Por Carmen Libertad Vera

Pareciera que fuera del Distrito Federal, ellas siempre serán parte de esa entelequia humana llamadaChilanga Banda”. Porque en muchas ciudades de la nebulosidad geográfica que algunos denominan “provincia mexicana”, ellas todavía resultan bastante ajenas.

Y es que hasta bien entrados los años 70 del siglo pasado, dentro de esa otra nebulosidad geográfica muy mencionada en los medios electrónicos (“el interior de la República”), las meseras del Sanborn’s eran totalmente forasteras.

Algunos las ubicaban, sí, como una más de las imágenes prototípicas del D. F., lugar donde ellas eran casi postal turística y referencia obligada; tan prototípicas como el Zócalo, Chapultepec, la Torre Latinoamericana, el Palacio de Bellas Artes, La MercedGaribaldi y, ¡por supuesto!, la famosa Casa de los Azulejos, edificio que en la memoria colectiva representaba, además de algo así como su headquarter nacional, el sitio obligado para ir a desayunar estando en la capital y el lugar donde a ellas se les podía observar en vivo y a todo color.

     No pocos provincianos regresaron a sus lugares de origen después de un viaje al D. F. llevando consigo un vivo recuerdo de ellas, todas así, muy diligentes, anotando orden tras orden de enchiladas suizas y sirviendo café a diestra y siniestra en los cuencos de las distintivas tazas blanquiazules de vajillas fabricadas en porcelana talavera.

  Porque acerca de la trascendencia cultural de las meseras del Sanborn’s se podría decir todo, hasta esa frase tan manida de que si no existieran, habría que inventarlas”. Y con toda seguridad ellas resultarían así, igualitas. Es decir, con listadas y largas faldas plisadas, blusas blancas y el triangulado mini echarpe en variable liso color, justo sobre sus hombros.

      A causa de su característico e inconfundible uniforme, a las pobres les han endilgado todas las comparaciones posibles. Que si parecen piñatas, que si faroles o, la peor de todas, que si resultan émulas de Beatriz Paredes.

Tan sólo por eso último, que ya resulta una ofensa muy mayor, Carlos Slim debería triplicarles su salario cada bimestre, y todos los comensales que ellas atienden estarían obligados a depositar doble propina en cada café que tomaran.

        En defensa de la indumentaria que ellas obligadamente portan, debemos decir que a diferencia de lo que muchos piensan, las meseras del Sanborn’s tampoco andan disfrazadas de “holandesas sin zuecos”, sino que su vestuario pretende ser una estilizada reminiscencia del típico vestido que muy orondas las oaxaqueñas portan en la tradicional Guelaguetza.

Al menos esa es la versión oficial. Porque siendo benevolentes, tal diseño, en el mejor de los casos, pareciera creación de un alucinado encargado del vestuario en un estudio de cine hollywoodense como esos que ajuaraban a Carmen Miranda. ¿A poco no?

       El caso es que si el Archivo Casasola no miente, ellas no siempre han vestido así. Existen suficientes pruebas gráficas de que alguna vez ellas no parecieron “piñatas o faroles”, sino todas unas institutrices inglesas de largos faldones, blusas de manga larga y cuello alto, todo ello en enigmático color negro sobre el que destacaba la encandilante blancura de un enorme delantal. Además, sobre sus recogidos cabellos, usaban malla protectora.

Fue en 1914, justo en la Casa de los Azulejos, cuando portando esa indumentaria ellas atendieron a los gorrudos y huarachudos soldados villistas, que en plena época de balazos y asonadas llegaron hasta la capital durante la revolución que, según cuenta la historia, alguna vez hubo en este país.

       En otra época, ellas abandonaron ese enlutado embozo de institutriz y anduvieron de aquí pa’llá, entre charolas y platones,  portando un blanquísimo look, cofia incluida, como de enfermera en tiempos de Florencia Nightingale.

        A ciudades como Guadalajara, las meseras del Sanborn’s llegaron exentas de los extremistas contrastes monocromáticos del blanco y el negro. Ellas aparecieron ahí ya muy coloridas, con su uniforme de oaxaqueñas modernizadas, igual que ahora. Y hay que mencionar que fuera del D. F. ellas ya llevan algo así como cuatro décadas, sino es que más o tantito menos.

Algunos precisan que, por ejemplo, ellas hicieron acto de presencia en Guanatos en el año de 1982, atendiendo la primera sucursal local de Sanborn’s, localizada en la esquina de Vallarta y General San Martín. Aún así, y siguiendo con ese ejemplo, los tapatíos todavía no les otorgan carta de naturalización local. No son una referencia tapatía. Se les sigue viendo como forasteras.

      Quizás eso sea porque ellas, a diferencia de otros de los paradigmas comerciales patentados por los tres tecolotitos de la firma Sanborn’s, como el Agua de Colonia, la crema Teatrical o los Pons-Pons, llegaron con medio siglo de retraso; cuando los ciudadanos de Tierra Adentro ya habían entregado su cariño a otras meseras más cercanas. Sí, a sus meseras de toda la vida. Esas, como algunas de ellas que todavía los atienden en los llamados cafés tradicionales del Centro Histórico.

Meseras a quienes se aprendió a llamar por sus nombres, y ellas, a su vez, identificaron gustos personales y hasta llegaron a considerar a buena parte de su clientela como una casi familia compuesta por los parroquianos más frecuentes.

       Una cosa es cierta: aunque probablemente fuera del D. F. no hemos aprendido a querer como es debido a las meseras de los Sanborn’s, ellas tienen a su favor el saberse imprescindibles en el paisaje urbano defeño admirablemente registrado por las plumas de Carlos Fuentes, Rubén Bonifaz Nuño, Emmanuel Carballo y José Emilio Pacheco, entre otros.

De allí que a ellas, seguramente, nuestra provinciana indiferencia les valga madre y las tenga sin el menor cuidado.

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