¿Cómo es cuando la gente se reúne para buscar a quienes no han sido encontrados?

Por Carmen Libertad Vera y Miguel De Híjar

 

 

¿Por qué los buscamos? ¡Porque los amamos!

Tras un ligero descanso de un par de horas en el albergue FM4 Paso Libre, los miembros de la XIII Caravana de Madres Centroamericanas se aprestaron a continuar con su agenda pública en pro de la búsqueda de sus familiares desaparecidos; empresa que sólo detendrán cuando vuelvan a verlos, o a saber de ellos.

Así, los marchistas cargaron sus implementos de lucha y afinaron las consignas para llegar a la Plaza de los Tres Poderes, popularmente conocida como de la Liberación, situada en el Centro Histórico de Guadalajara y separada del albergue por sólo 5 km; distancia corta pero con vialidades de acceso en permanente hora pico, debido al complicado tráfico.

El recorrido fue realizado a bordo del autobús panorámico de la caravana, escoltado por dos pick ups negras identificados con los dorados logotipos oficiales de Fuerza Única, corporación policíaca dependiente de la Fiscalía General del Estado de Jalisco (FGEJ).

El mitin fue la réplica tapatía de otros eventos similares efectuados en espacios abiertos durante su anterior paso por los estados de Chiapas, Veracruz, Querétaro y San Luis Potosí, actos orientados a visibilizar sus demandas a la población civil y hacer presión social ante distintas autoridades; porque para las 43 mujeres y los 7 hombres que viajaban en esa caravana: “cada paso es una oportunidad más para encontrar a quienes se nos fueron y no sabemos dónde están”.

 

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La Plaza de la Liberación es un amplio espacio urbano donde alrededor se asientan las sedes  tradicionales de los poderes políticos, religiosos y culturales de Jalisco. Semi explanada de concreto donde descuellan jardines medio arbolados, no pocas bancas y muchos boleros que, literal, dan lustre al calzado de varios políticos jaliscienses de primer nivel; además de dos grandes fuentes de cantera, una en cada extremo, razón por la que los tapatíos también la conocen como “la dos de copas”.

En realidad, lo que a esa plaza oficialmente da el nombre de “Liberación”, es una enorme y desproporcionada estatua en bronce del “Padre de la Patria”, Miguel Hidalgo y Costilla; obra paradójicamente creada por el artista español Francisco Albert, en la que el rostro colérico del independentista mexicano se alza desafiante, viendo al sur, mientras sus manos sostienen los rotos eslabones de la esclavitud, por él abolida justo en la capital tapatía el 6 de diciembre de 1810.

El contingente de la caravana descendió del autobús estacionado por Ave. Hidalgo, trayendo consigo los estandartes prototípicos del activismo y la militancia política.

Exhibieron así un alargado banner que cinco migrantes extendieron a la vanguardia del contingente, lona impresa que contenía la leyenda-lema de la XIII edición de la caravana: “en memoria de Alberto Donis”; un homenaje al guatemalteco coordinador del albergue Hermanos en el Camino de Ixtepec, Oaxaca, fallecido en accidente automovilístico el 30 de junio de 2017; también traían pancartas con consignas inagotables, “ningún ser humano es ilegal”, hashtags traspolados desde redes sociales “#4000KilómetrosDeBúsqueda”; decenas de foto-carteles con rostros estáticos y silentes acompañados por sus no olvidados nombres; sin faltar el conjunto de banderas blanquiazules, ondeadas en un simbólico “¡presente!” visual de las naciones que representan.

Corpus testimonial y de denuncia, esparcido luego en derredor del asta bandera que sobre un pedestal se alzaba en el centro de la plaza.

A la distancia, no pocos transeúntes confundían a los migrantes con humildes peregrinos que llegaban a la plaza para integrarse al gigantesco pesebre que con motivo de la temporada navideña decoraba el sitio, en compañía de varios pinos relumbrantes en verde metal.

Una religiosa, ataviada con el tono azul que identifica la Congregación de Hermanas Carmelitas del Sagrado Corazón, recibió a los manifestantes con palabras de solidaridad y esperanza.

“Encomendamos al Señor su búsqueda. Que tenga abundantes frutos de encuentro y Dios escuche nuestras oraciones. Que su corazón siga manteniendo viva la esperanza. Gracias por su testimonio de fe, confianza, valentía y organización. Nuestro corazón mexicano les abraza, está con ustedes. Su dolor es nuestro. Que nuestra Virgen de Guadalupe les acompañe siempre, de regreso a casa. Que estos días puedan sentir la solidaridad de muchos mexicanos. Ustedes son ejemplo de fuerza, resistencia, fraternidad y hermandad. Que así sea.”

Después del recibimiento, la caravana dio curso a sus proclamas. Un megáfono Steren amplificó al viento las pronunciadas letanías de dolor

“¿Quiénes somos?” Interrogaba una migrante con un dejo de dolor e ira. “¡Las madres centroamericanas!” Respondían las demás voces. “¿A quiénes buscamos? ¡A nuestros hijos! ¿Por qué los buscamos? ¡Porque los amamos! ¿Qué exigimos? ¡Justicia! ¿Cuándo, cuándo, cuándo? ¡Ahora, ahora, ahora!”

 

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La presencia de la población tapatía a ese mitin fue escasa. Apenas los solidarios de rigor. Rostros conocidos entre sí provenientes de organizaciones como el albergue FM4 Paso Libre, el Centro de Justicia para la Paz y el Desarrollo, A. C. (CEPAD), el Comité de América Latina y el Caribe para los la Defensa de los Derechos Humanos de la Mujer (CLADEM), además de unos cuantos representantes de medios de comunicación.

Algunos detenían el paso para observar la escena, otros, con sus celulares tomaban fotografías o videos al pase de lista con los nombres de desaparecidos.

“Olga Medina”, dijo una voz masculina al megáfono. “¡Viva la queremos!”, eeplicaba el grupo. Prosiguió la lectura de muchos nombres, respondidos con la misma exigencia. “Mauro Orlando Funes. ¡Vivo lo queremos! Ana Victoria Lemus. ¡Viva la queremos!”

No faltó la desvariada intervención de un anciano impertinente quien, queriendo hacerse el gracioso, desde un rincón respondía en mediana voz después de cada nombre: “ya falleció”. Él se retiró al percibir las miradas de desaprobación que su fallida broma tuvo.

En el centro de la plaza la letanía de arengas continuaba al megáfono, mencionando los países participantes: “¡México!, ¡Presente! ¡El Salvador!, ¡Presente! ¡Guatemala!, ¡Presente! ¡Honduras!, ¡Presente! ¡Nicaragua!, ¡Presente! Rematando con una estruendosa letanía coreada: “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos! ¡Los migrantes no somos criminales, somos trabajadores internacionales! ¡Uno dos y tres, las madres otra vez! ¡Aquí estamos y no nos vamos, y si nos echan nos regresamos! ¿Quiénes somos? ¡Las madres centroamericanas! ¡Hombro con hombro, codo con codo! ¡Migrantes somos todos!”.

Recuperados los migrantes de las lágrimas derramadas, señal inequívoca de su dolor latente, un miembro de FM4 Paso Libre dio lectura al documento dirigido al congreso legislativo jalisciense, exigiendo respeto a los derechos de los migrantes

Finalizado el mitin, los marchistas abordaron el autobús para regresar al albergue donde, fervorosos, participaron en una celebración religiosa en la que oraron por ellos y los desaparecidos.

 

 

Me llamo Cristian, soy un migrante centroamericano

Él nunca imaginó que permanecería en el albergue FM4 Paso Libre. Sobre una silla de ruedas. Sin poder caminar. Mutilado de un pie.

Dos meses antes, sus padres rogaron porque él se quedara en su patria. Decían que ya encontraría la forma de superarse. Como en dos ocasiones anteriores, él desoyó esas súplicas.

Así, el 25 de septiembre de 2017 trepó a La Bestia, en busca de algo más prometedor, abandonando sus planes para estudiar mecánica.

Cristian tiene 19 años. Es hondureño. Sus brazos son robustos, propios de quien durante muchas horas del día va y viene empujando una carretilla cargada de materiales para la construcción. En su país era albañil, igual que su padre. Como muchos, decidió emigrar al norte para superarse, llevar mejor vida y ayudar a su familia

ㅡEn Honduras el dinero nomás alcanza para la comida. Para comprar ropa y zapatos tienes que ahorrar ㅡdice con algo de amargura.

Cristian recuerda que el día de su accidente, él esperaba en Guadalajara el tren que permitiría proseguir su trayecto migratorio. A la una de la mañana las ruedas de un coloso de metal se pusieron en movimiento, alertando a los migrantes alrededor de las vías.

Todos desesperados comenzaron a correr tras los vagones. Intentando asirse a alguno de ellos. Él los imitó, pero algo falló.  Su pierna izquierda resbaló de La Bestia en marcha, provocando que más de 20 toneladas, el peso aproximado de un vagón, pasaran por encima de su cuerpo.

Cristian cayó al piso pero se levantó enseguida. La adrenalina que corría por su cuerpo permitió que avanzara una distancia aproximada de 30 metros, hasta llegar bajo una lámpara de alumbrado público donde pudo observar la gravedad del accidente.

ㅡCuando miré mi pie destrozado, me entró dolor de repente. Tantos nervios regados lastiman bastante ㅡrelata mientras, de manera perceptible, un escalofrío recorre su mutilado cuerpo. Él enciende un nuevo cigarro con la colilla humeante del que acaba de fumar.

Prosigue relatando que el dolor que experimentó era tan intenso, que el grito que profirió al instante de ver su pie alertó a unos vecinos del lugar, quienes salieron en su ayuda.

“Temblaba de frío, me regalaron una cobija, pero no era un frío normal. Lloraba, pero no me salían lágrimas. Era un llanto bien extraño”.

La ambulancia demoró 20 minutos en llegar hasta donde Cristian se encontraba. Después de eso, lo único que recuerda es haber despertado sin el pie izquierdo en  la Cruz Verde, un puesto de socorros del que desconoce su ubicación, pero que “estaba cerca de un parque muy grande”.

Mientras se encontraba convaleciente, los pensamientos se multiplicaban en su cabeza: “pensaba en mi familia y en que me iba a quedar sin mi pierna”.

Cristian dice amar el jugar fútbol y salir a bailar. Ahora, viendo el cúmulo de vendas atadas al muñón de su pie, piensa que la mutilación se lo va a impedir, aunque está convencido de que no para siempre.

Ha consultado vía Internet cuáles son las posibilidades para recibir una prótesis. Está convencido que antes de regresar a Honduras, viajará al estado de Querétaro y ahí, con ayuda humanitaria, logrará el implante de un nuevo pie y que, “al tiempo”, volverá a realizar las actividades que tanto le gustan.

Su familia en Honduras supo de su accidente cuando él estuvo internado en el hospital. Su madre rompió en llanto al enterarse de la noticia. Nunca había imaginado que algo así pudiera llegar a ocurrir a su hijo en ese viaje. Porque en sus dos intentos anteriores para llegar a los Estados Unidos de Norteamérica, él había regresado a su patria igual de pobre, pero sano y salvo.

Su situación en el albergue FM4 Paso Libre es especial. A diferencia de los otros migrantes, a quienes sólo se permite pernoctar un máximo de tres noches, el hospedaje de Cristian es por tiempo indefinido. Su destreza en el manejo del Internet, lo ha colocado como administrador del equipo de cómputo al que los migrantes tienen acceso. Su labor consiste en llevar el registro de usuarios y limitar cada sesión a estrictos 28 minutos de duración, accesibles sólo una vez por día.

Dada su actual condición, tampoco comparte dormitorios con el resto de migrantes. Sus horas de sueño transcurren en un dormitorio colocado al fondo de la planta baja.

 

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Los sucesos vividos en los últimos meses, no han hecho que su juvenil ánimo decaiga. Entre cigarrillos termina de contar su historia relatando otra ocasión en que su vida también corrió peligro, en Tabasco, al encontrarse con integrantes de la Mara Salvatrucha.

“Veníamos en el tren como a las doce de la noche. Estaba lloviendo. Yo vestía camisa y short. Tenía frío pero no quería mojar mi ropa, hasta la chamarra guardé. En eso se subieron unos mareros y comenzaron a pedir dinero. Preguntaron si había alguien rayado, [con tatuajes de alguna pandilla rival], nos levantaron las camisas para comprobar.

“Luego nos pidieron dinero. Hasta los cigarros y encendedores te quitan. Si te resistes, te golpean o te matan. Te obligan a lanzarte del tren.

“Llegaron hasta mí, me quitaron mi mochila y la camisa. Quedé solo en short. Gracias a Dios llegamos a un pueblito y una señora nos regaló cobijas y chamarras. Así fue como volvimos a andar abrigados”.

 

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Ese día que resultaba inusual en el interior del FM4 Paso Libre, debido a la presencia de la Caravana de Madres Centroamericanas, las cámaras y micrófonos de los periodistas, las decenas de voluntarios externos y visitantes; ya había transcurrido un mes desde que Cristian arribó al albergue para recuperarse lentamente de las heridas físicas y emocionales.

Mes donde convivía diariamente con decenas de indocumentados provenientes de centro y sud América. Mientras él, esperaba con paciencia el día en que lo trasladaran a Querétaro para colocarle una prótesis.

Lo primero que hizo al llegar al refugio temporal fue comunicarse con sus primos, quienes lo habían acompañado desde Honduras, pero les perdió la pista cuando el accidente. Ellos prefirieron entregarse a migración en Tepic, Nayarit, pero fueron rechazados por las autoridades.

Les dijeron que no, que se regresaran como habían venido. Lo intentaron de nuevo en Veracruz y creo ahora están esperando a ser deportados. Cuenta Cristian.

Él todavía, aunque casi pierde la vida intentando llegar “al otro lado”, tiene una idea muy clara en su mente: “recuperarme y volver a intentarlo”.

Al día siguiente, Cristian vería partir a los integrantes de la XIII Caravana de Madres Migrantes Centroamericanas, quienes dejaron el albergue FM4 Paso Libre para continuar con su largo recorrido por tierras mexicanas, hasta completar los arduos #4,000KilómetrosDeBúsqueda, resistencia y esperanza que el primero de diciembre del 2017 empezaron a recorrer.

 

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