Por Alejandro Zambra*

Foto por Victor Hugo Valdivia ‘A contra luz’

Hace dos años, los editores de Etiqueta Negra empezaron una nueva sección de la revista que consistía en escribir en contra de los colegas o, como me explicó entonces Marco Avilés, “en contra de lo malo del oficio, de los vicios y enfermedades de la actividad”. En ese contexto Martín Caparrós escribió contra los cronistas, Alberto Fuguet contra los cineastas y Marcos me pedía a mí que escribiera contra los poetas.

Acepté, claro. Escribí —en serio y en broma— una diatriba pensando en mis propias experiencias. Me pareció bello versionar de paso, modestamente, el divertidísimo ensayo de Witold Gombrowicz. Recuerdo que recibí algunas reacciones favorables, que en general valoraban la vena satírica del artículo. Y enseguida lo olvidé o más bien lo archivé para siempre, o creí yo que para siempre.

Tiempo después, a casi un año de la publicación, Luis Martínez Solorza, el hombre orquesta de letras.s5.com —el sitio clave para entender (o no entender) los entretelones de la literatura chilena— encontró ese artículo en la web de Etiqueta Negra y decidió recuperarlo. Martínez no consideró necesario consignar la fecha o las circunstancias de la publicación original y yo tampoco me enteré de que lo había colgado en su página hasta que un amigo me llamó para darme su opinión sobre —como dijo, muy alarmado— la polémica.

De a poco entendí a qué texto se refería y comprobé que en efecto mi artículo había provocado tardíamente un par de furiosas reacciones. Por ejemplo, el poeta Javier Campos puntualizaba: “Es lastimoso leer articulitos donde se mofan cruelmente de los poetas en sentido general o quizás una cierta mala sangre del emisor para quizás vengarse de conocidos poetas santiaguinos (porque se hace referencia a poetas locales chilenos que viven por la capital creo entender)”. Al leer estas líneas sentí, primero, por así decirlo, una especie de enorme asombro sintáctico, pero luego volví a leerlas y las entendí.

¿Un ajuste de cuentas con mis enemigos? No era ésa mi intención. Tal vez sí era un ajuste de cuentas, pero ante el espejo, porque he cometido y seguramente seguiré cometiendo muchos o casi todos los delitos que mi texto denuncia: publicar libros de poemas, dar entrevistas prematuras, organizar fugaces revistas literarias, aparecer o desaparecer en antologías y —last but not least— adorar a Alejandra Pizarnik. Me dolió un poco más, sin embargo, una nota firmada por Javier del Cerro titulada expresivamente “Contra Zambra”, en la que me acusaba de haber cambiado de amigos y de renegar de mi pasado como poeta debido a que me había convertido en narrador.

Redacté, resignado, una respuesta en la que no tuve más remedio que explicar el chiste, y también aclaré que no había cambiado de amigos y que no me había pasado de la poesía a la prosa porque de hecho nunca he dejado de escribir poesía. Por supuesto que me arrepentí luego de esa aclaración en la que terminaba defendiéndome de forma más bien penosa. La polémica prosiguió e incluso —digo esto con cierto orgullo— el escritor Gonzalo León intercedió por mí, a pesar de que —digo esto sin orgullo— era yo hasta entonces más bien su enemigo (“todos saben que no soy un devoto de Zambra”, decía en ese artículo, sorprendentemente, León).

Releo lo que llevo escrito y entiendo el posible desconcierto de los lectores. ¿Qué importan todas estas peleas más o menos apasionadas y rutinarias? Algo importan, creo, en este caso. No es que lo crea: lo siento. Porque éste es un texto fundamentalmente emotivo. Ahora pienso que esos poetas tenían razón al enojarse conmigo. Me retracto: nunca debí escribir esa diatriba a los poetas. Debí escribir contra los narradores. Porque ésos sí que son terribles, despiadados. Y ni siquiera es necesario argumentarlo. Todo el mundo lo sabe. Los poetas son estupendos, los narradores atroces. Definitivamente estoy a favor de los poetas y contra los narradores.

*Texto extraído de No Leer. Crónicas y ensayos sobre literatura (UDP, 2010).

 

Comments

comments