Es un verano húmedo, la calle está decorada por terrazas, cervezas y sangrías para el disfrute especialmente de los turistas británicos, pese a la sobrepoblación yo camino sin titubear por una calle habitada por humanos locales que visten heroicamente de negro desde la cabeza hasta los pies en pleno cauce caluroso.

Un hombre uniformado cuidadosamente por un pantalón negro y camisa semiblanca me saluda, me detengo, contesto el saludo sin saber la identidad del personaje. Rápidamente escaneo a mi interlocutor y a los tres segundos me arrepiento de haberme parado. Maldita sea lo políticamente correcto, el hombre lleva una biblia, si, ese libro de grosor desafiante que viste colores solemnes, – que todos los católicos y cristianos presumen en los libreros y que exigen que sus hijos lean-, para completar el cuadro un revistero múltiple exhibe revistas cristianas y un grupo mixto de estatuas cristianas cuidan la fortaleza bíblica; pese a la escenografía pienso en cortar de tajo cualquier forma de adoctrinamiento.

¿Crees en dios?

No, soy atea, lo digo con cierto triunfalismo como quien ya ha ganado la batalla.

Hace una mueca repelente y empieza una secuencia discursiva en la que dios lo ve todo y sabe todo. Yo apenas lo escucho, me ocupo más de observarlo y encontrar en su comunicación no verbal un desliz para doblegarlo. Estoy más preocupada por zafarme.

Irremediablemente muestro mi cara menos gentil, pero él no se da por vencido. Saca de su portafolio un folleto con interrogantes inquietantes, ¿habrá alguien que escuche tus oraciones? ¿Promete dios hacernos ricos?, yo acepto recibir el folleto, esperando que con esa entrega postal el adoctrinamiento llegue a su fin, pero ante mi negativa de cambiar de opinión, el hombre de canas peinado como preescolar me dice sin titubeos: Si quieres puedo ir a tu casa a estudiar la biblia contigo.

Ya en pleno trance bíblico me pide mi teléfono. Me rio por dentro y contesto enojada y frustrada: No, ni siquiera te conozco. Le reitero que no creo en dios y más convencida que nunca digo orgullosamente: Creo en la ciencia.

El predicador vuelve al ataque pero curiosamente está más encaprichado con conseguir mi número telefónico, le digo que No una vez más y ahora es él quien se muestra frustrado y enojado no sólo por no conseguir mi número, sino porque sus colegas predicadores lo miran y escuchan posiblemente lamentándose porque su falso héroe categoría diamante no ha conseguido salvar al alma pecaminosa número cien. Yo, me marcho olvidándome de lo políticamente correcto. 

Por Malinalli García

Comments

comments