Por Guffo Caballero

Grafitti por Dose

Hernán se orinó cuando escuchó que lo iban a desaparecer. Su mente imaginó mil formas de morir –quemado, ahogado, decapitado vivo–, pero nunca le pasó por la mente lo que le harían.

Lo pusieron de rodillas y de un manotazo le quitaron el costal de yute que le cubría la cabeza. La luz de la mañana lo cegó. Una voz cavernosa le dijo que no volteara hacia atrás, mientras el frío metálico de una pistola le trepaba por la nuca.

La voz le dijo que contara hasta el número cincuenta, y que después se pusiera de pie y corriera hacia los columpios oxidados que estaban al fondo del parque.

Hernán empezó a contar. “¡Más fuerte!”, le ordenó la voz cavernosa. “¡UNO! ¡DOS! ¡TRES!…”. Entre más se acercaba al número cincuenta, más se le quebraba la voz. “¡T…treinnn…nnnta…ytttrrr…es…es…”. 

En el número cuarenta y ocho, Hernán dijo: “¡Por favor no me maten!”, pero nadie respondió. “¡No me maten, por favor!”, suplicó.

Terminó de contar: “Cuarent…t…t…a y nu…nu…nnnueve… ¡Cincuen…nnn…nta!”.

Silencio…

De pronto sintió la grava calándole bajo las rodillas y percibió el penetrante olor a orina y sudor de varios días mezclados con el aroma de la hierba mojada. El trino de los pájaros en las copas de los árboles lo sacó de golpe del trance en el que se encontraba inmerso.

Se puso de pie y corrió lo más rápido que pudo hacia los columpios que le habían indicado. Gritaba: “¡NO ME MATEN!”, mientras se cubría la nuca con las manos. En el fondo esperaba que el balazo fuera certero y acabara con su vida de manera instantánea, para evitar la agonía de desangrarse.

Hernán llegó a los columpios. Se sostuvo con las dos manos en uno de los postes descarapelados. Lloraba y se atragantaba con sus mocos y lágrimas cada que intentaba jalar aire. Y esperó lo peor.

Las autoridades estatales encontraron a Hernán al día siguiente en casa de Doña Chabelita, una conocida mujer que vendía tortillas de harina en un pequeño tejaban. Hernán había llegado ahí pidiendo auxilio y un teléfono. Uno de los vecinos de Doña Chabelita fue quien le proporcionó un viejo celular.

De regreso en casa de sus padres, Hernán se enteró que no habían pagado rescate alguno por su liberación porque nadie había exigido un rescate. Se enteró también que lo habían soltado al tercer día, que no tenían idea de quiénes habían sido los culpables ni el motivo de su secuestro, como tampoco el motivo de que lo hubieran liberado así porque sí.

Cuando se sintió un poco mejor, Hernán decidió, por seguridad, cambiar las contraseñas y hacer privadas sus cuentas personales: Facebook, Twitter, Instagram, Tinder, su cuenta secreta de Facebook y hasta su antigua cuenta de Blogger. Para su sorpresa, ya ninguna de ellas existía.

Hernán recordó cuando se orinó encima al escuchar que lo iban a desaparecer. Habían cumplido su amenaza.

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