Por Nitzayé Hernández

Ilustración de la serie: ‘Espacios Contemporáneos’ Por La Curtiduría

 

Bajó corriendo los dos pisos que minutos antes las dos habíamos subido con mucha emoción. Sin decir una palabra, con el ceño fruncido, recorrió una calle larga de una ciudad que no conocíamos. Yo la seguía dando pasos largos para poder alcanzarla. “¿Por qué?”, me preguntaba mientras escuchaba la entrada en guitarra y batería de la presentación de mi banda favorita. “Porque es tu amiga, y las amigas no se dejan solas”.


Yo tocaba batería y ella piano. A pesar de nuestras diferencias, a los 15 años éramos las mejores amigas en el colegio de música. Ha cambiado mucho. Aunque todos en la escuela la tachaban de chica rara, ella era sumamente simpática; siempre le gustó hablar de música en el recreo. Sólo ella amaba la música como yo, y, aunque no teníamos los mismos gustos, aprendíamos bastante una de la otra.


Cruzamos dos o tres calles hasta llegar a un lujoso restaurante. La música de la banda ya no se escuchaba, pero no podía regresarme porque recordé que en la mañana, cuando llegamos, ella no había comido. Me sentí culpable y enseguida pensé que no podía pagar lo que pidiéramos las dos. Mi papá me había regalado 3 mil pesos por mi cumpleaños: los primeros mil serían destinados al pasaje, otros mil 500 al lugar donde nos quedáramos, y 500 a la comida de dos días; una cena en el lugar donde se había metido Kenia iba a costar mínimo 200 pesos.


Se sentó en la mesa que estaba junto al balcón. Yo concientizaba que no pediría nada, y sin embargo, me senté a su lado, intrigada; primero por Kenia, no sabía la razón del porqué había salido del concierto, ni por qué estaba tan enojada; luego, me preocupé por si ya había terminado de tocar Antena Revolución, la banda por la cual mi madre me había dejado viajar sola.


En ese momento me arrepentí de haber invitado a Kenia al concierto. Después de dos años sin saber nada una de la otra, sin saber de sus cambio tan notables: de su cabello ahora rubio y sus zapatos que hacen ruido cuando camina; de su destacado sentido de grandeza, su egocentrismo, su mamonería, y todavía decirle que yo invitaba el viaje por el miedo de estar completamente sola. Era mejor ir con alguien, con quien fuera, menos con ella.


Estábamos sentadas cuando le pregunté la razón de por la que estaba así. Respondió que sólo era hambre y cansancio. La cuestioné por no haber pedido una hamburguesa igual que yo en la mañana cuando habíamos llegado. Me dijo que se había vuelto vegetariana y que las carnes le daban asco. ¿Cómo podía darle asco si era deliciosa? Me contó historias horribles de lo que sufren los animales, lo que engordaba y lo asqueroso del olor. Le recordé que en mi familia vivíamos de matar puerco. Que los animales en los chiqueros, vivían con felicidad, una vida plena hasta ser adultos. Yo misma había visto cómo sonreía un puerco algunas veces —o tal vez lo había imaginado—. Mientras me respondía con enojo, yo recordaba cómo lloraban los puercos los viernes por las noches. El sonido era irritante, agudo, insoportable, un grito eterno de angustia. La muerte es dolorosa.


Llegó el mesero. Kenia pidió un ñoquis (gnocchi), preparado con mucha papa. Costaba más que lo previsto; tragué saliva.


—¿Y para usted, señorita? —preguntó el mesero.


—Nada —respondí tajante.


—Una cerveza —dijo Kenia.


Al parecer yo no tenía permitido haber cambiado. Ella sabía que mis gustos eran los mismos: el punk, la batería y la cerveza.


Cuando volvió el mesero, traía una botella de whisky, un plato con una chuleta enorme, dos platos enormes de antojitos y el mentado ñoquis. La puso en la mesa. Morí de espanto, yo no había pedido eso.

 

¿Qué iba a hacer yo con tanto? ¿Cómo iba a pagar aquello? Lo rechacé. Pero el mesero insistió y dijo que ya estaba pagado. Volteamos la mirada. Dos gordos. Sí, dos gordos con traje, atrás de nosotros, en la mesa siguiente.


—Se los mandan, es para ustedes —seguía diciendo.


—Esto es lo que necesitábamos —me dijo Kenia mientras sorbía el martini que venía incluido—. ¿Ves? Éste si es un lugar decente. Come, pero no te malpases, recuerda que no lo pagaremos nosotras. No sé cómo me convenciste de ir a un lugar tan feo. Había borrachos, mechudos, con la ropa negra como la tuya —continuó diciendo—. Lo que escuchas ni es música, querida. Se creen artistas todos, pero de músicos no tienen nada.

 

No lleva piano, eso es basura. Como el lugar. Como la banda que iba a tocar. Como la carne.

 

No podía estar más tiempo allí, seguramente ahí se encontraban los peores asaltantes, violadores, lo peor; la escoria, pobres, jamás conocerán lo bueno. ¿Ves, Ale? Júntate conmigo —terminó de decir mientras introducía un pedazo de papa en sus finos labios color rosa.


Me sentí triste, decepcionada y pensé que tenía razón. Mis gustos eran los mismos. Casi tenía 20 años y no había dejado de escuchar las mismas canciones del grupo que nunca conocí en vivo. Tal vez tenía razón, tal vez tenía que juntarme más con ella.


Yo fui la que sentí una presencia extraña a mi lado: ese gordo, con los ojos hundidos
—¿Me puedo sentar aquí? —preguntó mientras jalaba la silla a mi lado. Quitó mi suéter, me lo dio y sin esperar respuesta sentó su culo, aplastándolo contra la silla.


Después de un rato llegó el otro. Kenia fue con ellos más linda y atenta de lo que jamás había sido con nadie. Les dio las gracias, estiró su mano y esperó hasta ser besada.

 

Después pidió otros martini. Yo esperé y me recordó al tiempo en que los cerdos esperaban para ser degollados. No me podía ir. Pues… porque yo no iba a pagar. Además no, me alcanzaría el dinero.


Kenia hablaba y hablaba. Les platicaba, como si fueran viejos amigos, de mi feo gusto musical, sobre mi poco gusto por las botellas de etiqueta y el “repulsivo” oficio de mis padres.

 

Por un momento tuve un amargo sabor en los ojos —sí, en los ojos—, acompañado de un nudo incontenible en la garganta. ¡Pero no me fui! ¿Por qué? Porque no me podía ir sin Kenia. Ella era mi amiga, y las amigas no se dejan solas.


Ellos tomaron mucho, se burlaron de mí. Uno de los gordos me aventó un billete para comprarme “ropa decente”. Kenia sacó dinero también, dinero que yo no sabía que tenía; me aventó uno de 200 para que mis papás se dedicaran a otra cosa. Como si eso costara.

 

Los 200. Los mismos 200 que pagarían por su cena. Porque es mi amiga, no importaba; estaba borracha y no la quería dejar sola.


Nunca dijeron exactamente en dónde trabajaban. Hablaban del congreso como si fuera suyo.

 

Senadores tal vez. Gente influyente con dinero. No sé cuánto. Tal vez era la pinta.

 

Pidieron de todo. Yo me quedé sentada sin abrir la boca, escuchando las extravagancias que decían gastar. Kenia se unía a las anécdotas y después me señaló.


—Ella no sabe que es gastar —me dijo—. Miren su ropa, su familia, su escuela, sus gustos.

 

Le gusta oler a caca todo el tiempo, como cerdo; asquerosos cerdos.


Ellos eran los cerdos, comiendo carne: la mía, sólo que con ropa, en mi cara y sin vergüenza, sin piedad alguna.


Dejaron que sacara mi agonía por dentro, mi angustia, salpicando con sus pezuñas lodo por todas partes. Me hundí por dentro en el desgarre, sentí pena, estaba tan confundida de lo que era bueno y sobre lo que era matar.

***

—Ya le dije todo. Yo no tengo nada que ver, fue así la historia. Yo no sé por qué tengo que estar dando declaración. No policía, ya le dije: ni tiempo me dio para llamarlos. Pagaron la cuenta, agarraron sus cosas, pasó un coche negro y los gordos y Kenia se subieron. “Tú no, tú eres igual que ellos: los nacos, eres escoria”, me grito Kenia cuando ya iba algo lejos.

Llegué a la estación y tomé el carro que saliera más pronto a casa. No sé dónde esté Kenia.

 

No me lo dijo, no lo sé. Deje de insistirme diciendo que es mi amiga. No lo es, las amigas no se dejan solas.

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