Había una vez, en un tiempo no muy lejano, una ciudad del occidente de México donde al anochecer las familias se reunían en torno a la abuela sólo para escuchar historias de miedo.
Cuentos terroríficos que ahora, en épocas tan abundantes de televisivos muertos vivientes, cadáveres descuartizados a la vuelta de la esquina, enterrados por montón en alguna fosa clandestina, “pozoleados” con ácidos dentro de un tambo petrolero, o “simplemente” colgados como piñatas en algún paso a desnivel; no asustarían ni a un recién nacido.
Pero entonces… más de alguno no pudo dormir, o tuvo pesadillas donde veía clarito al diablo descrito por una dulce abuela, el que convertido en tierno y chillón bebé de brazos, en un camino muy prieto, se había aparecido a unos humildes arrieros quienes, al recogerlo del suelo y quitar la cobijita que cubría su rostro, descubrían la colmilluda sonrisa de un monstruo peludo que clarito les decía “papá”. Ñaca, ñaca.
Tres eran los temas favoritos en aquellas historias. Uno, el mencionado diablo en persona. Dos, los aparecidos. Y tres, los tesoros enterrados en viejas casonas.
Con respecto a este último, las leyendas eran infinitas. No pocas fortunas de esa localidad se atribuían a la buena suerte de alguien que había pasado de mendigo a multimillonario, de la noche a la mañana, por haber encontrado “el “entierro” de unas ollitas de barro bien empanzonadas con monedas de oro.
“N’ombre, si yo conocí a don fulanito antes de que en la casa abandonada donde se metía a jetear, ¡por pura puntada se puso a escarbar las paredes! Y ‘óndi no fue encontrando puros lingotes de oro. Pa’ luego luego s’izo de hartas propiedades. ¡‘Ora ya ni conoce! Porque comprobado está que “el que nunca tiene y llega a tener, loco se quiere volver”, y que “al que Dios le quiere dar, hasta por la tronera le ha de entrar”. ¿’Edá?
Se rumoraba en aquel entonces que la señal para saber si en una casa antigua, (¡ah!, porque a fuerzas tenía que ser antigua, de esas con gruesos muros de adobe pardo), se veía arder en lo oscurito una luz fosforescente, era porque ahí había un “entierrito” muy pachón, proveniente de tiempos de la revolufia o del virreinato.
Fueron muchos los crédulos habitantes de aquel lugar que esperanzados por encontrar lo que fuera se ponían a horadar paredes, levantar mosaicos o escarbar pisos de tierra.
De allí que en tiempos más modernos, los anuncios de detectores de metales vendidos como mágicos “buscadores de tesoros” fueran de lo más frecuente.
Con toda seguridad, lo más que llegaron a detectar fueron los oxidados fierros de alguna tubería olvidada. Aún así, el negocito de los detectores tuvo amplia aceptación hasta bien entrados los 80 del siglo pasado.
Dígalo sí no aquel anuncio publicado en 1986, el que con puntos y comas decía: “Tesoros ocultos. ¿Asustan en su casa? ¿A [sic] visto arder? ¿Sabe de algún tesoro en montañas, casas antiguas, haciendas, etc.? Tenemos renta y venta de detectores potentes importados, para localizar tesoros. Tels. 18-95-97-17-09-48”.
Por los ’60, los detectores se podían comprar en Alcalde 302.
En los ’50, uno de los marchantes de tales aparatos era Manuel Ocampo Ibarra, que atendía pedidos al “Tel. Eric. 61-84” y despachaba en “Ave. del Bosque 353”. O con otro comerciante en la dirección de “Moro 232”.
También por esos años, la tienda Radio Industrial de Occidente, ubicada “en Corona 169. Tel. Eric. 57-34”, vendía el “Metaloscopio Detectrón”, anunciado si no como la octava maravilla, si como “el más moderno y eficiente aparato para detectar metales”.
En la década de los ’40, la novedad fueron los detectores “con instrucciones importadas [sic] de Nueva York”, que se vendían en Catalán 770.
En décadas anteriores, allá por los ’20, los detectores se tenían que solicitar a otras localidades, muy distantes de aquella ciudad del occidente donde transcurre este cuento.
Así, el Prof. Vicente Molina recibía correspondencia en el “Apartado 31 [de] Ciudad Victoria, Tams. [Y en la] Calle Matamoros 87 D.” Enviaba “detalles”, previo pago de “treinta centavos”. Garantizando localizar tesoros ocultos mediante un: “Método perfecto, recomendado por sabios de fama mundial”. O a la “Agencia ‘Rabdos’. Apartado 2325. México.”
¡Ah!, pero no se crea que en esta linda historia todo fue miel y dulzura. ¡No! Allá por los años ’30 , en la vecindad de Herrera y Cairo 885, “un individuo humilde, andando en busca de tesoros ocultos, encontró la muerte en el fondo del mismo pozo que estaba cavando”.
Las primeras investigaciones indicaron que había sido el propietario del inmueble quien contrató al pobre hombre, para que escarbara en el pato de la vecindad, donde aquél supuso la existencia de “una relación”, que era otra de las formas de nombrar a los supuestos lugares con adinerados “entierritos”.
Y si este relato no fuera un cuento fantástico sino una novela policiaca, la trama aquí recurriría a hacer un flashback tres años antes de ese deceso, cuando… ¡Ta, ta, ta, taaaaaan!
A aquella ciudad del occidente de México, cuyo nombre tengo en la punta de la lengua pero que me niego a mencionar para conservar el suspenso, llegó una “clarividente de fama mundial” que respondía al exótico nombre de “Zulema Moraima Gelo”.
Adivinadora que instaló “su consultorio en Maestranza 63” donde, según un publireportaje de su época, mostró “los testimonios de miles de personas favorecidas por ella, los cuales viven felices por haber […] descubierto tesoros ocultos, como el señor Agapito Rodríguez, de San Luis Potosí, el cual gracias a las indicaciones de Zulema encontró en terrenos de su propiedad un botijón de barro conteniendo monedas de oro puro, gran cantidad de alhajas y un Cristo de oro macizo”.
En la novela policíaca, la Zulema hubiera vivido un tórrido romance con el propietario de la vecindad y sería, finalmente, declarada la instigadora intelectual de la muerte del anónimo sujeto asfixiado al “caerle encima considerable cantidad de piedras y tierra que se desprendieron debido a la inconsistencia del terreno”.
Aunque en cuestiones de enajenamiento social en materia de “entierritos” el gran capítulo se desarrollaría en 1921, cuando en la ciudad de marras se rumoró la existencia de “fabulosos tesoros ocultos bajo la tierra”, en el lugar más propicio: el antiguo panteón de Los Ángeles.
Las filas de alborotados habitantes que llegaban hasta ese cementerio a ver qué se jallaban, fueron tan abundantes, que se tuvo que negar el acceso. Incrementando con ello los fuertes rumores. Aunque, se filtró la información de que “algunos señores muy bien relacionados” habían obtenido la concesión para hacer el escarbadero, “previa fianza de mil pesos que depositaron en la Tesorería Municipal”.
Moraleja: En materia de concesiones privatizadoras, no hay nuevo bajo el sol. No, al menos en esa ciudad del occidente de México que usted todavía no logra identificar. ¿’Edá?
¡Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado!
Por Carmen Libertad Vera

Comments

comments