Por Carmen Libertad Vera

 

Al final, todo resultó ser una simple nota de color acerca de un hecho difícil de verificar personalmente. Porque, según aquellos informantes de un noticiario radiofónico que dieron a conocer tal asunto, para los participantes en esa protesta ambientalista, apenas fueron minutos lo que les duró el gusto de poner máscaras anti-gases o tapabocas a unas esculturas de héroes y heroínas de carácter histórico que, inmóviles, posando broncíneas arriba de sus pedestales de cantera en céntrico jardín público, habían sido “intervenidos” artísticamente por activistas en contra del calentamiento global; manifestantes que luego-luego fueron “apercebidos” por empleados “menicipales”, quienes, raudos y veloces, llegaron a acalambrarlos y a decirles “¡Asosiéguenseme ahí!”.


Y no se crea que ese asunto de las llamadas “intervenciones” a los “menumentos” o “estuatas” es algo nuevo. Aunque más de algún “intervencionista” actual piense que está inventando el agua tibia.


Cuentan por ahí que recién colocado el kiosco actual de la Plaza de Armas en Guadalajara, no faltó el alma caritativa que con un chalecito, o algo similar, fue a cubrir los desnudos torsos de las escultóricas y pectoralmente bien dotadas Cariátides que adornan sus arcos.

Seguramente queriendo evitar que ellas sintieran frío, no vayamos a ser tan mal pensados como para creer que fue un acto de melindrosa pudibundez a fin de ocultar, ante los numerosos mirones, las turgencias de esas pechugonas damas. ¿‘Edá? ¡Porque si algo ha caracterizado a los tapatíos de siempre es su falta de prejuicios y amplitud de criterio! ¡Ey! ¡Ajá!


Pero quizá la “intervención” escultórica mejor conocida hasta la fecha ocurrió en 1966 y fue de a mentis, es decir, fílmica.


Aquella osadía defeña tuvo lugar con Los Caifanes; y no, no me estoy refiriendo al grupo de rock mexicano donde Saúl Hernández todavía canta. Hablo de aquella película de verdadero culto dirigida por Juan Ibáñez, con guión de éste mismo y de un muchacho llamado Carlos Fuentes; cinta donde Ernesto Gómez Cruz, en su caracterización de “El Azteca”, trepó, literalmente y cargando un tendedero de ropa, hasta lo más alto de conocida fuente del ex-DF diseñada por Mendiola, la cual sirve de un acuático basamento para la aclamada escultura de la Diana Cazadora creada por Olaguíbel.


Quienes vieron esa secuencia (y los que no búsquenla en YouTube) recordarán el acompañado regocijo de los compañeros de nocturna parranda de El Azteca, quien, bien maldito e irreverente, procedió a medio colocar un sostén y una minifaldita negra en al cuerpazo de la impávida flechadora. El asunto terminó cuando, apresuradamente y en bola, los caifanezcos “intervencionistas” tuvieron que huir ante los ruidosos pitidos de unos apelotonados gendarmes que, pa’ variar, llegaron tarde a la escena del delito.


Inolvidable en esa cita resultó el siguiente diálogo que Paloma, la pelirroja protagonista de la película, que en la vida real era Julissa, en su real caracterización de niña popoff y súper ultra bien finolis, entre carcajadas solicitó a sus intrépidos y proles guías que fueran luego a hacer “otra jalada”.


No pudo haberlo dicho mejor. Porque, m’anque suene muy anticuado, las famosas “intervenciones” artísticas no son, en la mayoría de los casos, sino simples jaladas, como bien lo dijo la Paloma de aquella reventada situación.


Aunque lo peor del caso es que en la realidad algunas de esas “intervenciones” no son, como en esa película, simples puntadas de borrachos o meras ocurrencias de desquihacerados, sino que algunas de ellas nos las han querido vender como arte efímero, comprometido o conceptual. Y no sólo eso, más de una hasta ha contado con presupuestos oficiales entretenidos en apoyar semejantes estramancias, mismas que nunca han estado exentas de una abundante alharaca mediática bastante aplaudidora y conchinchante promovida por no pocos curadores de arte con un nivel de esnobicidad última generación.


Sin ir más lejos, mencionemos aquí aquella vez que en la llamada hipsterlandia tapatía, en el conjunto de esculturas que conmemora la defensa nacionalista del Castillo de Chapultepec, a todos y cada uno de los indefensos Niños Héroes les ensartaron un hula-hula.


Así, aunque fuera en fotos, los pudimos ver ahí cargando conjuntamente con su fusil, un pedazote de manguera enroscado en forma de círculo. ¡Abusando del nivel de heroicidad de esos pobres niños!


Así, en otra ocasión y con motivo de la realización de un azulejero proyecto con remarcado signo, dizque para evitar que esas mismas esculturas se anegaran de polvo, los pusieron amortajados como momias, toditos forrados con metros y metros de cinta canela.


Sin olvidar que alguna otra vez, a esas mismas esculturas también les pusieron tapabocas azules a fin de no fueran contagiados con el virus H1-N1. Y no ha faltado quien les coloque en la punta de fusil el recuerdito de un condón Sico ya usado.


Y no, no se trata de propugnar aquí por la acartonada reverencia a cada broncíneo o marmoleado monigote comprendido en el patrimonio escultórico de alguna localidad. No. Es excelente que exista la posibilidad ciudadana de interactuar con algunos de nuestros “menumentos” muy históricos, o con los no tanto, lo que incluye el que no sólo sirvan de convidados de piedra en la clásica toma de una fotografía turística junto a ellos; incluso, existen infinidad de ejemplos donde la diversión se encuentra perfectamente compaginada con el arte escultórico, pudiendo interactuar con algunas obras públicas diseñadas e instaladas ex profesamente para convivir y disfrutar con ellas.


Pero de allí a que a algunas esculturas, sean o no de héroes o heroínas, las utilicen sólo para querer vernos la cara así como de muy tarugos, y que en nombre del arte o del compromiso con las causas más nobles vayan y les cuelguen desde escobas hasta latas de frijoles refritos marca ACME, o cualquier otro artículo que primero se nos ocurra, pues como que hay mucha diferencia.


Porque entre “intervencionismo” artístico a lo tarugo y vandalismo urbano nomás hay un paso.

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