El film Continente perdido ilustra muy bien el actual mito del exotismo. Se trata de un gran documental sobre el “oriente”, cuyo pretexto es una vaga expedición etnográfica, visiblemente falsa por otra parte, realizada en Insulindia por tres o cuatro barbudos italianos. El film es eufórico, allí todo es fácil, inocente. Los exploradores son buenas gentes, que durante el descanso se ocupan de diversiones infantiles: jugar con un osito-mascota (la mascota es indispensable en cualquier expedición; no hay film sobre el polo sin foca domesticada, ni reportaje tropical sin mono) o volcar cómicamente un plato de espaguetis sobre la cubierta del barco. Esto significa que esos buenos etnólogos no se preocupan para nada por problemas históricos o sociológicos. Para ellos la penetración del oriente se reduce a una corta vuelta en barco en un mar azul, bajo un sol esencial. Y ese oriente, que precisamente hoy se ha convertido en el centro político del mundo, aparece sin contrastes, pulido y coloreado como una tarjeta postal pasada de moda.

El procedimiento de irresponsabilidad es claro: colorear el mundo siempre es una manera de negarlo (es posible que haya que comenzar un cuestionamiento al color en el cine). Privado de toda sustancia, arrojado al color, desencarnado por el lujo de las “imágenes”, el oriente queda preparado para la operación de escamoteo que el film le reserva. Entre el oso-mascota y los graciosos espaguetis, nuestros estudiosos etnólogos no necesitarán ningún esfuerzo para postular un oriente de formas exóticas, en realidad profundamente similar al occidente, por lo menos al occidente espiritualista. ¿Los orientales tienen religiones particulares? No interesa demasiado, pues sus variaciones son poco relevantes ante la profunda unidad del idealismo. De este modo, cada rito está, a la vez, especializado y eternizado: promovido, al mismo tiempo, al rango de espectáculo excitante y de símbolo paracristiano. Y si el budismo no es estrictamente cristiano, poco importa, pues también tiene monjas que se rasuran los cabellos (gran tema patético en las tomas de velo), pues tiene monjes que se arrodillan y se confiesan a su superior, pues, como en Sevilla, los fieles van a cubrir de oro la estatua del dios. Es cierto que siempre son las “formas” las que mejor revelan la identidad de las religiones; pero, lejos de desenmascararlas, esa identidad las entroniza, las incluye a todas dentro del prestigio de una catolicidad superior.

Se sabe perfectamente que el sincretismo ha sido siempre una de las grandes técnicas de asimilación de la iglesia. En el siglo XVII, en ese mismo oriente, cuyas predisposiciones cristianas nos muestra Continente perdido, los jesuítas avanzaron demasiado en el ecumenismo de las formas: se ejercieron ritos malabares que, por otra parte, el papa terminó por condenar. Ese mismo “todo es semejante” es insinuado por nuestros etnógrafos: oriente y occidente, todo es igual, sólo existen diferencias de colores, lo esencial es idéntico. Es la eterna postulación del hombre hacia Dios, el carácter irrisorio y contingente de las geografías en relación con la naturaleza humana, cuya clave detenta únicamente el cristianismo. Aun las leyendas, ese folklore «primitivo» que parece destinado a destacar su rareza, sólo tienen por misión ilustrar la “naturaleza”. Los ritos, los hechos culturales nunca se vinculan con un orden histórico particular, con una situación económica o social explícita, sino solamente con las grandes formas neutras de los lugares comunes cósmicos (estaciones, tormentas, muerte, etc.). Si se trata de los pescadores, por supuesto que no se nos muestra el modo de pescar; lo que aparece hundida en la eternidad de un poniente de cromo es una esencia romántica de pescador, que nada tiene que ver con un obrero que tanto en su técnica como en sus ganancias es tributario de una sociedad definida, sino que más bien se ofrece como tema de una eterna condición: el hombre en la lejanía, expuesto a los peligros del mar, la mujer que llora y reza en el hogar. Lo mismo ocurre con los refugiados, de quienes se nos muestra al principio una larga fila que baja la montaña; evidentemente es inútil situarlos: son esencias eternas de refugiados y producirlos es parte de la naturaleza del oriente.

En suma, el exotismo revela su justificación profunda, que consiste en negar cualquier intento de situar la historia. Al mostrar la realidad oriental con algunos signos indígenas, se la vacuna eficazmente contra todo contenido responsable. Un poco de “situación”, la mal superficial posible, facilita la coartada necesaria y dispensa de una situación más profunda. Frente a lo extranjero, el orden sólo conoce dos conductas, ambas mutilantes: o considerarlo como ficción o desmontarlo como puro reflejo de occidente. De cualquier modo, lo esencial es suprimir su historia. Vemos, pues, que las “bellas imágenes” de Continente perdido no pueden ser inocentes; no puede ser inocente perder al continente que se ha reencontrado en Bandung.

Por Roland Barthes

*Texto de Mitologías (1954).

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