Andrés Clariond

Muy sorprendidos se encuentran los panistas tradicionales con el destape de los moches legislativos. ¿Cómo es posible que su partido se haya convertido exactamente en lo que combatía? ¿En qué momento fue contaminado con personas así?

El PAN esperó por décadas y no sin ansias su llegada al poder para demostrar que se podía gobernar con honestidad. Nunca tomó en cuenta que no estaba conformado por extraterrestres, sino por los mismos mexicanos, criados en la misma cultura en la que crecieron sus némesis priistas.

A pesar de lo desorientado de los bienintencionados panistas de la vieja guardia, su diagnóstico es atinado: la política se está infestando de gente cada vez menos preparada.

En México, hace 30 ó 50 años, los políticos estaban mejor preparados.

El ascenso en la jerarquía del poder tenía una lógica propia que no sólo comprendía compadrazgos y contubernios. Los estándares para ocupar puestos de primer nivel eran muy altos. Se le daba un valor importante a la capacidad, inteligencia y preparación del individuo.

Además de lo anterior, la permanencia de su partido en el poder les permitía a los burócratas de entonces foguearse y aprender a base de un constante contacto con el servicio público. Esto volvía a muchos prepotentes y corruptos, pero al menos eficaces y diestros para gobernar.

Con la llegada de Vicente Fox, el sistema de ascenso al poder del PRI fue sustituido por «head hunters», algo que pronto evidenció pobres resultados. Reyes Tamez despachaba desde la oficina de Vasconcelos; peor indicador imposible.

En el sexenio de la nota roja, también conocido como el sexenio de Calderón, no se vivió una mejoría en la calidad de la burocracia. Mientras Fox plagó su Gabinete de grandes nombres que no dieron resultado, Calderón lo armó con funcionarios de bajo perfil que pasaron desapercibidos.

Hasta el momento, a Peña Nieto la inteligencia no le brilla como el copete, aunque hay quien asocia a algunos de sus Secretarios con los burócratas preparados del pasado.

Pero más allá de pasajeras esperanzas y casos excepcionales, existe una clara debacle en el nivel del político mexicano.

Si en un restaurante, en una hipotética mesa, se juntaran a platicar Ernesto Zedillo, Adolfo Ruiz Cortínez y Lázaro Cárdenas, y a un lado de ellos, en otra mesa, se sentaran Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, ¿qué plática estaría más interesante?

¿Cuál es el perfil de quienes incursionan en el servicio público actualmente? ¿Alguien lo ha estudiado?

A diferencia del tango que hacen las empresas antes de contratar a un nuevo empleado, con exámenes psicométricos, de sangre, aptitudes y demás, los ciudadanos no someten a sus políticos a ningún tipo de examen, cuando la tarea que van a desempeñar lo ameritaría.

Nuevo León es un ejemplo representativo de la entrada de una nueva camada de burócratas. Un botón en un país donde la moda es postular gente joven.

¿Quiénes le entran a la política en este Estado? Desgraciadamente, los que buscan hacer dinero fácil, los que han quebrado sus negocios y los que no han tenido un lugar en los de su familia.

Premian su fracaso profesional con un puesto que los vuelve millonarios y los transforma en figuras públicas de la noche a la mañana. Salvaguardados del mundo de los negocios, no se tienen que enfrentar a una competencia muy calificada.

El consuelo y seguro de todo político es que siempre habrá otro peor. Si se ventila el acto de corrupción de uno de ellos, al día siguiente alguien más habrá hecho una fechoría mayor y se olvidará la del primero. Es la carrera por ser el menos malo.

Y para el electorado es el triste dilema de escoger entre el que está liado con los casinos o el que hace negocio hasta con el papel de baño de las oficinas.

El cinismo dentro de ellos, su ejército de achichincles y sus amistades zalameras les nublan las entendederas y les niegan la autocrítica.

Al verlos disertar en público con pose de Platón desde la acrópolis parecen la mera verdad, aunque en privado sean unos marranos.

Basta escuchar los rebuscados discursos de Rodrigo Medina, o las últimas declaraciones del Diputado federal Arturo Salinas con respecto a los «moches» legislativos: «Quien diga que tenga pruebas… bla bla… que las presente y que sigan los caminos legales correspondientes».

Tanta verborrea probablemente en privado se resumió a: «Estos cab… ya nos chin…».

Así son las nuevas generaciones de políticos, más de lo mismo, pero con menos preparación.

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