La conversación plana es algo que nadie ha inventado, es un fenómeno tan viejo como la humanidad y es producido por defectos en el diseño del cerebro del hombre, descubridor, según yo, es Miguel Murat, un conocido mío, el que la bautizó «conversación plana», y una de las figuras más soporíficas del medio intelectual mexicano. Miguel Murat la define de la siguiente manera:

—Es una conversación ritual, nomás que más aburrida.

Como no tengo ganas de entrar en la definición de que es conversación ritual, voy a poner ejemplos. Es conversación plana la de dos señoras que dicen:

—Yo le digo a mi hijo que estudie catorce años más, termine la carrera, haga su tesis, se reciba y después se dedique a lo que le dé la gana.

A lo cual, la otra, por supuesto, responde:

—Tienes razón, un título es siempre un paracaídas.

Pero la veracidad o falsedad de lo afirmado no afecta la clasificación, ni hace que algo sea o deje de ser conversación plana. Se hace conversación plana cuando se mete la mano en lo que podría llamarse “el acervo de la sabiduría popular”, que aunque está plagado de inexactitudes no es exclusivamente un conjunto de idioteces. Es conversación plana decir, por ejemplo:

—¿No te has fijado que el hombre ha dado la espalda a la naturaleza y ya no se preocupa más que de su provecho propio?

Es cierto, nomás que no es interesante.

Aquí me veo obligado a hacer una pausa para despertarme. El defecto de la conversación plana como tema literario es que lo vuelve todo plano. Pero después de todo, lo anterior no era más que un prólogo al asunto central de este artículo, que es las conversaciones sobre perros. Estas conversaciones se llevan a cabo siempre entre personas que son partidarias de los perros, porque si en la reunión en donde se desarrollan hay presente alguien que deteste a los perros, éste siempre guarda un silencio malhumorado o vergozante, mientras los demás siguen bordando sobre el tema.

Cuando el trato social toma este rumbo, siempre se cuentan anécdotas que tienen tres arquetipos. Uno de éstos es la historia del perrito que pertenecía a una familia que tuvo que cambiar de residencia, a Orizaba, por ejemplo. Subieron con el perrito en el autobús y cuando éste arrancó, el perrito empezó a aullar. Cuando iban cruzando el lago de Texcoco, el perrito no pudo más, se desprendió de las manos cariñosas de su dueña, brincó por la ventanilla y se perdió en la tolvanera. La familia, afligidísima, lo dio por muerto.

Pasaron quince días, al cabo de los cuales un empleado de la oficina de telégrafos llegó a la nueva casa de la familia, en Orizaba, con un mensaje. Era de un señor que había visitado a la familia en México en una sola ocasión, que les avisaba que el perrito estaba en su casa sano y salvo. Al llegar a este punto, se agrega que la casa del señor que envió el telegrama quedaba en un rumbo completamente desconocido para el perrito, se hace una pequeña elucubración de cómo dio éste con la dirección y se termina con un elogio al maravilloso instinto de los animales.

Otra anécdota arquetípica es la del perro que no quiso salirse de debajo de la cama del amo muerto; la del que se quedó aullando en las salas del aeropuerto, durante tres semanas, hasta que su dueña regresó de Europa, o bien, la del perro que cometió suicidio al enterarse de que su dueño había desfalcado el Banco de Ahorro Braceril.

Si el primer ejemplo se refiere a las habilidades insólitas de los perros y el segundo a su fidelidad, el tercero se debe referir a diversas excentricidades caninas, como son: el caso del perro al que no le gustaban las torrejas, el del perro que se volvió dipsómano y murió de cirrosis hepática, el del perro que adoraba a los animales, etcétera.

Todas estas anécdotas son alabatorias, como es natural, puesto que sólo tienen cabida entre personas partidarias de los perros. A esto se debe que otras anécdotas queden relegadas al olvido, como son por ejemplo, la de los siete perros que cuidaban una casa y ladraban al unísono cada vez que alguien pasaba por la calle. La única vez que callaron fue cuando alguien entró en la casa y se llevó los ahorros de la familia —de lo cual, francamente, me alegro.

Otro caso por el estilo, es el de una perra que yo tenía, que vivió convencida de que cada vez que alguien iba a darme la mano, quería, en realidad, enterrarme un puñal. Nunca he pasado tantas vergüenzas ni cosechado tantas enemistades.

Otro caso digno de relatarse es el del perro que “cuida” la calle donde vivo y que al cabo de dos años es incapaz de reconocerme y me ataca cada vez que entro en mi casa. Afortunadamente es un cobarde.

También es digno de recordarse el caso de la perra que odiaba a todos los que no tenían coche y enloquecía cuando veía a alguien de huarache. Pero, después de todo, si no le gustan a uno los perros, ¿para qué hablar de ellos?

Por Jorge Ibargüengoitia

*Texto publicado en Excélsior (1971).

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