Aquellos ayes de dolor y desesperación —“¡Ay, ay, ay!, ¡quítamelas, quítamelas!”— fueron la primera señal de que algo muy raro ocurría en el Arrabal. Luego fueron los rictus posesos de varios cuerpos que delante de sí, como en pleno exorcismo, agitaban las cabelleras en continuo remolino al tiempo que sus manos revoloteaban por encima de ellas con furor extremo, mientras sus píes ejecutaban un zapateado arrítmico.

Quienes sólo miraban no entendían qué pasaba con esos seres que cruzaban el amplio espacio público en visible huída. Su primera reacción fue de risa y divertimento, hasta que… junto a sus propios oídos llegaron los zumbidos molestos e irritantes. ¡Bzzz, bzzz, bzzz!

Más de algún mirón sintió entonces clavar en su propia carne un agudo aguijón. Y luego otro, y otro, y otros más. A todos les empezó a caer el veinte: aquello era una invasión de abejas furibundas. “¡Auxilio! ¡Llamen a los bomberos y a protección civil!”.

Esa era la única explicación del por qué se veía gente con nubes de aleteos revoloteando a su alrededor. Por su parte, un vendedora de fruta picada y tres boleros que muy quitados de la pena atendían sus respectivos changarros, al darse cuenta de la situación, no lo pensaron dos veces para salir hechos la mocha dejando su mercancía así nomás y sin recoger.

En los negocios establecidos de los alrededores, pa’ pronto bajaron las cortinas, a excepción de unos vendedores de cintos que ni tardos ni perezosos se agenciaron periódicos y los prendieron para que el humo ahuyentara a los enfurecidos insectos. Ahí fue a refugiarse un policía que prefirió dejar tirada en plena banqueta su bicicleta y su casco.

El templo cercano también cerró sus pesadas puertas centenarias, no sin antes intentar auxiliar en el interior de su dintel a un anciano cuya cabeza y rostro estaban cubiertos, por completo, con un abigarrado enjambre de abejas aguerridas. Su rostro estaba visiblemente hinchado. Sus manos, envueltas con papeles, no sin dificultad intentaban espantar a sus atacantes.

Más pronto de lo imaginado, en redes sociales estuvieron los posts solicitando el auxilio de cualquiera que pudiera controlar esa situación.

Siendo el Arrabal sitio de refugio para buen número de indigentes, muchos de ellos eran los más afectados e intentaban auxiliarse entre sí, como Dios les daba a entender, porque, para colmo de su mala suerte, no pocas eran las abejas atrapadas en las rastas naturales que ellos por enmarañado pelambre tienen.

Casi todos fueron a protegerse lo más retirado que se podía, sitio hasta donde luego llegó una ambulancia que de inmediato empezó a funcionar como puesto de socorros. Los paramédicos, equipados con sendos guantes clínicos, se dieron a la dificultosa tarea de expulgar abeja por abeja, aguijón por aguijón, en los tiesos y apelmazados cabellos de los indigentes.

Una pareja de personas en esa situación de calle, de plano se agarraron a periodicazos mutuos en su afán por aniquilar insectos. Así, entre ¡pum pum!, ¡zas zas! y repetidos ¡ouchs!, llegaron dando brinquitos hasta donde la ambulancia estaba rodeada de un grupo entremezclado de picados y mirones.

Mientras las revisiones y los primeros auxilios estaban a la orden del día, las agresivas himenópteras ya andaban turisteando por la subterránea estación del tren ligero y, por su parte, un equipo de bomberos equipados con blancos overoles y escafandras de apicultor, en compañía de otros elementos de protección civil, localizaban en la azotea del templo la exacta ubicación del panal desde donde se esparcieron las melíferas africanizadas, procediendo a su inmediato retiro vía sendos manguerazos de agua.

Una de las primeras medidas de protección fue acordonar el área cercana, impidiendo el tráfico vehicular en una avenida y una calle, así como el tránsito humano en las áreas peatonales de la delimitada zona. Las que sí circularon a toda velocidad, fueron las primeras imágenes del ataque abejero. Informando pronto la cuenta @TrendsGDL en Twitter que “abejas” era una tendencia en #Guadalajara.

Los primeros reportes indicaron un número mínimo de lesionados pero, al final, los atendidos por picaduras resultaron ser un total de 28 personas, de las cuales sólo dos pudieron considerarse de cierta importancia.

Lo que nadie mencionó fueron los daños colaterales. Ya que esa invasión de abejas ocurrió en miércoles, día que en el espacio atrial del templo se reparte comida gratuita a los menesterosos e indigentes, razón por la que religiosamente éstos hacen larga fila en espera de su correspondiente ración alimenticia. Reparto que, por obvias razones, ese día no se efectuó. Porque, ¡chaaale!, como bien dice el dicho: “Cuando el pobre tiene para carne, aparecen de pronto unas furibundas abejas portadoras de la vigilia”. O algo por el estilo.

Por Carmen Libertad Vera

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