El termómetro marca 35 grados centígrados en Monterrey. Y así ha sido durante los últimos días… después de todo, estamos en plena canícula. Los abanicos trabajan incesantemente para mantener los regiomontanos relativamente frescos y las ventanas permanecen abiertas en un intento de atraer alguna brisa al interior de los cuartos. Y si no están abiertas, se puede escuchar el rugir de los climas o aires lavados dentro de las casas. Pero hay veces que ni el clima ni la ventana abierta pueden ayudarme a sofocar el abrasante calor que se siente en la ciudad; caminar a la tienda más cercana en busca de un bote de agua fría parece una travesía épica. Como bien dice Margarito Cuéllar en su crónica de esta semana: “Hace un calor de la chingada en la ciudad”. Y pensar en andar en bicicleta en El Barrio Antiguo como los policías ciclistas o meterme a nadar en un mar de gente en el Far West, con botas y sombrero vaquero, sólo me hace sudar y sentir bochornos cuasi menopáusicos. Las historias que se han reunido esta semana en El Barrio Antiguo se centran más bien en diferentes culturas y estilos de vida, pero sin querer o sin querer queriendo, todas han sido sobre el calor que entorpece, adormece y sofoca a los regiomontanos en estos últimos días. Recomiendo una cerveza fría, o una coca con muchos hielos mientras se disfrutan las historias que con tanto calor se cuentan en este número quince del Barrio Antiguo.

DGG

buzon@elbarrioantiguo.com

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