Por Alejandro Medina

En el ambiente ya se alcanzaba a respirar el aroma de los frijoles recién hechos; el vapor se escapaba por una de las aberturas que la tapa de la olla no alcanzaba a cubrir. En otra olla pequeña se terminaba de cocer un arroz temperado con ajo y cebolla al mismo tiempo que se escuchaba el rumor de la calabresa y el tocino friéndose en aceite de palma.

El trabajo está hecho, pensó Jarbas mientras se secaba la frente con una servilleta de tela y miraba con satisfacción el trabajo realizado. Hacía tiempo que el viejo periodista cocinaba feijoada todos los días para el almuerzo, y nunca paraba de buscar el sabor perfecto, la correcta combinación de sabores. Una sonrisa llena de suspenso se dibujó en su rostro al pensar en la posibilidad de haber superado su receta. Se frotó las manos mientras cruzaba la casa con un paso emocionado, casi brincando, hasta llegar al balcón de su departamento del piso número 27 para instalarse en su hamaca y terminar de leer el Jornal de Brasilia. Unas nubes inexpresivas se posaban sobre el paisaje, donde destacaba la iglesia y más adelante la explanada de los ministerios, con aquellos edificios blancos, erguidos, representando la fortaleza del Estado brasileño.

En la portada se encontraba la foto de Neymar Junior acompañada de la frase “Herói do Brasil”. Jarbas no le dio mucha importancia; ya se había acostumbrado al indómito fenómeno de la cultura popular, la cual, paradójicamente, se empeñaba en mantener al mismo pueblo que tanto clamaba por ella en una completa abstracción ensimismante; el grupo se dividía y se desbarataba en miles de individuos insignificantes.

Haciendo un pequeño cálculo mental, Jarbas pensó que, entonces, la primera plana sería el mundo de lo visible, aquello que es percibido por todos. En cambio, las páginas subsecuentes, esas que hablaban de política o economía, serían más bien algo que quedaba más allá de los sentidos y la comprensión del pueblo, especialmente ahora que todo Brasil se encontraba sedado por la fiebre mundialista. La droga que exaltaba los sentidos de lo visible anulaba, al mismo tiempo, los sentidos secundarios, la percepción de aquel que se esconde, de aquel que hace daño. La estupidez masiva daba la pauta para el atraco a gran escala. Mientras el pueblo estaba distraído, se establecían los retenes y se colocaban los micrófonos detrás de las paredes.

Jarbas siguió leyendo el periódico. En la página ocho había una nota sobre la represión policiaca de una protesta civil en la ciudad de Río de Janeiro, y unas páginas después se leía una acusación de corrupción contra alguno de los políticos locales. Después de varios minutos de estar hojeando el periódico de aquel sábado, Jarbas dio finalmente con la nota que estaba buscando: “Periodista jubilado recuerda los años oscuros vividos durante la dictadura militar”. Seguido del encabezado se veía un hombre de figura ligeramente encorvada y de corta estatura, vestido con un saco hecho a la medida que era surcado por una camisa y corbata de color amarillo mate. Unos ojos grises, bien abiertos, siempre atentos, estudiaban a su audiencia una por una. Tres mujeres y dos hombres. Todos estaban sentados y mantenían una postura seria e inquisitiva sobre lo que el periodista les contaba. No había nada de qué preocuparse, ni uno de ellos tenía pinta de milico o de policía militar encubierto. Aún en el siglo xxi, esos cabrones no eran de fiarse. En los cuarteles no pasa tiempo, solía decir Jarbas, el ser humano vale lo mismo que hace 40 años. Su rostro serio, enmarcado por unos amplios anteojos de armadura dorada, demostraba una permanente inquietud y vigilancia de su entorno, sin embargo, el paso de los años había logrado impregnar en sus facciones un terrible e inevitable cansancio.

Jarbas apenas comenzaba a leer la nota cuando escuchó el sonido de la campana del Ministerio de la Marina que anunciaba el medio día. Intentó ignorarlo, concentrarse y seguir leyendo, pero el efecto de aquellas vibraciones ya se había infiltrado en su organismo. Los poros de sus antebrazos y su espalda baja se abrieron instantáneamente, sus dientes se apretaron. Unas gotas de sudor le resbalaron por la ceja y en los ojos grises de aquella mañana nublada se le dibujó el rumor de un trueno interno, perdido en las profundidades del inconsciente y que ahora se revolvía en su estómago.

“¡Basta!”, exclamó. Cerró el periódico de golpe y lo colocó violentamente sobre la mesa, se quitó los anteojos y se secó la cara con una servilleta de tela. Después de unos segundos, se calmó un poco y, volteando la vista hacia la ciudad, recurrió a la vieja técnica de exaltar los atributos de cualquier situación para reprimir el recuerdo. Esbozó una sonrisa trémula que no terminó por convencerlo. “Hora de comer”.

Se dio vuelta rápidamente para cruzar apresurado la sala de estar rumbo a la cocina. Aún se escuchaba el eco de los últimos martillazos de la campana. Apagó la estufa y auxiliado por una cuchara, probó los frijoles; los saboreó, se detuvo a meditar unos segundos y finalmente decidió agregarle una pizca de sal. Espero que te guste, pensó Jarbas. El ambiente se tupió con un profundo silencio, ni siquiera se conseguía escuchar el rumor de los automóviles que transitaban las gruesas avenidas de la capital. Ya había dejado de sonar la campana, pero su eco resonaba aún en las orejas, los pómulos y las costillas del recuerdo, de la pesadilla.

“¿Y si tan sólo no hubiera escrito aquella nota?”. A menudo se reprimía con aquella frase, siempre el mismo cuestionamiento sobre un hecho que había sucedido 40 años antes. A veces era una nostalgia fugaz sobre una vida que le fue arrebatada, el debate interno se resolvía con la distracción de la rutina; la limpieza de las ventanas, la lectura de sus novelas preferidas o la cocina. Sin embargo, dicha pregunta se había vuelto más recurrente en las últimas semanas y la nostalgia se extendía por todos los rincones del hogar, obligándolo a salir y caminar un rato para evitar caer en la ira desproporcionada.

Jarbas conocía bien el origen de esa reciente intranquilidad que se remontaba a las invitación recibida por la Comisión de la Memoria y la Verdad del sindicato de periodistas. Estaban haciendo un documental sobre la tortura a periodistas durante la dictadura militar. Pero no sólo hicieron una entrevista —que duró más de lo que le hubiera gustado—, sino que también le pidieron su colaboración en la captura de testimonios de algunos de sus colegas. De modo que estas últimas semanas habían sido una mezcla de llamadas telefónicas, entrevistas y reuniones con testigos —algunos más vivos que otros— de la crueldad y el autoritarismo del siglo xx. Justamente el día anterior él había estado presente en el foro mundial de derechos humanos en el centro de convenciones donde también ofreció un discurso la misma Dilma Rouseff.

Jarbas tomó nuevamente el periódico y volvió a leer el título de la nota: “Periodista jubilado recuerda los años oscuros vividos durante la dictadura militar”. Una mueca de desagrado apareció en su rostro y gruñó. “Años oscuros. ¿Qué carajos quiere decir eso?”.

Si todo hubiera estado oscuro, no recordaría los rostros que lo atormentaban día y noche. No tanto el rostro, a veces cansado, a veces furioso, de aquellos retrasados mentales, hijos de puta, que tanto lo hicieron gritar y doblarse sobre sus costillas. No, era más bien una imagen terriblemente viva en su memoria. Cuando la trajeron, ella se mantenía erguida, orgullosa frente a los insultos, las escupidas y los golpes. Incluso, durante el descanso, cuando sus tristes captores salían a fumarse un cigarro, ella intentaba darle ánimos. “Resiste, compañero, no dejes que te quiebren”. Si tan sólo no le hubiera hablado. Así no recordaría esa voz, tan dulce y comprensiva, de aquella que un día regresó con el rostro vacío después de que los cuatro cabos hubieran trabajado arduamente sobre ella. Fue el cambio, aquellos ojos drenados de esperanza, drenados de vida, lo que no lo dejaba dormir por las noches y lo atormentaba, incluso mientras el Teniente Pereira buscaba sacarle a golpes la dirección de Carlos Marighella, como si su paradero se encontrase entre el hígado y los riñones.

Sirvió dos platos de feijoada, ambos acompañados por una guarnición de arroz y ensalada, y los colocó en una charola de madera. Sacó del refrigerador dos latas de Coca Cola y las colocó también sobre la charola.

¿Pero qué les podría contar? Si él no era militante de ningún grupo de choque. Su único pecado había sido el no entender aquel repetido axioma que se pregonaba en la casa y en la escuela: había que ser obediente, y sobre todo no hacer demasiadas preguntas. Pero Jarbas nunca aprendió, ni con los castigos ni con los reglazos de los profesores, quienes se enfurecían al escuchar las inacabables interrogantes que generaba. Tal vez haya sido por eso que sus mejores notas fueran en matemáticas, una materia a base de leyes, fórmulas y constantes. No había necesidad de preguntar tantas cosas porque las instrucciones ya estaban dadas, simplemente había que acatar el camino trazado para no ser castigado por el maestro. De hecho, fueron las mismas matemáticas, o más bien la lógica, lo que lo llevó en sus primeros años de periodista a realizar una operación y otra pregunta, la última que haría, que lo llevaría a los grilletes y las sesiones diarias con los militares.

“¿Dónde están nuestros presos?”, decía el titular de la nota en donde se cuestionaba la veracidad de los reportes oficiales que garantizaban una disminución del 50% en la población carcelaria en una época en que si mirabas feo aun policía eras arrestado. “¿A dónde se los llevan?” era otra de las preguntas que Jarbas le hacía al régimen.

La respuesta no se hizo esperar. Apenas fue publicada aquella nota, tanto él como el editor fueron despedidos sin previo aviso, y aquella misma noche, en vez de estar cenando con su novia, como era costumbre, se encontraba engullendo, uno tras otro, los golpes del Teniente Pereira en aquel sótano del Ministerio de Marina. En el cambio hacia su antiguo departamento, dos carros le cerraron el paso y un hombre lo invitó a entrar al asiento trasero mientras posaba la mano izquierda sobre su hombro. Normalmente Jarbas hubiera protestado, de no ser por el revólver que el sujeto apretaba contra su costado.

Con el tiempo, el recuerdo —sobre todo aquel que se busca reprimir— se destiñe cada vez más de sus características sensoriales. Sin embargo, con algo de disposición y tiempo disponible, aquellas sensaciones terminan siendo conceptualizadas en la mente del individuo y se solidifican con los años. Para desgracia de Jarbas, que era escritor, y cuyo género predilecto era la crónica, recordaba perfectamente los distintos predicamentos de aquellos “años oscuros” que se anunciaban en el periódico donde él escribiera. Su captura y su condena habían sido el fruto del hábito de escribir.

En efecto, cómo olvidar las sofisticadas técnicas del sufrimiento que usaron sobre él. Porque no todos se quedaba en los meros putazos al rostro, el hígado y las patadas en los huevos. Estos cabrones también se esmeraban en quebrar la moral de los prisioneros. Como cuando le empezaban a decir que estaban observando todos los días a su “noviecita” en su camino a la facultad. “Mas que linda que tá essa garotinha né”. Lo peor era cuando el Teniente Pereira le comunicaba, en el tomo más serio posible, que estaba de mal humor. Como cuando le dio que “esa niña” les había jugado una mala pasada. Siempre hacía lo mismo —el Teniente Pereira, el soldadito Pereira—, le gustaba darle mil vueltas a las cosas para confundirlo. Además, se hacía las del bueno, las del comprensivo. Un día le decía que le había agarrado cariño y al siguiente le informaba que al cabo Martínez y al sargento Ochoa les hacía falta ejercicio, y ellos lo reventaban. Después se acercaba él, comprensivo, mirándolo con sus profundos ojos verdes mientras le limpiaba el rostro ensangrentado.

—Lo siento, de verdad lo siento —le decía—. Una cosa es que te puteen, pero que tu novia te haya olvidado tan rápido es otra cosa.

¿Y ahora de qué carajos estaba hablando?

—Pues sí. Verás que la vimos caminando con un muchacho; Raúl, me parece que se llama.

Y los cabrones se sabían los nombres de los compañeros, eso era lo que más lo jodía, que supieran cosas. Pero ella y Raúl eran amigos, siempre lo habían sido. Su relación con Raúl no era íntima, pero lo respetaba y seguro que no había hecho tal cosa.

—El otro día los vimos tomados de la mano.

Un surco de rabia se formaba en la sien del joven Jarbas y el sudor le resbalaba por la espalda.

—Pero, ¿qué pasa? Te enojas tan rápido. Eres muy mal pensado, Jarbas. ¿O qué no sabes que los amigos pueden estar tomados de la mano?

Otra vez este hijo de puta con las vueltas.

—No, pero tienes razón: es una puta, Jarbas. Seguro que le dice cosas obscenas al oído. El otro día se metieron juntos a la casa de Raúl y no salieron hasta una hora después. Claro que pueden haber estado haciendo tareas, pero… Bueno, tú lo sabes mejor que yo, que no es lo más verosímil. Después de todo, ya pasaron dos meses. Probablemente piensa que estás muerto.

Morto”, se dijo a sus adentros mientras releía la frase entrecomillada que lo citaba a él en su charla del día anterior. En efecto, una de las técnicas que lo ayudó a sobrellevar sus días de prisión y tortura fue morir. Una vez que se muere, ya no se siente dolor, ya no se siente remordimiento ni esperanza. Y tuvieron que pasar muchas cosas antes de morirse. Pero, ¿cómo lo entenderían estos pendejos universitarios? Estaban sentados frente a él con sus plumas y sus libretas, atentos a los relatos de un hombre que no sentía nada porque ya no existía. ¿Qué podrían saber ellos del Escovão, o del Pau de Arara, la picana y las quemaduras de cigarro? O cuando traían a los perros. Lo desnudaban y lo colocaban con los brazos y las piernas extendidos, amarrado a una cruz. El entrenador le daba la señal al sediento can y éste se lanzaba hacía él para abocanar sus genitales. “Se podía sentir el calor de la boca de aquel perro”, contaba Jarbas a su pequeña audiencia. Y luego llegaba el sádico soldado, igual de entrenado que aquel perro, y le decía en un tono burlón: “Cuidado, que te va a arrancar tu juguetito”. Eso, aún muerto, no se olvidaba. El presente y el futuro no tienen importancia. El dolor de los muertos se encuentra en el pasado, aquel pasado agravado en el recuerdo del alma y de la piel. Ese recuerdo inherente a la existencia que lo hacía estremecerse cuando se encontraba en un lugar muy cerrado y con poca luz, o cuando escuchaba el resonar de la campana del ministerio de marina. Esa campana que durante años anunciara puntualmente el inicio de una nueva sesión de tormento.

Jarbas tiró el periódico a la basura. Caminó hasta donde estaba la bandeja del almuerzo y vio que la comida se había enfriado un poco. Diligentemente recalentó ambos platos en el microondas, los forró con papel aluminio, introdujo el almuerzo en una bolsa de plástico y tomó el ascensor interior del departamento para llegar a su auto. Saludó al guardia del portón como lo hacía todos los días, transitó a una velocidad moderada hasta los límites del ala sur. Pasó por el aeropuerto internacional Juscelino Kubitschek, donde se podían ver las filas de gringos que llegaban a presenciar la gran fiesta deportiva: el Mundial Brasil 2014. Tomó la desviación por el camino de tierra que lo llevaba hasta su finca, cruzando el portón de fierros oxidados, hasta el pórtico de la gran casona de sus padres y el corredor repleto de fotos familiares.

Luego de bajar por la escalera de caracol y abrir la puerta de doble cerradora que llevaba al sótano oscuro, iluminado apenas por una escotilla que daba al patio interior, allí, sentado dentro de una pequeña celda, se encontraba un viejo decrépito con el pelo desaliñado y una enorme barba blanca. A un lado de la celda había una mesa de madera y un par de bancos. Sobre la mesa yacía un radio que sintonizaba una estación vacía, produciendo un ruido permanente, infinito. Jarbas recogió el radio y disminuyó el volumen. Se aproximó a las barras metálicas, depositó en el piso uno de los platos forrados de aluminio y acarreó un banquito de madera que se encontraba a unos metros de distancia mientras decía:

—Espero que le guste, creo que es la mejor feijoda que he hecho.

El hombre de la barba blanca recogió en silencio su comida y se sentó en el suelo, encorvándose sobre el plato.

—¿Qué no va a darme las gracias, soldado? —lo interrumpió Jarbas.

Lentamente se levantaron dos ojos verdes oscuros, vencidos, obedientes ante su captor.

—¿Hace cuánto que nos conocemos, soldado? ¿Treinta, cuarenta años? Tanta historia juntos y todavía no podemos tratarnos como gente decente. ¡Qué bárbaro! O puede ser que por pasar tanto tiempo delante de gente encadenada se te olvidó cómo se socializa. A mí ya se me olvidó.

Jarbas le quitó el forro de aluminio a su plato y engulló un par de cucharadas.

—¿Qué? ¿Ahora no vas a comer? Si no te empiezas a tragar la comida en este instante, voy y busco los anillos.

El prisionero bajó un poco más la mirada y se dirigió a su plato.

—Pero qué blando se ha hecho usted, soldado. Apenas le alza uno la voz y ya se siente. ¿Recuerdas qué te dije el día que me soltaste? Ya no te acuerdas, ¿verdad? Qué bueno. Te dije que nos volveríamos a ver, y que llegaría un día en el que no podrías recordar nada de tu vida más que el agujero en el que te iba a meter.

El prisionero volteó sus ojos hacia abajo, recogió lentamente su plato y comenzó a comer. Llevaba la comida con sus dedos a la boca.

—Apuesto a que no te acuerdas ni de tu nombre. Pero de mí sí te acuerdas, ¿verdad? ¿Verdad que sí, Teniente Pereira?

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