El esqueleto del dinosaurio que alguna vez fue la Fundidora de Fierro y Acero Monterrey, S.C. ha quedado como ruina arqueológica de un pasado que muchos no vivimos, pero cual estrella que muere, aún nos cobija mucha de su luz. Las estrellas brillan después de que han desaparecido porque la luz que se aglutina tras su muerte tarda años en llegarnos.

Luego de que se cerrara a mediados de los 80, la Fundidora, tras un aletargamiento lleno de accidentes laborales, pérdidas económicas y un rescate fallido de NAFINSA, dejó un vacío que se ha querido tapar con historias, mitos y ceremonias. El manto de calor de esa narrativa, sin embargo, emana de un organismo muerto.

En la novela del escritor regiomontano Felipe Montes, El enrabiado, un trabajador de la Fundidora se comienza a convertir en una especie de perro rabioso desde que es avisado del cierre de la fábrica. La imagen de la enfermedad del personaje es una de tantas metáforas aplicables al ocaso de los gigantes industriales, del cual la Fundidora nos deja un enorme armazón parlante.

Mis tías Marcia y Élida fueron químicas que hicieron sus patrimonios económicos trabajando para la empresa. Mi abuela Jovita las ayudaba porque decía que no se daban abasto. Mis dos tías mayores siempre han sido mujeres a las que casi hay que tenerles miedo, de lo bellas, trabajadoras y entronas que son, y Jovita a sus 97 sigue siendo una matrona generosa.

El cierre de la empresa implicó para a mi tía Marcia impulsar su propio laboratorio, un cáncer de mama, la ruptura de una relación; a la otra, reorientar su vida hacia los hijos. La nostalgia no se la permiten ellas, así que poco hablan de sus años de servicio a la industria, pero Jovita ha sido la que ha hecho las veces de transmisora de la melancolía del cierre.

Los 90 trajeron pronto el boom de los laboratorios como negocio, y las máquinas modernas volvieron obsoleto el negocio de mi tía, en el que también estaba afiliada Élida. Marcia agarró como pasatiempo decorar canastas. Se dio cuenta pronto de que realmente nunca quiso ser química, y que en sus épocas de espartaquista siempre añoró tener el tiempo de profundizar sobre los textos que habían formado su pensamiento de izquierda.

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El logotipo de la Fundidora es un elefante blanco. “El elefante, enorme y antiguo animal / se aparea lentamente” dice el poema de D. H. Lawrence “Los elefantes se aparean lentamente”. Yesenia Peña está a punto de publicar un libro editado por el INAH sobre las condiciones de vida y salud de los trabajadores de la Fundidora. En una conversación antigua me contó que hacía trabajo en archivo para el libro. La conmemoración del primer aniversario de la muerte de su padre –obrero de la Fundidora- hace una semana suscitó un poema a propósito del espíritu de las conclusiones de su investigación: “Ahí, donde sólo queda el recuerdo / y el silencio del trabajador migrante / que no tiene nada que perder…/ del sueño de una aristocracia obrera. / Acá donde los hijos y nietos desmemoriados / “disfrutamos” del primer parque de Arqueología Industrial”. Como bien dice Yesenia, vivimos entre las ruinas de la estrella y aún nos elude el sentido de sus historias.

Cada vez que se concesiona otra parte del parque nos desposeen a más del derecho de ir a convivir con los muertos de la ciudad. Los dueños de las concesiones han ido dictando una política de hostigamiento a toda persona cuyo comportamiento “ofenda” a quienes asisten. Activistas y grupos que aprovechan el parque para convivir o realizar performances, algunos de denuncia, ven cada vez más difícil acceder a este espacio público.

“Son los animales más viejos y más sabios / así que al fin saben / esperar la fiesta más solitaria/ el banquete completo” dice también el poema de Lawrence. Engloba la esperanza de un día comprender al dinosaurio, al elefante, a la estrella muerta que yace en un parque, que cada vez es menos nuestro.

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