Por Kyzza Terrazas

No somos mutantes, pero nos agradaría serlo.

Nos gusta el extasis vacuo. Es decir: el trago sobre la mesa: el desperdicio.

La narrativa que se quiebra y que es impenetrable, pero también la hondura emocional y la tristeza.

Amamos la palabra tristeza.

También veneramos palabras como ‘zalamería’ y ‘lasitud’.

Los gestos rebeldes. Somos anti anti anti.

Estamos rotos.

De tan groseros somos tiernos.

El lenguaje —su poder de transmutación— es nuestra casa.

Nos parece que las prácticas artísticas no debieran ser entendidas o idolatradas como universos autocontenidos y autorreferenciales. Pensamos que eso conduce a la pasteurización del arte.

Incapaces somos de ofrecerle algo útil a nuestros semejantes.

Buscamos la salvación, pero estamos seguros de que es un espejismo en el desierto de la vida.

Honramos la verdadera estulticia humana.

Tenemos tanta tristeza que nos gustaría ser Bartleby.

Queremos la paz pero nos gusta la violencia. La comprendemos. También la amamos. Quizá nos resulte necesaria.

Queremos justicia y nos duele mucho ese deseo. Aunque, si bien por omisión, también provocamos injusticia.

Intentamos conversar. Reflexionar. O al menos aparentamos hacerlo. Creemos, pues, en la dignidad del lenguaje.

Pero también recurrimos al grito y al ruido constante.

Detestamos el poder pero nos seduce tanto que lo buscamos.

Nos gusta marearnos y no saber del todo dónde es que nos encontramos.

Jugamos a la bondad.

Pero a menudo pensamos que es mejor dejarle el mundo a los malos porque nosotros no sabríamos qué hacer con él.

Quisiéramos emular a San Francisco de Asís, pero en el momento de la verdad —¡oh, Francesco di Bernardone!— nos derrota el ansia de placer inmediato.

Claro, atesoramos el placer fútil y por ningún motivo creemos en eso de vivir en el presente.

Queremos que nos recuerden con el cariño simple de los viejos amigos.

Adoramos los acordes disonantes y el llamado intervalo del diablo.

A nosotros nos gusta el gis —ese crackling de inestabilidad— que emana del contacto entre el disco de vinilo y la aguja. Ahí vivimos.

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