y a los ricachones en general.

He agarrado la costumbre de llegar a la oficina una hora más tarde de lo que allí se me espera. En consecuencia, me encuentro muchísimo más reposado y fresco cuando llego, y evito esa primera hora lúgubre de la jornada laboral en la que los sentidos y el cuerpo, entorpecidos aún por el sueño, convierten cualquier tarea en una penitencia. Considero que al llegar más tarde mejora notablemente la calidad del trabajo que realizo.

De momento, debo mantener en secreto la innovación que he introducido en relación con el sistema de archivado, pues es revolucionaria, y he de comprobar los resultados antes de revelarla. En teoría, la innovación es magnífica. Sin embargo, he de decir que esos papeles viejos y amarillentos que se guardan en los archivos constituyen un peligroso riesgo de incendio. Un aspecto más especial, que quizá no tenga aplicación en todos los casos, es que mis archivos son, al parecer, domicilio de insectos y animales diversos. La peste bubónica es algo que resultaba natural en el Medioevo. Pero ceo que con traerla en este espantoso siglo resultaría tan ridículo tan sólo.

Hoy nuestra oficina se vio honrada al fin con la presencia de nuestro amo y señor, G. Levy. A decir verdad, me pareció un tanto indiferente y despreocupado. Llamé su atención sobre el cartel (sí, lector, al fin está terminado y colocado, una flor de lis de lo más imperial le añade mayor significado), pero tampoco esto despertó en él demasiado interés. Su estancia fue breve y muy poco profesional; mas, ¿quiénes somos nosotros para poner en entredicho los motivos de esos gigantes del comercio cuyos caprichos guían el curso de nuestra acción? Con el tiempo sabrá de mi devoción por su empresa, de mi dedicación. Y tal vez mi ejemplo le mueva a creer de nuevo en Levy Pants.

La Trixie aún guarda silencio, con lo que demuestra que es aún más sabia de lo que yo había imaginado. Tengo la sospecha de que esta mujer sabe muchísimo, de que su apatía es sólo una fachada para ocultar su claro resentimiento contra Levy Pants. Su coherencia aumenta cuando habla de la jubilación. He observado que necesita calcetines blancos de repuesto, pues los que lleva ahora se han vuelto más bien grises. Quizá en un futuro próximo le compre un par de calcetines blancos de esos absorbentes que utilizan los deportistas. Quizá este detalle afectuoso la conmueva y la induzca a la conversación. Parece haberle tomado mucho cariño a mi gorra, pues le ha dado por ponérsela de vez en cuando en lugar de su visera de celuloide.

Como ya le he dicho, lector, en anteriores entregas, he estado emulando al poeta Milton pasando mi juventud retirado, entregado al estudio y a la meditación a fin de perfeccionar mi oficio de escritor, tal como hizo él; la intemperancia cataclísmica de mi madre me ha arrojado al mundo con la mayor crueldad. Mi organismo entero está aún agitado. En consecuencia, estoy todavía en el proceso de adaptarme a la tensión del mundo laboral. En cuanto a mi organismo se acostumbre a la oficina, daré el paso gigantesco de visitar la fábrica, diligente corazón de Levy Pants. He oído más de un pequeño silbido y un pequeño estruendo a través de la puerta de la fábrica, pero mi condición actual, que es de un cierto desasosiego, me veta un descenso a ese infierno particular, por el momento. De vez en cuando aparece en la oficina algún obrero para exponer incultamente algún problema (normalmente se trata de una borrachera del capataz, que es un bebedor inveterado).

Cuando me encuentre de nuevo en posesión de todas mis facultades, visitaré a esa gente de la fábrica; tengo firmes y profundas convicciones respecto a la acción social. Seguramente podré hacer algo para ayudar a esos trabajadores. No puedo soportar a los que actúan cobardemente ante la injusticia social. Creo en un compromiso audaz e implacable con los problemas de nuestra época.

Nota social: He buscado distracción en el Prytania más de una vez, arrastrado por el atractivo de ciertos horrores tecnicoloreados, abortos fílmicos que eran ultrajes a todo criterio de gusto y decencia, rollos y rollos de perversión y blasfemia que asombraban y sobrecogían mis incrédulos ojos, que estremecían mi mente virginal y cerraban mi válvula.

Mi madre se relaciona ahora con unos indeseables que intentan convertirla en una especie de atleta, especímenes depravados de la humanidad que se dedican a jugar boliche y se sumergen así en el olvido. Seguir mi floreciente carrera mercantil me resulta un tanto doloroso a veces, padeciendo como padezco estas distracciones y angustias en el hogar.

Nota sanitaria: Mi válvula se cerró violentamente esta tarde, cuando el señor González me pidió que le sumara una columna de cifras. Cuando vio el estado en que su petición me precipitó, sumó él mismo, consideradamente, dichas cifras. Procuré no hacer una escena, pero mi válvula pudo más que yo. Por cierto que ese jefe administrativo podría resultar un fastidio.

Hasta luego.

Darryl, su chico trabajdor

 

* Fragmento de La conjura de los necios (1987)

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