Por Paulo Berr

Nota del restaurador: “Este y otros textos son renovaciones de lo escrito sobre una colección de pliegos maltrechos que encontré en un cartapacio enterrado en la playa. Debido a su estado deplorable y algunas carencias lingüísticas, tal vez me haya tomado ciertas libertades.”

***

Los domingos suelo ir de visita a los panteones. Prefiero hacerlo después de las seis para que se acumule el hambre y porque a esa hora ya se ha escondido la peor porción del sol. Recorro el espacio entre tumbas con un ligero entusiasmo, similar al que experimento en ciertos pasillos del supermercado. El paseo, aunque importante, no es la atracción principal de la experiencia. Durante aquellas tardes, el placer proviene de la lectura. Mis ojos rebotan sobre lápidas y otras rocas más elaboradas registrando nombres, fechas, frases y en ocasiones hasta amazónicos sellos. De entre todos elijo cuando mucho tres. Rumbo a casa, imagino.

Aquella lápida, la que me obliga a este relato, estaba vacía. Era un rectángulo estéril casi hundido en el lodo, con parches de hierba amarillenta alrededor. Ni siquiera le adornaban fracturas o manchones; la roca era lisa, inexpresiva. Me entristeció pensar en su anonimato y el abandono consecuente. Intenté adivinar quién o qué yacía abajo mordiendo con sutileza el otro extremo de la tumba, mas fui incapaz.

Escuché pétalos y hojas agitándose, después noté un zapateo pausado, tímido. Al volver el cuerpo me topé con una figura compacta envuelta en chillantes tonos. Por momentos me pareció uno de esos pictogramas con los que se marcan los sanitarios para mujeres. Entonces vi lo achatado de las extremidades, la tela ondulante y un cráneo repleto de espirales color vino. Una niñita, algo pálida; no pasaba de los diez. Vestía como muñeca antigua, la tela brillaba demasiado; cualquier intento por detallar aquel vestido deforma el recuerdo por completo. Con ambas manos sujetaba flores que no puedo identificar; parecían pintadas o esculpidas por otras flores. Su paso era sosegado, firme, como una última marcha hacia el mar. Se colocó junto a mí, frente a la tumba. Ladeó ligeramente la cabeza. Alcancé a ver uno de sus ojos; simulaba hundirse.

Sin mirarme, preguntó si conocía al que reposaba debajo. Abochornado, contesté que no. Río con la gracia de los seres arcaicos cuando se enternecen. “Fue mi bisabuelo”, dijo. “Mamá dice que fue bibliotecario, pero en realidad traficaba libros prohibidos”.

Rió lejana una vez más; seguro advirtió mis ojos dilatados y la quijada casi suelta. Me contó acerca de aquel hombre y su biblioteca. Dijo que el local era un hexágono achaparrado, pero la fachada humilde desviaba la atención de aquel detalle. A falta de un cartel, cualquiera hubiera tomado el edificio por una panadería o un quiosco de estampillas postales. Había que entrar para saber. La biblioteca era como una torre a la inversa; crecía por lo menos diez niveles hacia lo subterráneo. Una escalera de caracol conectaba cada nivel. Las paredes sostenían los libros (casi todos rarezas) en alto, orgullosas. Me recitó un listado largo, de entre los cuales alcanzo a recordar una serie de manuales militares chinos, colecciones de cuentos escritas e ilustradas por sabios africanos, quince tomos enciclopédicos sobre monstruos marinos, mapas cartografiados por un paciente psiquiátrico, las notas personales de un campesino que peregrinó por todo el norte de Europa en burro y un catálogo de emparedados que se lee como tratado arquitectónico.

Al remover ciertas hileras de libros, se accedía a los túneles. Cada uno llevaba a estancias ovaladas de aire medieval, con sillas toscamente talladas, una mesa enana y antorchas flanqueando la puerta. Ahí se despachaban los encargos clandestinos. Los clientes más fieles y frecuentes aseguraban haber accedido en cada ocasión a una cámara distinta, por lo tanto la cantidad de pasadizos se especulaba altísima. Sólo el bibliotecario conocía con precisión la cifra. El lugar se antojaba un enmarañado hormiguero. Corría el rumor de que un bello engranaje hacía girar la biblioteca entera para conseguir leve alternancia.

Los libros paseaban sin problema al salir gracias a encuadernados falsos, por lo general réplicas de otras obras. La pasta del diccionario de lenguas muertas cubría la novela de capítulos decimales, y la de una colección de cuentos policiacos sin crimen escondían las obras completas del más menor de los poetas. En ocasiones se optaba por la elaboración de obras ficticias, engaños cuyo rastro puede seguirse hasta los índices bibliográficos de varias publicaciones. La naturaleza de la operación disimulaba los detalles logísticos. Acaso se sospechaba que un pescador irlandés recibía los libros en el muelle. Una tarde, las llamas consumieron al hombre y su biblioteca. La callé iluminó con el fuego por tres días enteros. El olor a incienso se quedó por dos semanas.

“Pero de eso último no estoy segura. Mamá era muy dada a los cuentos chinos”. Volvió el rostro hacia mí. Sólo pude definir sus ojos. Eran enormes y oscuros, mas cierta ilusión de distancia los empequeñecía, como si no yacieran montados en su cabeza sino levitando en otro terreno. Miraban con cansancio. Dejó las flores al pie de la lápida y partió sin despedirse. La observé esfumarse tras la estatua de un pianista.

La rutina de lectura continuó sin cambios relevantes. A veces me demoraba frente a tumbas anónimas o muy descuidadas. Aún sentía tristeza, más por nuestra ignorancia que por su abandono.

Un domingo llovió. Permanecí de espaldas a un ciprés, contemplando una cruz de metal muy pequeña y encorvada. No había marcas, sólo una capa de óxido. Consideré la posibilidad de un pararrayos melancólico. Una nube color vino pasó flotando junto a mi cintura. Se materializó el figurín frente a la tumba cabizbaja. La niña. Pude identificarla por lo difícil que fue descifrar su forma.

Murmuraba. Me coloqué a un lado para saludarla cuando terminase. Detuvo los murmullos. Apenadísimo, pedí disculpas. Sin voltear, preguntó si conocía al que reposaba debajo de esos humildes restos metálicos. Más apenado aún, confesé que no. Soltó aquella risita retirada. “Un escultor”, dijo. “Han existido muchos, pero este es especial.”

Según me contó, aquel hombre trabajaba sólo despojos. Obtenía sus materiales hurgando en el basurero municipal y depósitos de chatarra. Buscaba latas, cartón, periódico, telas, cableado, autos despedazados, muebles y hasta documentos. En su periodo inicial construía figuras geométricas simples: cilindros, esferas, pirámides, prismas. Cada pieza alcanzaba los dos metros y medio de altura; el ancho y profundidad variaban. De la geometría simple se elevó hacia los poliedros, y más tarde acomplejó sus creaciones al combinar todo lo anterior. Esculpió versiones metálicas de monstruos mitológico, seguramente inspirados en algún manual de zoología. Durante su última etapa artística diseñó vehículos a escala, casi todos helicópteros de aura prehistórica; cabían en la palma de cualquier mano. Ya viejo, el escultor alcanzó a edificar un laberinto que convirtió en su hogar. A partir de ese momento, de él no se supo mucho más.

Unos jóvenes calzados con botas gruesas encontraron el laberinto. Decidieron colarse una tarde y emergieron hasta la noche siguiente. “Fue como andar metido en las venas de un robot. De pura suerte traíamos una bolsa con cacahuates”, declaró uno de ellos. En una de las cámaras encontraron al anciano abrazado a una mujer de aluminio. Manchas de sangre seca le cubrían la boca y los brazos. Los muchachos clavaron la cruz metálica en su actual sitio.

“Un gesto humilde, pero muy cariñoso.” La niña colocó las flores indescifrables bajo la punta de la cruz. Le pregunté su nombre. Se limitó a mirarme y reír una vez más y luego se esfumó entre mausoleos.

Volví a encontrarla varias veces en cementerios distintos. Considerándolo bien, ella me encontraba, del mismo modo cuasi accidental, frente a lo incógnitos, los abandonados, los que carecían de una historia. Siempre abría la conversación con la misma pregunta. Nunca tuve el corazón para asentir por miedo a que me pusiera a prueba con otros cuestionamientos. Relataba anécdotas maravillosas y luego desaparecía. Su trato era distanciado, como si le fuera irreconocible, sin embargo, parecía tantear mi expectativa.

Jamás averigüé algo acerca de ella. Y me rehusé a seguirla por temor a las malinterpretaciones. Me sorprendió una tarde cuando le pregunté quién era. “No puedo decirle mucho porque comprometería nuestro Orden. Conténtese con saber que vine hasta acá para visitar al primer androide logró pasar exitosamente por un ser humano.” Entonces narró aquella historia (fascinante). Aún me siento confundido por su respuesta.

Perdí el interés por la lectura de tumbas históricamente precisas, pasatiempo ahora tan burdo. Surgió una preferencia por la incertidumbre de los anónimos. Buscaba deseoso aquella nebulosa color vino, el ropaje inconcebible, las flores obradas por otras flores. Sentía unas ganas terribles de mentiras bien confeccionadas. Si era necesario, aguardaba meses. Escuché historias de soldados que combatieron en guerras privadas, una alpinista subacuática, una familia esclavizada por un felino obeso, diminutos hoyos negros en la playa.

Conversando con un florista mencioné el asunto. Nunca vio semejante criatura, pero solía visitarlo casualmente un anciano muy delgado de rostro áspero y gorra marrón. El hombre relataba acerca de construcciones asoladas y se retiraba como si nada al concluir1.

La vi por última vez frente a un monolito pequeño y rómbico. “Es la punta de un cohete que despegará rumbo a Saturno. Hará poco escándalo y veremos algo parecido a un relámpago volteado. Carga el cuerpo de un muy antiguo príncipe al que su pueblo espera desde hace mucho… No le vaya a contar a nadie.”

Colocó las flores y se alejó riendo. Mi temor se fue al demonio. Rastree el eco hasta el umbral del cementerio. Desde lejos la observé, escondido tras la estatua de varios ángeles. La vi sujetando una de las líneas metálicas del portón. La risa, tan alegre y juguetona, se suspendió como una llama. Vi su cabello, ahora una galaxia vinosa, ladearse, luego escuché un suspiro exhausto, resignado, prolongadísimo. Creí que provenía de ella, mas parecía envolver las rocas, la hierba seca, las nubes bajas. El vestido alternaba contornos; fue como ver las distintas posibilidades de una ilusión óptica. De súbito, distinguí sólo el vaivén metálico del portón.

[1] Escritos y grabados del pueblo un chacal que aparece en el desierto. Tiene el color de la arena nocturna y le cuenta historias a los viajeros para que no mueran de sed.

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