Por Javier Ibarra

Desearía volver a tener la inmensa colección de máscaras en mi cuarto, lástima que algunas desaparecieron y otras las fui perdiendo en dos al hilo y sin límite de tiempo. En aquella plaza con asta bandera que llamábamos ring, ya no me dejaba romper mis preseas tan fácil. En muchas ocasiones regresaba a casa todo sucio y con una tapa desecha entre mis manos, todo por la campal organizada entre mis amigos y yo. Alguien giraba la cabeza como Súper Muñeco y otros eran Fuerza Guerrera y Octagón; pobre imitación infantil de Octagón, siempre, y durante toda la lucha, se la pasaba amarrado al asta bandera, como tenía que ser y como ocurría en las arenas del país. No recuerdo quién fue el desgraciado que me rompió la de Atlantis, esa tapa blanca y azul era mi favorita; estaba firmada y tenía dedicatoria especial. Cómo no me iba a doler, y a mi abuela querida más, quien hizo todo lo posible para conseguirme la firma del ídolo de los niños: todo un coraje menopáusico al verla en el bote de la basura. A partir de ese día decidí salir a luchar como Mocho Cota, mi luchador favorito sin usar una tapa.

Pasaron los años, yo crecía y la cabellera de los luchadores que recién la habían perdido también. El único que no parecía crecer era el Dr. Alfonso Morales, que hasta la fecha sigue gritando de una lucha a otra: «¡Qué báaaarbaro Magadan! ¡Qué báaaarbaro!».

Mi papá obtuvo un nuevo trabajo y nos mudamos al norte de la ciudad. El mundo se me venía encima ya que tuve que volver a hacer amigos en la primaria y en la cuadra, elegir una nueva tiendita de la esquina y por supuesto saber identificar a los perros que me daban una bienvenida a ladridos. Me retiré de la lucha libre en plazas públicas y el único y primer día que subí a la azotea de mi nuevo hogar a volar un papalote, me llené la boca de preguntas y no asimilé que mis ojos en ese instante formaban parte de algo que cambió mi vida por completo. Los tendederos de los condominios que estaban de frente, secaban un traje de luchador que sólo había visto por la TV. El viento de esa tarde y yo éramos los únicos que sabían ese secreto. En aquel momento podría decir y presumir que mi vecino era Panterita del Ring, uno de los luchadores más populares y claro, uno de mis favoritos. Sus mallas amarillas, su calzoncillo negro, su camisa de tirantes negra y su máscara amarilla con negro (similar a la de su maestro Blue Panther), se secaban y me invitaban a bajar corriendo por las escaleras para ir a tocar puerta por puerta en busca de él. Sería toda una chiva expiatoria desde ese día.

Terminó la primaria para mí y jamás pude ver a Panterita del Ring salir de los condominios. Quien tendía ese traje de luchador seguro lo hacía por la madrugada. Yo pasaba tardes enteras en mi azotea y nunca vi subir al campeón mundial de peso medio. La secundaria cambió mi ritmo de vida, ya no gozaba de tanto tiempo libre para seguir en busca de quién de mis vecinos era Panterita del Ring. Los fines de semana, invitaba a mis nuevos amigos de la secundaria a mi azotea. Subía el televisor para ver la lucha libre y en los comerciales les señalaba el tendedero en donde Panterita del Ring colgaba su traje. Fui tachado como mentiroso, como todo un rudo profesional o como un puberto que estaba traumado con ese deporte espectáculo. Nadie creía en mi historia del papalote, el tendedero y el traje de luchador.

Mis amigos comenzaron a perder la poca importancia que tenían por la lucha libre. Crecíamos y ellos sólo querían ir a los cumpleaños de nuestras compañeras más desarrolladas. Yo seguía igual, viendo la lucha libre todos los sábados por la tarde. Terminó la secundaria y finalmente creí haberme dado por vencido. Dejé la azotea y me interné en mi cuarto; arranqué todos los posters, mis máscaras las encarcelé en el guardarropa, pero la monotonía de no perderme la hora y media de lucha libre seguía de vez en cuando. Ya no hablaba todo el tiempo de llaves y candados, y sin embargo mi infancia vegetaba aún en mi cuarto, seguramente ya había hecho raíz y podría romper las paredes y ventanas. Eso vino con una desgracia. El teléfono sonó, mi abuela había muerto de un paro cardíaco y ya me esperaba otro desenlace de una noticia inolvidable.

En el velorio comenzaba a transcurrir esa magia de sentirse parte de otra vida, hasta incinerar el cuerpo de mi abuela y regresar con ella a casa confundido gracias a la reglas de la naturaleza y al aletargamiento de las manecillas del reloj.

A la tragedia asistió un ser desconocido para todos, alguien nunca antes visto. Le fue dando el pésame a cada uno de mis familiares, y cuando llegó conmigo, dijo conocer a mi abuela de casi toda la vida. Sus ojos no sé por qué no escurrían lágrimas si su voz se cortaba como cuando mi abuela me regañaba por romper una tras otra de mis máscaras. El ser desconocido nos dio su nombre (el cual ahora es secreto), su lugar de origen (Gómez Palacio, Durango); ciudad de donde venía a triunfar a dos de tres caídas a la capital. Detrás de una máscara conocía a mi abuela. ¡Él era Panterita del Ring! Su infancia había estado envuelta por el hermano mayor de mi abuela (El Halcón Suriano) y por sus sobrinos quienes eran sus compañeros de pasión. Descubrí a mi vecino, o mejor dicho: desenmascaré a mi vecino en medio de la desgracia. Hago memoria, contemplo su rostro y ya sé quién me ganó el último kilo de azúcar que quedaba en la tiendita el primer día en mi nuevo hogar, quién organizó una fiesta de quince años para su hija y cerró las calles de la cuadra para bailar cumbias y terminar la celebración cantando canciones de Juan Gabriel seguro con otros luchadores bajo el anonimato de no traer puesta una máscara, quién era el dueño de aquel puestito de gorditas estilo Torreón, y finalmente sabía que el automóvil estacionado afuera de mi hogar, el cual tenía una calcomanía de su máscara en la parte trasera, no era el de otro aficionado más.

Ahora convivo con mi “nuevo” vecino y tengo un nudo en mi garganta. Nada podría ser mejor. Entro y salgo de su hogar, admirándome por todos los campeonatos que encandilan mis ojos. Observo las fotografías que siempre están atrapadas en una máscara y mis recuerdos me hacen sentirme un enmascarado más. Mi “nuevo” vecino va y viene a Japón, Europa y otros lugares conocidos o que desconoce en dónde están. En el extranjero es una especie de súper héroe, y es algo que toma con demasiada tranquilidad, simplemente como su jale. Me contó que en una ocasión prefirió agarrar el pedo con otros súper héroes en el caro y elegante Mónaco, a donde fue a luchar en una muestra de exhibición, en el medio tiempo de un partido de rugby, dejando atrás todo el glamour de fotografiarse y mostrarse superficial. De todo lo que habla es de algo pasajero, únicamente le importan los detalles para su familia. Cuando va a luchar a los Estados Unidos, gane o pierda, siempre regresa con ropa y juguetes para sus hijos. Vive en familia en un pequeño departamento que los cobija y del cual él se hace cargo hasta que el cuerpo aguante. La vida, detrás de una máscara, desde la muerte de mi abuela me parecer ser completamente antípoda, ya no solamente la de un inquieto espectador; un espectador que cada vez que toca el timbre de su luchador favorito vuelve a ser un niño, esperando a que se asome por su ventana y minutos después arranque su auto para viajar juntos a la Arena México, ya que ahora lucha como Ephesto; y en un parpadear, en una charla, ya tenga puesta su máscara cuadras antes de llegar a la función. Así siento como si volviera a subir al ring con asta bandera, en un momento como éste, en el cual aparento ser su second. Y a la entrada de la Arena me presenta con sus conocidos y demás luchadores como su “sobrino”. Mis viejos amigos y el televisor ya no es que quiera que existan, pero estando en la primera fila, disfrazo a mis ojos con las identidades secretas de él y otros cuantos luchadores que me dijo quiénes eran. La función termina. La lucha estelar la ganaron en una batalla de relevos australianos Ephesto, Mephisto y Averno, en contra de Blue Panther, Shocker y La Sombra. A la salida mis amigos de la secundaria aparecen y nos recordamos unos a los otros después de algunos años, los abrazo con la misma energía con la que luchaba en el ring con asta bandera; y yo, con la verdad y el secreto en la punta de mi lengua, la trago y sólo les hago estrechar sus manos con la de mi “tío”. Incógnito y sin máscara circula Panterita del Ring entre mis viejos amigos, en el mejor recuerdo de mi infancia para volver a la azotea de mi hogar y ahora sí volar el papalote.

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