Por  Leticia Pineda

Con un pañuelo blanco en la cabeza, un ramo de flores en la mano izquierda y la inseparable foto de su hijo César Manuel González, Hilda Hernández avanzó firme al centro del contingente. Iba codo a codo con los demás familiares de los 43 normalistas desaparecidos. Atrás veníamos los periodistas que los hemos seguido desde que empezó su viacrucis.

El 26 de febrero pasado, cinco meses después de la tragedia, nuevamente marchaban hacia la residencia presidencial de Los Pinos. Otra vez adoloridos, con rabia, indignados y esperanzados.

¡Cuidado!, ¡cuidado!, ¡cuidado con Guerrero!, ¡estado, estado guerrillero!”, gritaron a coro apenas bajaron del autobús que los condujo esa tarde hasta el Ángel de la Independencia, donde inició la manifestación.

La luz del sol cortaba con su sombra la silueta indiferente de los rascacielos. Sin tránsito, Reforma se abría amplia al paso de los manifestantes que llenaban el espacio con ruido de consignas y pancartas.

Desde aquí le digo a mi hijo que lo quiero mucho y que lo quiero conmigo antes de su cumpleaños”, dijo Hilda con la voz quebrada ante la multitud.

Le voy a cumplir su sueño de que una jovencita de aquí de la Ciudad de México sea su novia”, señaló de su lado el padre de Christian Tomás Colón, en un improvisado templete en el que tomaron el micrófono frente a los hoteles más lujosos de la capital y muy cerca de la entrada a Los Pinos. Una valla de varias decenas de policías antimotines impedía el acceso.

Una mirada hacia la copa de los árboles, que se unen en el centro de esta emblemática avenida de la ciudad, trajo a mi mente la angosta carretera que conduce a la puerta de Ayotzinapa, el lugar de donde salieron sin retorno los estudiantes normalistas la tarde del 26 de septiembre de 2014.

El camino a la normal Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa está bordeado de viejos y frondosos árboles donde anidan arañas de largas patas. Estos animales han tejido espesas telas por las que deambulan de un lado al otro de la carretera, aterrorizando a muchos de los visitantes que los últimos meses han atravesado esa ruta.

La escuela fue inaugurada en 1935 como parte de un ambicioso plan para transformar las condiciones del campo, un proyecto olvidado después por los gobiernos de México, pero cuya vocación los alumnos han querido mantener a través de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México.

Pese a los pocos recursos que recibe, una beca de 50 pesos diarios por alumno, en esta escuela se palpa la organización estudiantil. Ayotzinapa guarda un cálido ambiente entre sus antiguas paredes rejuvenecidas con murales que hablan al visitante de las luchas guerrilleras y del socialismo de América Latina. “Extraño mi escuela de antes, porque este era un mundo diferente al de allá afuera, a veces ni queríamos salir, preferíamos quedarnos aquí”, me dijo tristeando uno de los estudiantes la noche del 26 de octubre cuando platicábamos en el patio de la normal.

En el centro de la escuela, que se extiende por varias hectáreas, hay una pequeña casa pintada de rojo en cuya fachada fueron plasmados la hoz y el martillo. Dicen los estudiantes que ahí dormía el legendario líder guerrillero Lucio Cabañas cuando estudió la carrera de maestro.

Antes del brutal ataque del 26 de septiembre en Iguala, en esa vivienda denominada “Casa del Activista”, vivían 20 estudiantes, 10 de ellos están entre los 43 desparecidos y cinco huyeron por miedo unos días después. Uno de sus huéspedes y sobreviviente del ataque es un joven de 21 años que se presenta como Ernesto Guerrero Cano, sobrenombre inspirado en Vicente Guerrero y Ernesto “Che” Guevara. Dice que en esa casa él y sus compañeros recibían capacitación ideológica y política.

Los ojos negros de Ernesto se agrandan cuando habla de la fatídica noche en la que vio caer a su lado a uno de sus compañeros, baleado por policías municipales de Iguala. Fue testigo del momento en que rodearon uno de los autobuses en el que viajaban los estudiantes de primer grado y observó cuando los bajaron y se los llevaron en patrullas para no volver.

Organizaciones civiles de todo el país, agrupaciones internacionales, embajadores y diplomáticos, sacerdotes de la más alta jerarquía católica, representantes de las Naciones Unidas, de la Cruz Roja Internacional y periodistas nacionales y extranjeros han recorrido innumerables veces el camino hacia Ayotzinapa, convertido ahora en el corazón de Guerrero.

Este es uno de los estados más pobres del país, con comunidades aisladas en la sierra a las que nunca llegó el progreso, una entidad que sufre la peor de las violencias por la presencia de integrantes de siete de nueve cárteles que hay en el país; un lugar en el que han surgido policías comunitarias y autodefensas rurales para cuidar a su población, una región azotada por huracanes y terremotos.

Mientras miraba la hilera arbolada de Reforma pensé en el doloroso camino que los padres de los 43 estudiantes desaparecidos han recorrido para llegar a Los Pinos, una travesía que tendría necesariamente que transitarse de regreso para encontrar como país una sola ruta.

*Publicado en Periodistas con Ayotzinapa

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