Por Indira Kempis

Mi novio y yo hemos estado buscando departamento desde hace algunos meses. Hemos visto un sinnúmero de habitaciones con diferentes características. Nos hemos cansado de la inflación inmobiliaria, de los espacios pequeños a precios inalcanzables como a ese “wannabísmo” de las nuevas “cárceles urbanas” en donde tenemos todo en un mismo lugar menos un espacio para nuestro perro. Pero hay algo en todo ese armatoste de infraestructura que ha llamado mi atención: los cuartos de servicio.

En esa lista interminable de los múltiples lugares que se ofrecen dentro de una denominación que se llama “casa” o “departamento” existe eso que no había escuchado hasta que comenzamos esta búsqueda… Un cuarto de servicio que como el nombre nos da a entender es un espacio para la servidumbre.

¿Servidumbre? Sí, en pleno siglo XXI en donde se supone que la tecnología nos rebasa a los procesos o dinámicas sociales, en donde somos mucho más “independientes” y podemos hacer las cosas por nosotros mismos, en donde se supone no debería existir la esclavitud laboral de nadie, pero… Sí, un cuarto de servicio.

Y cada vez que he visto uno de ellos en todas las zonas en donde estamos buscando, acepto que me deprimo. Que entiendo con las dimensiones de esos micro-cuartos y los acabados de “quinta” que distan mucho de la de los “patrones”, porque Monterrey es una de las ciudades que es puntero de las encuestas en discriminación del país.

Me acuerdo entonces de las migrantes que pasean por la Alameda, a la que una vez fui y por mi aspecto indígena y piel morena –quiero suponer- me ofrecieron de inmediato trabajo como muchacha para una de esas casas magnánimas de San Pedro pero que cuentan con cuartos de servicio más parecidos al medievo que a la posmodernidad.

Aunque seguimos a la parte de la sala, el comedor, los baños, esa imagen de un cuarto inhumano ronda en mi cabeza. No puedo parar de pensar que ni siquiera puedo imaginar a Mango .mi perro- en una de esas habitaciones exageradamente sencillas de quien parece lo único que necesita es un baño pequeño y un piso en donde depositar el cansancio de los pies.

Es ahí entonces donde me doy cuenta de cómo un microcosmos impacta en lo que es más grande, ¿cómo hablar de una ciudad incluyente si tiene cuartos de servicio?, ¿cómo hablar de espacios públicos para la convivencia si en un edificio están encerradas las libertades de una persona?, ¿cómo pensar en el respeto a los derechos humanos si no hay en ese lugar más allá de un “catre”?

Disculpe entonces mi sensiblería, pero si quiera imaginarme que un cuerpo puede moverse en ese espacio me genera claustrofobia. Si nos asomamos sigilosamente a éste podremos encontrarnos en un laberinto por el cual podemos saber por qué Monterrey es una de las ciudades con mayores índices de discriminación en México, pero más allá: podremos entender porque el entramado urbano tiene esos matices en donde los ricos viven con los ricos y los pobres con los pobres. Porque en este excesivo encierro la mayoría de los sirvientes son migrantes y de rasgos físicos indígenas, vestidos con uniformes que acentúan más la diferencia del color de piel entre el resto de los habitantes.

Los cuartos de servicio de la ciudad hablan así de quienes tienen poder adquisitivo para tener servicio de casa pero no en las condiciones óptimas sino en las que ni siquiera viven sus mascotas, probablemente. Y, como diría Cantinflas: ¡ahí está el detalle, chato!

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