De no ser por el calor de Monterrey y por los actos de gobierno más absurdos que he visto, como el aumento en el precio del pasaje del transporte urbano, la Sultana del Norte sería para mí la mejor ciudad de México para vivir. Aquí nací y crecí. Años atrás visité el DF, Guadalajara, Guanajuato, Xilitla, Real de Catorce, Maruata, Aguascalientes y, aunque algunos son lugares casi mágicos, ninguno nunca me convenció para hacer toda una vida en ella. Soy bien regia: me gusta la urbanidad, el caos, la fiesta, la cerveza helada, la carne asada, el cabrito, el Cerro de la Silla y el resto de las majestuosas montañas. Recuerdo que hasta hace un par de años había de todo para todos, no importaba a qué estrato social pertenecieras o qué música te gustara, seguramente encontrarías un sitio donde te sintieras como ave en el aire. En El Barrio Antiguo era donde había gran parte de esa gama de posibilidades. Pero luego, la guerra contra el narco hizo de la ciudad y de El Barrio Antiguo un lugar inhabitable. En el transcurso, mis amigos comenzaron a escapar de Monterrey: emigraron en busca de paz. Durante un tiempo también quise huir, pero por circunstancias de la vida me quedé. Monterrey nunca ha sido una ciudad perfecta, es una sociedad que (volviendo a los actos absurdos), se jacta de su cultura de trabajo pero deja en el olvido a sus empleados, a quienes los patrones ven como un número más sin pensar en la necesidad del ocio. Además, es una metrópoli donde los gobernantes corruptos juegan a ser magos y hasta desaparecen aviones. No es el mejor sitio, pero es mi hogar. Hoy estoy de vuelta en El Barrio Antiguo. Trabajo en este periódico junto a mis compañeros, la mayoría, nacidos en otros municipios, estados y países, para contar lo que aquí ya está pasando.

AV

buzon@elbarrioantiguo.com

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