Por Claudio Tapia

Ilustración ‘Sin fronteras Colectivo’


No creo que Peña, Medina, Arellanes, Ruiz, o cualquier otro gobernante, tenga toda la culpa de nuestra adversidad; menos espero que pueda remediarla, así lo haya prometido en campaña y se ponga las pilas para echarle ganas. Y no es que los defienda de sus fechorías – algunos hasta delincuentes son -, pero del daño social que genera la desigualdad no responden plenamente.

Tampoco creo que nuestros males sociales se resuelvan eligiendo candidatos decentes, bien intencionados, que no provengan de alguno de los desprestigiados partidos; no porque no lo sean, sino porque los intereses de las poderosas corporaciones que generan pobreza y desigualdad se imponen sobre voluntades individuales y aisladas, sean o no de gobernantes.

Los males sociales persisten y se incrementan porque provienen de la desigualdad que ha generado una crisis moral de dimensión mundial. Así lo advirtió el historiador francés, Pierre Rosanvallon, cuando nos alertó sobre el advenimiento de la desigualdad mundializada, hecho que puso en tela de juicio los principios organizadores de la solidaridad y el concepto mismo de “derechos sociales”. La nueva cuestión social (así tituló su magnífico ensayo), plantea la existencia de una crisis global no solo social sino filosófica, generada por la desigualdad. La desigualdad cancela las posibilidades de convivencia. La nación, la sociedad y la democracia, son impensables en la desigualdad. Por eso, “en lo sucesivo, profundización de la democracia y progreso social, deberán ir, necesariamente, a la par”, concluyó.

Para abatir la desigualdad, el historiador propone la refundación intelectual y moral del Estado de bienestar vinculada al desarrollo de la ciudadanía. En síntesis, considera necesario redefinir lo justo y equitativo, refundar el Estado benefactor, y reinventar formas de solidaridad.

Adviértase que para llevar a cabo las tres tareas propuestas, a más de la intención del gobernante, se requiere de la voluntad de una nutrida y vigorosa ciudanía; de un espacio público menos achicado en el que puedan expresarse los sentimientos de solidaridad y los derechos sociales. .

Para sentar las bases que hagan posible la materialización de esos derechos es indispensable una mejor articulación en la práctica de una democracia que invente reglas para vivir juntos, entre semejantes, con solidaridad, equidad y justicia. A la nueva era de lo social le corresponde una nueva forma de concebir lo político: término referente a algo más extenso que aquello de lo que se ocupa el gobernante.

Precisar en qué consiste la desigualdad requiere claridad de conceptos tales como nación, sociedad, derecho, justicia, y democracia. Términos cuyo significado debe ser analizado y comprendido por todos: instituciones educativas, academia, burocracia, órganos de gobierno, y una ciudadanía más desarrollada. Se trata de uno de los requisitos previos a la recreación del espacio cívico. Y esto es tarea de ciudadanos.

La miseria no se resuelve con compasión. La solidaridad, cemento colectivo de una ciudadanía con sentido de pertenencia a un mundo común, es la clave para abatir la desigualdad. Corresponde a los ciudadanos cambiar su destino común compartido.

El enorme déficit de ciudadanía es una de las causas por las que la democracia, el progreso social, la existencia misma del Estado de derecho, dependen más de la mundializada desigualdad que de la voluntad del gobernante en turno.

Por lo mismo, en este 2015 que inicia, espero que los seres humanos seamos capaces de avanzar en la reformulación de un nuevo pensamiento de lo social y la política.

¡Feliz y prospero año nuevo, para todos!

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