Por Kaizar Cantú

La memoria me facilita el recuerdo de un programa de televisión. Las imágenes que logro rescatar son estas: líneas de cochecitos muy redondos con sus luces corriendo sobre autopistas de un color rosa enrojecido, barcas que navegan una laguna de jugo intestinal, un elevador que sube hasta un centro de mando montado en la base de un cerebro, una forma humanoide de color azul sujetando un objeto análogo a una de nuestras pistolas de mano. Con esto poco alcanzo a reconstruir la trama general que justifica la existencia de estos dibujos. Alguien imaginó que el cuerpo humano, con sus procesos regulatorios, sistemas de órganos, actividad bioquímica y demás complejidades, no podía parecerse a otra cosa más que a una metrópoli, y como tal tiene que lidiar con los desastres que surgen del error o la mala intención, además de mantener a raya a los invasores de fin maligno (bacterias, virus, parásitos, narcóticos, etc.). Para ello cuenta con un cuerpo policiaco a cargo de proteger la integridad y buen funcionamiento del organismo. Uno de los policías sirve de pieza central a las aventuras, todas ellas relatos sobre el imperceptible combate contra la enfermedad.

Tengo el nombre del programa aquí conmigo, en la punta de la uña, pero mencionarlo no es cosa urgente y me parece que tampoco de mediano interés siquiera. Aludo a las imágenes y la trama por su vínculo con universos parecidos. La fantasía de los interiores del cuerpo como un mundo aparte no es cosa nueva. Ya se ha tratado en otras ficciones, sobre todo en la aventura científica y los mundos supra-humanos del superhéroe; le han dado al tropo incluso fines educativos. Relatos de la defensa del cuerpo contra la enfermedad también abundan. A pocos les es ajena la imagen del vehículo minimizado por un rayo y que navega el torrente sanguíneo, fulminando plastas deformes y sorteando las inclemencias de la maquinaria corporal.

Semejantes aventuras hacen del cuerpo un microcosmos con un rostro y una mirada conocida por todos sus existentes, quienes le defienden sacrificando incluso sus fugaces vidas. Dan un relieve maravilloso y salvaje a nuestro espacio más cercano que a la vez nos es de lo más ajeno; pocas cosas causan tanto asombro como los retratos de un glóbulo blanco en combate, más aún si se le añaden los artificios de la ficción policíaca o el viaje fantástico de índole científica.

Claro, son imaginaciones juveniles. El mundo material ha creado para sí una iconografía que resume y representa los combates de la especie contra la enfermedad. Los archivos históricos, las hemerotecas y, por supuesto, las colecciones cinematográficas conservan las imágenes que evocan el apocalipsis epidémico: filas y filas de encamados, la jeringa y los frasquillos, el tapabocas, los guantes de látex, trajes sellados con visor plástico, habitaciones muy blancas, miradas cansadísimas de pensar en la condena.

Son en su mayoría íconos de lo pulcro, lo antiséptico, de la repugnancia y el temor a las alimañas que se nos meten por donde sea y nos destrozan desde dentro como a los marcianos descuidados de Wells. Pero también lo son de un combate muy calculado, por no decir frío, sin los relieves románticos de la guerra épica entre microorganismos, un combate de laboratorio, de maquinaria, de líquido entubado y nombres en cifra.

Un combate muy de hoy. Un combate muy nuestro.

O quién sabe. Quizá son reales las sirenas y balazos que imaginan algunos en la arteria femoral.

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