La posibilidad de tener impresiones poéticas es corriente. La posibilidad de dar expresión poética a las impresiones poéticas es muy rara. La mayor parte de nosotros puede sentir al modo de Keats, pero casi ninguno puede escribir como él. Entre otras cosas, un poema o, en general, cualquier obra del arte literario, es una invención para desatar en el lector impresiones de la misma especie que aquellas que sirvieron de material en bruto para el producto acabado. Puede incluso suceder que las impresiones desatadas en la mente del lector sean de un más elevado orden poético que aquellas a partir de las cuales el escritor se puso a la obra.

En la cima de su magia, el lenguaje purificado de la literatura puede evocar experiencias comparables a los apocalipsis pre-místicos o enteramente místicos de la pura receptividad a un nivel no verbal. El No-Pensamiento que se halla en los pensamientos, la Istigkeit o la Mismidad Esencial del mundo pueden descubrirse en la experiencia de un poema sobre una flor que crece en la grieta de una pared, como también (si las puertas de la percepción se encuentran despejadas) en la experiencia de la flor misma.

Con fragmentos tales de arte apocalíptico podemos, en palabras de Eliot, apuntalar nuestras ruinas, podemos (como lo expresó Matthew Arnold) “dar apoyo a nuestra mente en estos días de desdicha”. Y el apuntalamiento y el apoyo resultarán casi tan eficaces, quizá para algunos tan eficaces, como el apoyo prestado por las amarillas abejas en la hiedra florecida o un ejército de dorados narcisos. Cámbiense las palabras de una obra de arte literario, e inmediatamente toda su cualidad apocalíptica, toda su misteriosa capacidad de prestar apoyo a la mente, de apuntalar nuestras ruinas, se desvanecen en el aire.

Cámbiense las palabras de un ensayo científico y, en la medida en que la claridad se conserve, no se ha sufrido pérdida ninguna. El lenguaje purificado de la ciencia es instrumental, es un recurso para hacer inteligibles las experiencias públicas, ajustándolas a un marco de referencia existente o a un nuevo marco de referencia que pueda reemplazar el viejo. El lenguaje purificado del arte literario no constituye un medio para otra cosa; es un fin en sí mismo, algo de significación y belleza intrínsecas, un objeto mágico que, como la Tischlein de Grimm o la lámpara de Aladino, está dotado de misteriosos poderes. Una exposición científica, como que es meramente instrumental, puede reorganizarse y re-frasearse de modos muy diversos y todos perfectamente satisfactorios. Y cuando la observación de nuevos hechos la hayan convertido en algo anticuado, correrá la suerte de todos los viejos escritos científicos y se la olvidará.

La suerte de una obra de arte literario es muy distinta. El buen arte sobrevive. Shakespeare no hizo que Chaucer se volviera anticuado. La belleza y la significación intrínsecas poseen una larga vida; la información instrumental y las explicaciones instrumentales dentro de un cierto marco científico de referencia, son efímeras. Pero la suma y la sucesión de estos efímeros productos constituyen un monumento más duradero que el bronce: un monumento dinámico, una Gran Pirámide perpetuamente en movimiento y en continuo crecimiento. Esta formidable estructura constituye la totalidad de la ciencia y la tecnología en perpetuo progreso. Y no olvidemos que “a heart that watches and receives” —observa a la Naturaleza, observa al Arte y, agradecido, recibe cualesquiera dotes de penetración puedan acordar, cualesquiera apoyos ofrecer— no tardaría en tener un mal fin, si no se asociara con un cerebro que convierte la experiencia en bruto en conceptos lógicamente conectados entre sí, y manos que, guiadas por esos conceptos, hacen nuevos experimentos y realizan prácticas útiles.

El hombre no puede vivir sólo de receptibilidad contemplativa y creación artística. Como toda palabra que procede de la boca de Dios, necesita ciencia y técnica.

Por Aldous Huxley

*Fragmento de Literatura y ciencia (1963).

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