Se cerca el momento de su derrota. Le escribo desde una ciudad célebre en el universo, que prepara contra ustedes un mañana de libertad. Sabe que no es empresa fácil y que antes necesita atravesar una noche todavía más oscura que la que empezó, hace cuatro años, con la llegada de ustedes. Le escribo desde una ciudad privada de todo, sin luz y sin fuego, hambrienta, pero que permanece irreductible. No tardará en alentar algo en ella de lo que todavía no puede formarse usted una idea. Si tuviésemos suerte, nos encontraríamos entonces el uno frente al otro. Podríamos entonces combatirnos con conocimiento de causa: tengo una idea exacta de sus razones y usted imagina perfectamente las mías.

Estas noches de julio son a un tiempo ligeras y pesadas. Ligeras en el Sena y en los árboles, pesadas en el corazón de quienes esperan la única alba que ya puede apetecerles. Espero y pienso en usted: me queda por decirle una cosa que será la última. Quiero explicarle cómo es posible que hayamos sido tan semejantes y que seamos hoy enemigos, cómo podría haber estado a su lado y por qué ahora ha acabado todo entre nosotros.

Durante mucho tiempo hemos creído ambos que este mundo no tenía una razón superior y que estábamos frustrados. Todavía lo creo en cierto modo. Pero he extraído conclusiones distintas de las que usted me argumentaba entonces; conclusiones que, desde hace tantos años, intentan ustedes hacer entrar en la Historia. Pienso hoy que si le hubiera seguido realmente en lo que piensa usted, debería darle la razón en lo que hace. Y eso es tan grave que me veo obligado a detenerme en ello, en el corazón de esta noche de verano tan cargada de promesas para nosotros y de amenazas para ustedes.

Nunca ha creído usted en el sentido de este mundo y de ello ha extraído la idea de que todo era equivalente y de que el bien y el mal se definían a nuestro antojo. Suponía que, en ausencia de toda moral humana o divina, los únicos valores eran los que regían el mundo animal, o sea, la violencia y la astucia. De ello concluía que el hombre no era nada y que podía matársele el alma, que en la más insensata de las historias, la labor de un individuo no podía ser sino la aventura del poder, y su moral, el realismo de las conquistas.[9] Y a decir verdad, a mí, que creía pensar como usted, no se me ocurrían argumentos que oponerle, como no fuera un profundo amor a la justicia que, en definitiva, me parecía tan poco racional como la más súbita de las pasiones.

¿Dónde estribaba la diferencia? En que usted aceptaba frívolamente desesperar, cosa que yo jamás consentí. En que usted admitía lo bastante la injusticia de nuestra condición como para resolver acrecentarla, en tanto que a mí me parecía, por el contrario, que el hombre debía afirmar la justicia para luchar contra la injusticia eterna, crear felicidad para protestar contra el universo de la desdicha. Al convertir usted su desesperación en una embriaguez, al liberarse de ella erigiéndola en principio, aceptaba destruir las obras del hombre y luchar contra él para consumar su miseria fundamental. Mientras que yo, negándome a admitir esa desesperación y ese mundo torturado, aspiraba tan sólo a que los hombres recobrasen la solidaridad para entrar en lucha contra su indignante destino.

Como ve, de un mismo principio hemos extraído morales diferentes. Es que al mismo tiempo ha abandonado usted la lucidez y le ha resultado más cómodo (usted habría dicho “indiferente”) que otro pensase por usted y por millones de alemanes. Como estaban ustedes cansados de luchar contra el cielo, descansaron en esa agotadora aventura en la que tienen asignada la tarea de mutilar las almas y destruir la tierra. En una palabra, eligieron la injusticia, se erigieron al nivel de los dioses. Su lógica no era más que aparente.

Yo, por el contrario, he elegido la justicia para permanecer fiel a la tierra. Sigo creyendo que este mundo no tiene un sentido superior. Pero sé que algo en él tiene sentido y es el hombre, porque es el único ser que exige tener uno. Este mundo tiene al menos la verdad del hombre y es misión nuestra dotarle de razones contra el propio destino. Y no tiene otras razones que el hombre, y a quien hay que salvar es a éste si queremos salvar la idea que nos forjamos de la vida. Me dirá usted, con su sonrisa y su desdén: “¿Qué es salvar al hombre?”. Y se lo grito con todo mi ser: no es mutilarlo y sí es posibilitar que se cumpla la justicia, que es el único en concebir.

Por eso luchamos. Por eso nos hemos visto obligados a seguirles al principio por un camino que rechazábamos y al final del cual hallamos la derrota. Porque la desesperación de ustedes constituía su fuerza. Sola, pura, segura de sí misma, despiadada en sus consecuencias, la desesperación posee un poder inexorable. Ella nos aplastó mientras vacilábamos y conservábamos aún en la mente imágenes felices. Pensábamos que la felicidad es la mayor de las conquistas, la que hacemos contra el destino que se nos impone. Ni siquiera en la derrota nos abandonaba esa añoranza.

Pero han hecho ustedes lo necesario, hemos entrado en la Historia. Y, durante cinco años, no hemos podido gozar del canto de los pájaros en el frescor de la noche. La desesperación ha sido forzosa. Estábamos separados del mundo, porque a cada momento del mundo iba ligado todo un pueblo de imágenes mortales. Desde hace cinco años, no existe ya en esta tierra una mañana sin agonías, una noche sin cárceles, un mediodía sin carnicerías. Sí, nos hemos visto obligados a seguirles a ustedes. Pero nuestra difícil hazaña estribaba en seguirles en la guerra, sin olvidar la felicidad. Y, a través de los clamores y la violencia, intentábamos conservar en el corazón el recuerdo de un mar feliz, de una colina jamás olvidada, la sonrisa de un rostro amado. Al propio tiempo, era nuestra mejor arma, la que no rendiremos jamás. Porque el día en que la perdiéramos, estaríamos tan muertos como ustedes. Sencillamente, sabemos ahora que las armas de la felicidad exigen mucho tiempo y demasiada sangre para ser forjadas.

Nos hemos visto obligados a participar de su filosofía, a aceptar parecernos un poco a ustedes. Habían elegido el heroísmo sin norte, porque es el único valor que queda en un mundo que ha perdido el sentido. Y al elegirlo para ustedes, lo eligieron para todo el mundo y para nosotros. Porque tuvimos que imitarles para no morir. Pero caímos en la cuenta entonces de que nuestra superioridad sobre ustedes radicaba en tener un norte. Ahora que esto va a acabar, podemos decirles lo que hemos aprendido, y es que el heroísmo es poca cosa; es más difícil la felicidad.

Ahora le consta ya que somos enemigos. Es usted el hombre de la injusticia y no hay nada en el mundo que aborrezca tanto mi corazón. Pero conozco ya las razones de lo que no era más que una pasión. Les combato a ustedes porque su lógica es tan criminal como su corazón. Y en el horror que nos han prodigado durante cuatro años, tanta parte tiene su razón como su instinto. Por eso mi condena será total, ha muerto ya usted a mis ojos. Pero al tiempo que juzgo su atroz conducta, recordaré que ustedes y nosotros partimos de la misma soledad, que ustedes y nosotros compartimos con toda Europa la misma tragedia de la inteligencia. Y a pesar de ustedes, les seguiré llamando hombres. Por permanecer fieles a nuestra fe, nos esforzamos en respetar en ustedes lo que ustedes no respetaban en los demás. Durante mucho tiempo, ésa fue su inmensa ventaja, por cuanto matan más fácilmente que nosotros. Y hasta el fin de los tiempos, se beneficiarán de ello los que se les parecen. Pero hasta el fin de los tiempos, nosotros, que no nos parecemos a ustedes, tendremos que dar fe para que el hombre, por encima de sus peores errores, reciba su justificación y sus títulos de inocencia.

Por eso, al término de este combate, desde el corazón de esta ciudad que ha cobrado un rostro infernal, por encima de todas las torturas infligidas a los nuestros, a pesar de nuestros muertos desfigurados y de nuestros pueblos huérfanos, puedo decirle que, ahora que vamos a destruirles sin piedad, no abrigamos odio contra ustedes. Y aun si mañana, como tantos otros, hubiéramos de morir, seguiríamos sin sentir odio. De no tener miedo no podemos responder, tan sólo intentaremos comportarnos razonablemente. Pero sí podemos responder de que no odiamos nada. Y respecto a la única cosa que puedo detestar hoy, le aseguro que tenemos la conciencia tranquila. Queremos destruir el poder de ustedes sin mutilar su alma.

Ya ve usted que siguen teniendo esa ventaja que tenían sobre nosotros. Pero ésta constituye también nuestra superioridad y hace que esta noche se me antoje ahora ligera. Nuestra fuerza reside en pensar como ustedes sobre la profundidad del mundo, en no rechazar ningún elemento del drama que es el nuestro; pero, al propio tiempo, en haber salvado la idea del hombre al término de este desastre de la inteligencia y extraer de ello el inquebrantable valor para renacer. Eso, por supuesto, no mitiga la acusación que lanzamos contra el mundo. Demasiado cara hemos pagado esa nueva ciencia para que nuestra condición haya dejado de resultarnos desesperante. Cientos de miles de hombres asesinados al alba, los espantosos muros de las cárceles, una Europa humeante de millones de cadáveres que fueron sus hijos, todo eso ha habido que pagar para adquirir dos o tres matices que acaso no tengan más utilidad que ayudar a algunos de nosotros a morir mejor. Sí, resulta desesperante. Pero hemos de demostrar que no merecemos tanta injusticia. Es la tarea que nos hemos trazado; empezará mañana.

En esta noche de Europa por la que corren los efluvios del verano, millones de hombres armados y desarmados se disponen a combatir. Pronto amanecerá el día en que les venceremos. Sé que el cielo, que fue indiferente a sus atroces victorias, seguirá siéndolo a su justa derrota. Tampoco hoy espero nada de él. Pero habremos contribuido al menos a salvar al ser humano de la soledad a la que querían ustedes reducirlo. Por haber despreciado esa fidelidad al hombre, serán ustedes quienes mueran solitarios a millares. Ahora, puedo decirle adiós.

Por Albert Camus

*Fragmento de Cartas a un amigo alemán (1948).

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