Mientras caminaba por la Macroplaza estuve tratando de rastrear los pasos que me habían traído a Monterrey desde el Distrito Federal. ¿Cómo comprender una ciudad de la que sólo nos había llegado la resonancia de una tragedia? Quizá esa pregunta fue la que intenté responder al venir. De El Barrio Antiguo no sabía más que su progresivo desvanecimiento. Cuando al fin llegué, lo primero que hice fue buscar el mítico Café Iguana. Tocar con mis manos los agujeros dejados por las balas, mirar tan de cerca las cicatrices de la guerra, me dio a entender que lo aquí sucedió fue más bien obsceno. Sin embargo, porque la función debe de continuar, prevalecen las ganas de recuperar lo que se robó el miedo. Una de esas iniciativas se encuentra ubicada en la calle José María Rojo: es el periódico de crónicas El Barrio Antiguo. Aquí se trata de aliviar al barrio desde las palabras. Y en este número, por ejemplo, el lector estará más tranquilo al descubrir que las falsas extorsiones telefónicas del Z-40 se terminaron. Aunque también revelamos costumbres que quizá sospechábamos, pero que ahora se confirman: videntes al servicio de policías, políticos y familias desesperadas por encontrar a sus familiares. El Barrio Antiguo se regala en distintos puntos para que entendamos que no cuesta nada volver a empezar.

DEMF

buzon@elbarrioantiguo.com

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