En estos días que en Guadalajara se desarrolla la edición número 48 de la Feria Municipal del Libro, la primera en su género a nivel nacional, el tema de la crónica de nueva cuenta ha tomado relevancia, dado que en la programación cultural de dicho evento se programó durante 3 días (del 6 al 8 de mayo) un Ciclo de Mesas de Diálogo para abordar precisamente algunos aspectos relacionados con el género de la crónica y el periodismo narrativo.

Un total de 19 participantes, en la modalidad de ponentes o moderadores, integraron un total de cinco mesas de diálogo estructuradas a partir de cortes generacionales muy bien definidos. Las tres últimas mesas se conformaron con cronistas de las más recientes épocas.

Ese intercambio de ideas seguramente dejará muchas enseñanzas y reflexiones. Por lo pronto, es mi deseo compartir aquí algunas observaciones personales que sobre ese tema en relación a Guadalajara, he elaborado. Lo comparto a continuación:

En cuestión de crónicas y cronistas, los tapatíos no nos podemos quejar. Al menos no desde la época de la Conquista, hasta hace unos pocos años.

Ahí están para demostrarlo, y sin rajarse: fray Antonio Tello, Antonio de la Mota y Escobar, Domingo Lázaro de Arregui, Luis Pérez Verdía, Luis Páez Brotchie, Victoriano Salado Álvarez, por nombrar a algunos de los lejanos; y, entre los más recientes, José Guadalupe Zuno, Ixca Farías, Leopoldo Inés Orendáin, José Trinidad Laris, Agustín Yáñez, Juan López Jiménez, Gregorio González Cabral, Víctor Hugo Lomelí, José Luis Meza Inda; y así, hasta llegar a los tiempos de Guillermo García Oropeza, Magdalena González Casillas, Juan Palomar, et al.

Muchos de ellos quedaron como testigos fedatarios de su realidad circundante; algunos por obligación, otros por mero placer.

Otros más, predominando literatos sobre periodistas, bien fuera por decisión propia o involuntariamente, dejaron inmersos sus textos en una especie de realismo “costumbrista”, cuya finalidad inicial quizás estuvo muy lejana del querer hacer un retrato de su época, aunque, finalmente, todos lo hicieron.

Los cronistas tapatíos más cercanos a nuestros días tendieron a volverse un tanto más historiadores de cuanto espulgable archivo cayera en sus manos y se olvidaron y olvidan un poco, o un mucho, de dar cuenta de su propio entorno y de su presente.

Todavía hace poco tiempo, los periódicos de Guadalajara incluían frecuentemente dentro de sus páginas diversos textos que, sin etiquetarlos exactamente como crónicas, cumplían mediana o sobradamente con esa función.

Eran otros tiempos, cuando toda la prensa tapatía conservaba un carácter profundamente localista. Tiempos cuando, sin descuidar la información regional, nacional o internacional, aun podía reconocerse en esos diarios una vocación gentilicia, ta-pa-tía por excelencia; la cual, poco a poco, se ha ido extinguiendo casi en forma total. Lamentablemente.

A tanto llegaría esa desgracia que no pocos llegaron a identificar el término cronista como algo exclusivo de los repetitivos microfoneros reporteriles que día con día, con base a muletillas y frases hechas redundadas hasta el cansancio, narran los enfatizados pormenores de eventos futboleros y deportivos, “goooooooooooooool”; o cuentan las reseñas de “sociales”, en la peor acepción de este último término, todas ellas tan plagadas, por cierto, de innumerables cursilerías desde la época en que nos describían pomposamente aquellos “recintos pletóricos de iluminación féerica”, volviendo así, la actividad cronística, algo muy insignificante y prescindible a causa de la repetitividad o la ausencia de talento y originalidad.

Aunado a lo anterior, de la misma manera que Guadalajara vio disminuir el número de sus cronistas, casi hasta llegar al extremo de recurrir al embalsamiento de los pocos aferrados que de vez en cuando publicaban algo susceptible a ser llamado crónica, esta ciudad sufrió (y el verbo está ex-profesamente empleado) una expansiva explosión demográfica en el número de sus poetas.

¡Nunca hubo en Guanatos tantos poetas como a partir de la segunda mitad del siglo pasado! Y me disculpan, pero la gran mayoría resultaron no sólo malos, sino pésimos.

Tal circunstancia como que vino a volvernos perezosos, muy perezosos, para intentar escribir algo más que un montón de líneas fragmentarías, colocadas unas encima de las otras, haciéndolas pasar ante los ojos de los demás como eso que llaman poesía.

Los aspirantes a escritores restantes muy pocas veces eligieron el género de la no-ficción, optando por narraciones de ficción en el mejor de los casos, sin dejar de mencionar a los que tan sólo se convirtieron en periqueteros menores.

Tal “excedente” de poetas es equiparable al grado de disminución del número de prosistas, ya fueran éstos de ficción o de no-ficción; y sí, muy especialmente, en el caso de los que escribieron crónica o periodismo narrativo de largo aliento.

Si lo duda, a ver, intente elaborar un top ten de cronistas tapatíos nacidos entre inicios de los 50 y finales de los 70. ¿Le sobraron dedos de una mano? ¡Ah, verdad!

No queda al margen de esa situación la paulatina desregionalización que en los periódicos locales ha venido ocurriendo. Las editoras periodísticas, otrora tapatías por antonomasia, poco a poco se han ido aglutinando como meras franquicias de algún consorcio de orden nacional.

Asimismo, hasta hace relativamente poco tiempo existía una casi total ausencia local de escuelas de periodismo, no de las llamadas ciencias de la comunicación, sino de periodismo en el sentido más antiguo y decimonónico del término, lo que, aunado luego a la sobreabundancia (aquí sí) de licenciaturas adiestradoras en todos los más recalcitrantes vicios comunicólogos, derivados del mejor estilo mass media empresarial, vino a complementar la raquítica producción.

Todo ello, lógicamente, vino a incrementar nuestra notoria ausencia de plumas que en forma constante, navegando a dos aguas entre la información y la literatura, brindaran registro más o menos fidedigno de lo que estaba ocurriendo en la vida diaria, es decir: en calles, plazas, mercados y eventos de cualquier tipo. Se dejó de contar lo que sucedía con los habitantes de la segunda ciudad del país, con sus personajes de cualquier índole y con los acontecimientos que conformaron su historia cotidiana, no necesariamente notable, pero sí surgida de por estos rumbos.

Ha hecho mucha falta en tiempos recientes decirnos de todo lo oculto en los subterráneos y las trastiendas. Del cómo y el por qué pasan las cosas más allá de las versiones oficialistas. Contarnos desde una óptica distinta, alejada del boletín de prensa o el desglose de una esquemática pirámide invertida. Narrar nuestra realidad con talento y cultura, ¡vaya!, para decirlo en pocas palabras.

Quiero ser optimista y decir que los tiempos, finalmente, están cambiando. Andan por allí, como sin querer queriendo, algunas plumas que intentan continuar con la factura de una crónica tapatía en forma ya un tanto distinta. Plumas más acordes a estos tiempos y que quizá tengan en consideración las lecciones generadas por su lectura constante de los maestros contemporáneos de ese género, como José Joaquín Blanco, Ibargüengoitia, Pérez Gay, Monsiváis, Poniatowska, Garibay, Villoro, De Mauleón, González Rodríguez, Alma Guillermoprieto, Diego Osorno, Almazán, Aguirre, Berman, por sólo mencionar a algunos de la crème de la crème cronística a nivel nacional.

Siendo sincera, en general, a nuestros nuevos cronistas tapatíos aún los siento muy verdes o, en el peor de los casos, insustanciales y plañideros. Sobre todo, los percibo muy preocupados por sentirse los parangones locales del tipo de crónica que en otros contextos (especialmente el español, el argentino y el colombiano) se considera actualmente lo non plus ultra.

Así, no pocos de esos intentos locales fracasan por sí mismos. A veces porque se convierten en meras calcas piratas y mal hechas de modelos fashions que, si los escudriñaran bien, los descubrirían sólo como opacos reflejos de anteriores y mejores brillos, muchos de ellos nacionales; pero también porque en ellos sobresale el tremendo protagonismo de sus egos y, muy particularmente, la desinformación y el desconocimiento acerca de lo propio, de lo nuestro, desempeñando así sólo el lúgubre papel de reyes tuertos en una tierra de ciegos.

Claro que tampoco se trataría de querer volver a la crónica local una especie de ghetto cerrado y ajeno a cualquier tipo de evolución o posible influencia. No. Tajantemente.

Pero si aprendemos a leer un poco más críticamente, lograremos observar que mucho de lo que algunos de nuestros argentinizados y colombianizados e hispanizados neo-cronistas locales nos pergeñan, intentando demostrar que ellos sí están a la orden del día; no pasa de ser sino una desperdigada retacería integrada por superfluas anécdotas personalistas, o gracejadas chuscas expelidas sin ton ni son, mismas que cuando mucho, a la larga, sólo quedarán convertidas en una ininteligible colección de chistes privados bastante crípticos.

Y todo por querer ser más argentinos que Maradona, más colombianos que los propios paisanos de García Márquez y Shakira. O más españoles que el propio Cervantes y El País.

La crónica y los cronistas tapatíos de última generación están todavía a tiempo de corregir el camino. De tomar distancia a eso de querer practicar, por gusto propio, una forma de periodismo literario neocolonialista. Lo que significaría un proceso de auto liberación encaminado a encontrar su propia voz. Intentar ser un poco menos hispanoargentinocolombianistas y más tapatíos; sin caer, ¡claro!, en esos abundantes estereotipos de tan sólo querer hablar del “tortahogadismo”, el “jericallismo” o el “tejuinismo”, como si Guadalajara no fuera mucho más que eso. En síntesis: intentar ser menos imitadores.

Tampoco estaría mal el volver los ojos, dentro del género llamado crónica, a nuestros humildes y no pocas veces minusvalorados antecesores locales y nacionales, para acercarse así, desprejuiciadamente, a sus olvidadas crónicas y aprender mucho de ellas. Más de lo que cualquiera pudiera imaginar.

De persistir sólo en lo imitativo de la moda hispano-colombiana-argentina y conexos, los cronistas (y por ende la crónica) jaliscienses seguirán siendo un mero refrito de otros refritos, olvidando aquello de que no existe algo más universal que lo propio.

De ello, el jalisciense Juan Rulfo nos dio ya el ejemplo más significativo y elocuente.

Por Carmen Libertad Vera

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