Por Carmen Libertad Vera

Aún a la distancia, su figura es inconfundible, quizá por el infaltable bastón en que apoya ese su pausado andar con que todos los días, alrededor de las diez de la mañana, él llega hasta el arrabal.


Con él sucede un fenómeno peculiar, comparable al de la imagen pública de la mayoría de nuestros políticos; es decir, nadie, al ver su pulcra apariencia y sus educados modales, lo supondría un sujeto que estuviera actuando al margen de la ley.


Pero sí, en su caso, y como ocurre con muchos personajes de la función pública, las apariencias engañan, y él, a quien aquí llamaremos Rodolfo, vive completamente al margen de la ley. Específicamente de la Ley Federal de Juegos y Sorteos.


Porque Rodolfo es uno de los cinco o seis quinieleros que en el barrio levantan apuestas de carácter clandestino. Aunque el término “clandestino”, en todos esos casos, es un mero eufemismo, porque nadie ignora la actividad que ellos realizan de manera por demás pública y abierta.


A diferencia de otros quinieleros, que hechos la mocha andan realizando visitas domiciliarias a todos sus clientes, Rodolfo difícilmente se desplaza de su fijo y apropiado sitio de trabajo.

Allí, descansando sobre una silla que cumple funciones de oficina, ausente de paredes y sin ningún tipo de mobiliario, mediante el sólo auxilio de un insignificante block de papeletas y una pluma BIC, de manera rutinaria pasa las horas recibiendo y anotando apuestas.


Ver cómo, de manera frecuente y casi continua, decenas de personas se acercan a él apostando o preguntando por los números ganadores de los más recientes sorteos, todos ellos con la esperanza de recibir ocho pesos por cada uno de los arriesgados o por arriesgar, confirma el hecho sociológicamente estipulado de que “el auge de los juegos de azar es paralelo al de las crisis económicas”.


Hecho que sólo viene a reafirmar la consabida y vivida condición nacional de crisis económica perene, al menos en un país como el nuestro, con arraigada tradición cultural que deposita las esperanzas para salir de jodido en las antiguas apuestas, en las peleas de gallo palenqueras, o partidas de naipes en casinos de ferias, o parejeras carreras de caballos corriendo por campo traviesa. O en algún cachito de la Lotería y, más recientemente, en el ticket electrónico del Tris, el Chispazo, el Melate o cualquier cupón de Rascaditos.


Porque igual que nuestra miseria, nuestra afición apostadora es inagotable y multifacética.

Aún a pesar de los intentos prohibicionistas, como aquel decretado por “El Tata” Lázaro Cárdenas en 1938, con la finalidad de erradicar “focos de atracción de vicio, mafias y apostadores profesionales”, el cual muy pocos recuerdan, a no ser por su visible infructuosidad.


De allí que semanalmente Eduviges, la tortillera, acuda con don Rodolfo para apostar buena parte de su salario a las distintas cabalísticas combinaciones numéricas que mejor le laten. O “El Burro”, un mesero medio zonzo pero que alguna vez ya ganó como 7 mil pesotes, cada tercer día decida volver a tentar a la suerte aunque sea de a poquito. O “El Tripas”, un malandro que a veces, cuando va a comprar la veladora que devotamente enciende a la Santa Muerte, decide invertir algo de sus mal habidas ganancias en una papeleta sin mayor validez que la garabateada letra del quinielero.


Apuestas ilegales en las que no existe la posibilidad de una chuecura o un abuso de confianza. Porque todos en el arrabal consideran personas muy derechas a Rodolfo y a los demás quinieleros. Esto es: saben que ellos no son de los que se desaparecen nomás así, de un día para otro, ni de los que hacen trampas en perjuicio de otros, y les consta que nunca han dejado de pagar algún premio comprobado. ¡Y eso que algunos han llegado a ganar más de 50 mil pesos!


Quizá por eso ahí, en el arrabal, a diferencia de no pocos políticos, Rodolfo pueda llegar todos los días tranquilamente a vender ilegalmente su puñado de ilusiones.

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