Ningún poeta ni novelista desearía ser el único escritor de toda la historia; a la mayoría, en cambio, le encantaría ser el único escritor de su tiempo, y un buen número cree ingenuamente que ese deseo le ha sido concedido.

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En teoría, el autor de un buen libro debería permanecer en el anonimato, puesto que es su obra, y no él, la que es digna de admiración. En la práctica, sin embargo, esto parece imposible. De todos modos, el elogio y la atención que los escritores reciben del público en ocasiones no resulta tan negativo para ellos como cabría esperar.

Igual que las buenas personas olvidan sus buenas acciones no bien las han realizado, el escritor genuino olvida la obra que acaba de concluir y se dedica a pensar en la siguiente. Si acaso piensa en su obra anterior, es probable que recuerde más sus fallos que sus virtudes. A veces, la fama envanece a un escritor, pero rara vez consigue que se sienta orgulloso.

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Se puede culpar a los escritores de todas las pedanterías posibles, menos una: la de los asistentes sociales: “Hemos venido al mundo para ayudar a otros; ¿para qué han venido los demás? Ni idea”.

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Cuando un escritor exitoso analiza las razones de su éxito por lo general subestima su talento nato y sobrestima la habilidad con la que ha empleado ese talento.

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Cualquier escritor preferiría ser rico antes que pobre, pero a ningún escritor genuino le interesa la popularidad en sí. Necesita que otros aprueben sus obras para asegurarse de que su perspectiva de la vida es verdadera, y no un mero delirio; sin embargo, solamente aquellos a quienes respeta pueden aportarle esa seguridad. Para un escritor, la popularidad universal solo sería deseable si la imaginación y la inteligencia se repartieran equitativamente entre las personas.

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Cuando alguien que es evidentemente un bobo me dice que le ha gustado uno de mis poemas, siento como si le hubiese robado la cartera.

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La extraña relación que los escritores, y en especial los poetas, tienen con el público se debe a que su instrumento, el lenguaje, a diferencia del de los pintores y los músicos, no es exclusivamente suyo, sino que pertenece a la comunidad lingüística de la que estos escritores y poetas forman parte.

Muchas personas estarían dispuestas a admitir que no entienden de pintura o de música, pero muy pocos, habiendo asistido a la escuela y aprendido a leer anuncios publicitarios, aceptarían que no entienden su propia lengua. Como decía Karl Kraus: “Los lectores no entienden alemán, pero soy incapaz de explicárselo en idioma periodiqués”.

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¡Qué buena suerte la del matemático! Solo lo juzgan sus pares, y el estándar es tan alto que ningún colega o rival poseerá jamás una reputación que no merezca. No hay cajero que se atreva a enviar a los periódicos una carta en la que deplore la ininteligibilidad de la matemática moderna en comparación con la de los viejos tiempos, cuando los matemáticos se limitaban a empapelar habitaciones asimétricas y a llenar bañeras sin tapar el desagüe.

Decir que una obra posee inspiración implica simplemente que, a juicio de su autor o de sus lectores, es mejor de lo que cabía esperar, nada más.

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Todas las obras de arte se hacen por encargo, en el sentido de que no hay artista que cree a voluntad: todos han de esperar a que una buena idea “les venga” a la cabeza. De todas aquellas obras fallidas a causa de la falsedad o inadecuación de las ideas que las motivaron, hay muchas más que son producto de un encargo que el artista se ha hecho a sí mismo que aquellas que fueron encargadas por mecenas.

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El grado de emoción que el escritor siente durante el proceso de composición de su obra es tan indicativo del valor del resultado final como la emoción del que ora de su devoción, es decir, muy poco.

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El Oráculo se dedicaba a profetizar y a dar consejos para el futuro; no pretendió jamás dar recitales de poesía.

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Si los poemas pudieran escribirse en trance y sin participación consciente del poeta, escribir poesía sería una operación tan aburrida y desagradable que solo una sustancial remuneración en forma de dinero o de prestigio podría motivar a alguien a hacerse poeta. Por lo que puede verse en el manuscrito, parece ser que el relato de Coleridge de la redacción de “Kubla Khan” era una mentirijilla.

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Es verdad que, mientras escribe un poema, el poeta siente como si hubiera dos personas involucradas: su yo consciente y la musa a la que debe cortejar, o bien el ángel contra el que habrá de enfrentarse. Sin embargo, igual que en cualquier cortejo o pelea, su papel es tan importante como el de la musa o el ángel.

La musa, como la Beatriz de Mucho ruido y pocas nueces, es una joven llena de determinación, con la que un pretendiente abyecto cuadra tan poco como un bruto vulgar. Aprecia la caballerosidad y los modales, pero desdeña a los que no están a su altura, y se complace en dictarles cosas absurdas y mentiras que los pobrecillos escriben obedientemente, como si se tratara de verdades “inspiradas”.

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Mientras escribía el Coro en sol menor, inadvertidamente mojé la pluma en un frasco de medicina, en vez de hacerlo en la tinta, por lo que dejé un manchón en el papel que, cuando intenté quitarlo secándolo con arena (a la sazón no se había inventado el papel secante), tomó la forma de un becuadro, lo que al instante me dio la idea del efecto que causaría una modulación de sol menor a do mayor; ese efecto —si existe— se debe pues a aquella mancha.

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Semejante distinción entre el azar y la providencia merece sin duda llamarse inspiración.

Por W.H. Auden

*Fragmento de El arte de leer (2013)

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