Por Raymundo Pérez Arellano

Seguro los han visto. Si vives en Nuevo León, Coahuila o Tamaulipas es común encontrarlos por parejas en las esquinas. Siempre portando una hielera y ofreciendo paquetes de burritos y folletos con la leyenda “Cristo Vive”.

Son ex adictos a las drogas, rehabilitados que financian la comida para otros que se encuentran en rehabilitación. Pero también esta actividad sirve para buscar a otros adictos en las calles que quieran rehabilitarse.

Muchas de estas personas pertenecieron a los cárteles. Eran Zetas, Chapos, de la Línea, trabajaron con los Beltrán Leyva o con el cártel del Golfo. Y ahora no tienen problema en estar cerca de sus antiguos rivales, abrazarlos y verlos como iguales sin ese deseo de exterminarlos.

Este cambio se operó en la Casa de Rescate Cristo Vive de Saltillo, Coahuila. Carlos Pacheco, el pastor que inició hace 18 años la labor de rehabilitar personas, se dio cuenta de que tanto los adictos como los criminales necesitaban un cambio de vida.

Se dio a la tarea de hacer lo que hasta ahora el gobierno mexicano no ha querido: iniciar un proceso de reconciliación nacional entre los miembros de la delincuencia organizada. Carlos Pacheco asegura que Cristo tocó a estos delincuentes y cambiaron. Lo cierto es que todos ellos llegaron cansados de su vida en el cártel y tenían deseos de iniciar una vida diferente y sobre todo de perdonar.

Abel tiene 21 años y desde los 13 inició cobrando cuotas a los comerciantes ambulantes de su ciudad. Nació en una familia que se dedicaba al crimen organizado. Uno de sus familiares era líder de los Zetas en el norte del país. Abel tuvo dinero y poder en la organización. Su adicción a la cocaína y un tiroteo donde casi muere su mujer y su hijo lo hicieron reflexionar.

Yo voy a ser el mejor criminal de México, esa era mi mentalidad, que cuando dijeran mi nombre me temieran”, explica mientras sopla el invernal viento de Saltillo.

Al llegar a Cristo Vive reconoció a miembros de otras organizaciones criminales. Al principio pensó que era una trampa para matarlo. Después vio que aquellos que eran rivales en las calles se acercaban a ofrecerle comida, un abrazo o un consejo. Ahí comenzó su proceso de reconciliación.

Cuando llegas aquí reconoces a personas que pertenecían a determinada organización y esa organización levantó a mi familia, secuestró a mi madre. No era fácil desde el principio asimilarlo pero aquí se nos ha enseñado a perdonar”, explica quien ahora busca seguir con el trabajo de Carlos Pacheco y abrir una casa de rescate en el norte del país.

Joaquín llegó hace tres años a Cristo Vive. Tiene más de 10 tatuajes en el cuerpo. Trabajó en San Pedro Garza García como sicario para la organización Beltrán Leyva. Su adicción a la heroína lo llevó a querer suicidarse varias veces sin conseguirlo.

Expulsado de la organización por su adicción, vagaba en los alrededores de la central de autobuses de Monterrey cuando una persona le dio un folleto que lo invitaba a la casa de rescate Cristo Vive y decidió asistir.

Ahí conoció a Roberto, quien ingresó a los 14 años al cártel del Golfo. Al conocerse ninguno tenía ganas de pleito. Ambos estaban cansados de su vida pasada y querían un nuevo inicio.

Roberto fue entrenado en Oaxaca, después trabajó para el cártel en Guatemala, Ciudad Victoria y Reynosa. Su adicción a la cocaína lo hizo robar a la organización.

La primera vez yo llegue a la casa de rescate sinceramente porque me querían matar. Ahí fueron a sacarme para que volviera a trabajar”, recuerda.

Junto a otras dos personas los llevaron a una brecha. Asegura que escuchó una voz que le decía “si te salvo me vas a servir”. Después se desmayó. Al volver en sí vio dos cadáveres junto a él. Desde entonces sirve en la casa Cristo Vive a todo el que llegue pidiendo ayuda, no importa que pertenezca a carteles rivales.

Gregorio era instructor de Los Zetas en Nuevo León. Dentro del cártel tenía posición, poder y dinero, pero asegura que había un vacío en su corazón. Después de hacerse adicto al crack resolvió internarse en Cristo Vive para desintoxicarse y después volver a la organización criminal. 

Pero meses después de llegar ya no quiso regresar. Dejó todos sus bienes materiales y ahora está en formación para convertirse en pastor.

Cuando yo leí en el Nuevo Testamento de un hombre como Pablo que mataba cristianos y luego testificaba en Cristo dije: si Dios pudo perdonar a este hombre porque no me puede perdonar a mí si los hombres que yo mate no eran cristianos”, explica este hombre de 40 años.

Carlos Pacheco, el líder de Cristo Vive, asegura que hasta el momento no han tenido problemas con los cárteles. Dice que los respetan porque ellos se dedican a difundir las enseñanzas de Cristo y no a otras actividades como se ha registrado en centros de rehabilitación en Sinaloa o Chihuahua.

Todos tienen el común, están cansados de la vida que han vivido, están arrepentidos, han puesto su fe en Jesucristo como la única respuesta y solución a sus problemas, le han rendido su corazón y ahora son personas totalmente transformadas, han dejado ese estilo de vida”, explica quien en 1996 comenzó a buscar adictos en las calles de Saltillo para rehabilitarlos.

La Casa de Rescate Cristo Vive alberga cerca de 600 personas que buscan rehabilitarse de las drogas o el alcohol. Su tratamiento y manutención es gratuita.

Los domingos se abre el templo que está dentro de sus instalaciones y unas 3 mil personas acuden para escuchar testimonios de personas que han podido rehabilitarse y también el mensaje que cada semana les da el pastor Carlos Pacheco.

Estos muchachos eran ex sicarios, ex narcotraficantes, ex secuestradores, unos de los Zetas, unos del Golfo, unos de la Línea, unos de los Beltran Leyva, unos de la Familia Michoacana, otros de la Mara Salvatrucha. Hoy levantamos nuestras manos a Jesús porque hoy somos completamente libres”, grita el pastor mientras todos en el templo levantan las manos y aplauden.

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