Por Juan Rulfo*

Foto  de portada por Victor Hugo Valdivia de la serie: ‘Jinetes de Agualeguas’

 

Yo morí hace poco. Morí ayer. Ayer quiere decir hace diez años para ustedes. Para mí, unas cuantas horas. La muerte es inalterable en el espacio y en el tiempo. Es sólo la muerte, sin contradicción alguna, sin contraposición con la nada ni con el algo. Es un lugar donde no existe la vida ni la nada. Todo lo que nace de mí es la transformación de mí mismo. Los gusanos que han roído mi carne, que han taladrado mis huesos, que caminan por los huecos de mis ojos y las oquedades de mi boca y mastican los filos de mis dientes, se han muerto y han creado otros gusanos dentro de su cuerpo, han comido mi carne convertida en hediondez y la hediondez se ha transformado hasta la eternidad en pirruñas de vida, en el desmorecimiento de la vida. Pero la muerte no ha avanzado. Estoy aquí, sitiado por la tierra, en el mismo lugar donde me enterraron para siempre.

No tengo sentimientos. Sólo recuerdos. Malos recuerdos. Lo poco que había de bueno en mí se fue al cielo con mi alma, en la última lágrima de mis ojos.

Quiero darles un consejo. Cuando vayan a morir, lloren. Traten de cualquier modo de forzar el llanto, aunque sea una gota. Ése es el camino del alma. Hagan lo posible por echar fuera su alma del cuerpo, porque si no sufrirán en todo el más duro e insoportable dolor que le es dado al hombre.

Conocí hace poco a un muerto que aprisionó su alma. Me contó que lo habían enterrado vivo, a medio morir. Tuvo que venir a agonizar dentro de su sepultura, trasegado por el odio, enfurecido, retorciéndose en la desesperación, sintiendo cómo se le saltaba la sangre por los ojos, enceguecido de sangre y de terror. Se quedó con su alma, en la oscuridad de la muerte.

—Creí estar en el infierno —me dijo él—. Entré en agonía como si entrara en el infierno, al fuego intenso y eterno de que nos hablan en la tierra. Cada insignificante poco de mi carne ardía en su propia lumbre. Se convirtieron en cenizas mis huesos y yo seguía agonizando, consciente de la vida corporal, entendiendo mi proceso destructivo; pero viviendo aún como vive un ser humano. Una fuerza interna me dolía, se afianzaba y golpeaba contra las paredes ya deshechas, y caí exhausto, exánime, como si al fin hubiera encontrado el descanso. Pero el descanso del alma está en el infierno o en el cielo, pero no en el cuerpo humano. Eso que para los humanos es el purgatorio es sólo la prisión del alma por el cuerpo. Hasta que al fin el agua de mis ojos se hizo llanto. Me hizo llorar el dolor, o tal vez ya ni me di cuenta del dolor, quizá por ser tan intensa mi agonía. Sólo sé que descansé. Ya no tengo esa alma que me hizo sufrir. Ya estoy en paz.

Eso me dijo aquel hombre.

Y otra cosa. No hagan llorar a los demás. Es una condena que perdura y pesa sobre los mismos muertos. En los vivos desaparece, pero en los muertos sigue permaneciendo, porque la muerte es permanente.

*Los cuadernos de Juan Rulfo (1995)

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