Por Jaime Guerrero

Cada nueva película de Woody Allen es una ocasión para realizar un ejercicio crítico de lo más predecible. Si se trata de un proyecto claramente fallido (como Conocerás al hombre de tus sueños, 2010) se dirá que es el ejemplo más reciente de la decadencia de su cine y se hablará de clásicos al nivel de Annie Hall (1977) y Hannah y sus hermanas (1986) como si fueran reliquias de una época artísticamente irrecuperable. Por otro lado, si la nueva cinta parece demostrar que Allen es el mismo de siempre (esto es lo que ocurrió con Jazmín azul, estrenada en México el diciembre pasado), se atenuarán los elogios diciendo que es la mejor obra de Woody desde… ¿La provocación (2005)?, ¿Los enredos de Harry (1997)?, ¿Maridos y esposas (1992)?

Pocos se remontan más allá de inicios de los noventa, por lo que se podría concluir que Crímenes y pecados de 1989 es tal vez la última gran obra indiscutible de Allen. En todo caso la película presenta una instancia interesante para señalar las numerosas deficiencias de Jazmín azul y poder aislar su único logro artístico que, hay que admitirlo, es verdaderamente luminoso: la actuación de Cate Blanchett.

El crimen central de Crímenes y pecados es el que lleva a cabo un oftalmólogo eminente llamado Judah Rosenthal (Martin Landau) cuando su amante Dolores (Anjelica Huston) amenaza con revelar todo acerca de la relación ilícita e ir con las autoridades a reportar ciertas indiscreciones financieras que pondrían en riesgo la larga trayectoria del doctor.

Hay un personaje análogo al de Judah en Jazmín azul. Se trata de Hal (interpretado por Alec Baldwin en las escenas situadas en el pasado) y es el esposo de Jasmine (Blanchett), quien al inicio de la película llega a San Francisco desde Nueva York a quedarse con su hermana tras el ataque nervioso que sufrió como resultado de la encarcelación y muerte de Hal. Éste es culpable de los mismos crímenes y/o pecados que Judah (fraude financiero e infidelidad) pero frente al personaje de aquella película se trata, francamente, de una caricatura.

Para empezar, Hal se hizo millonario por sus maniobras financieras y Allen se sirve de clichés acerca de los lobos de Wall Street para evitar las dificultades de tener que crear un personaje realmente complejo. Requiere de un esfuerzo mucho mayor, tanto para el cineasta como para el espectador, imaginar el conflicto moral en el que se encuentra un doctor que fue criado en una familia religiosa (cualquier noción de pecado está notablemente ausente en Jazmín azul) al ver que todo lo que ha logrado está a punto de desmoronarse.

En Crímenes y pecados, como en Jazmín azul, Allen utiliza una estructura bifurcada, aunque con propósitos radicalmente distintos. En la primera hay toda una trama ajena a la de Judah que sirve de contraste cómico y se enfoca en los líos profesionales y amorosos de un documentalista llamado Clifford (el mismo Allen). Ambas historias se entrelazan sutilmente y se cruzan de manera definitiva en la magnífica secuencia final durante una conversación entre Judah y Clifford, quienes se acaban de conocer, acerca de la posibilidad de llevar a cabo el asesinato perfecto.

En Jazmín azul, a su vez, la división estructural es entre el presente y el pasado, una decisión justificada por el estado mental de Jasmine: se olvida de dónde está y termina hablando consigo misma al revivir algún suceso de su vida en Nueva York. Es un estrategia válida, pero Allen no consigue abrir el mundo de la película como en Crímenes y pecados por la simple razón que ningún personaje salvo Jasmine ha sido elaborado por el cineasta. No son más que esbozos provisionales. Si hay que lamentar la pérdida de algo en el cine de Allen es que solía establecer un universo amplio de relaciones internas (entre personajes, líneas temáticas, géneros cinematográficos) con aparente facilidad y hoy en día requiere todo su esfuerzo imaginar un solo personaje que termina, literalmente en el caso de Jasmine, declamando hacia el vacío.

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