Por Kaizar Cantú

Borges escribió un par de historias acerca de sociedades de hombres que tejen a escondidas una trama que gobernará el destino de todos los otros hombres. Son ficciones, por supuesto, y como tales, su oficio es el de entretener y, dado el caso, aterrar. Sin embargo, no podemos pasar por alto las facciones del universo real que rebotan, distorsionándose, contra la superficie de lo imaginario.

Las teorías de conspiración son una variante del mito cosmogónico. Explican por qué las cosas son como son, y en ocasiones también ofrecen un panorama de lo que será el futuro, casi siempre apocalíptico. David Icke, ex-futbolista británico y breve corresponsal deportivo, dice que las altas esferas de poder están pobladas por una raza de seres interdimensionales, todos ellos reptiles con rasgos humanoides capaces de alterar su apariencia para hacerse pasar por seres humanos comunes y corrientes. Esto explica por qué existe semejante cosa como la injusticia en el mundo: los poderosos son una raza literalmente inhumana, sin interés en el sufrimiento de una especie de seres, a sus ojos, inferiores. Icke asegura que al final, si no nos movilizamos pronto, nos esperan sólo la esclavitud o la aniquilación.

Es muy fácil reírse de las creencias del señor Icke. Yo lo he hecho, y estoy seguro de que los medios de su propio país (y de otros) se divierten a costa suya. No obstante, el hombre tiene sus seguidores, los suficientes como para generar ganancias envidiables a través del mito. Si hay cientos de miles, si no es que millones de personas dispuestas a pagar buen dinero para leer o escuchar las palabras de su profeta, ¿quién soy yo para cuestionarlos? Nada más que un escéptico, un condenado, un trozo más del Lumpenproletariat.

La fuerza de las teorías de conspiración no es distinta a la de una bien tramada mitología. Ambas formas del relato apelan al asombro y tienen una predilección por los eventos de consecuencia a gran escala. Las dos explican la razón y funcionamiento de fuerzas que escapan a nuestro entendimiento y nuestros sentidos: el trueno, las mareas, el mal, la muerte; la pobreza, la corrupción, la injusticia, las grandes guerras. Además, como el mito, la teoría de conspiración permite que la realidad tenga rastros de duda y de sospecha. Conserva el misterio en el mundo, reemplazando el pasmo ante lo místico con la paranoia.

Cuando de conspiraciones se habla, hay de teorías a teorías. Existen las más “aterrizadas”, aquellas que tratan asociaciones secretas, que no son otra cosa más que grupos de hombres que se juntan a escondidas para urdir el destino de su mundo (mundo que, dependiendo del lugar y el tiempo, puede abarcar desde unos cuantos principados a tres cuartas partes del planeta). Estas son las más creíbles porque nos hablan de fuerzas que nos son tristemente familiares: la avaricia y la maldad de personas interesadas en el poder o en la materialización de algún proyecto de existencia. También las hay de vena más fantástica, que ofrecen tramas en las que se pone en duda nuestro entendimiento de las categorías de lo natural y lo sobrenatural. Son historias típicas de un episodio de los X-Files, en las que la verdad está allá afuera y es muy distinta de lo que creemos haber alcanzado a comprender. Éstas son mucho más difíciles de creer, y sus implicaciones son dignas de un relato de terror lovecraftiano. Nos hablan de un universo que opera en un plano distinto al nuestro, cuya verdad acabaría con la mente de cualquier ser racional e insignificante.

Ambos extremos en el espectro de las teorías de conspiración tienen tanto sus razones como sus méritos. De las más creíbles puede decirse que intentan darle rostro a males que en ocasiones nos parecen inexplicables. Males muy humanos cuya explicación menos aterradora tal vez sea que son, en efecto, producto de algo tan identificable y combatible como la humanidad en vez de una consecuencia más del caos dentro del que se gira. Las otras, las más increíbles, declaran que nuestro destino es regido por un orden natural que está por encima de nuestras capacidades como especie, por lo tanto, no nos queda otra opción más que ceder. Ambas son, por supuesto, perspectivas tanto optimistas como pesimistas a su manera, y dependerá de cada quién cómo quiera ver las cosas.

En breve, las teorías de conspiración son un producto más del imaginario humano en su intento por explicarse a sí mismo las situaciones que sufre como habitante de este mundo, ya sea mediante fenómenos extraños pero verosímiles (sociedades secretas, ciencia súper avanzada, proyectos de duración centenaria), ocurrencias fantásticas (intervenciones alienígenas, parapsicología, criptozoología) o una combinación de ambas. Pueden ser clasificadas como una expresión posmoderna del folklore y la mitología, lo que las vuelve, por lo tanto, otra de las fuentes en las que intenta saciarse la Literatura.

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