Por Oscar Hernández

El estado mental ideal de un pianista sería que, mientras sus manos bailan como un par de arañas al ritmo de la música que crean al posarse sobre las teclas, él pudiera observar colores y tonalidades, el ir y venir de formas cromatizadas. En lugar de eso, Christian Bideau se enfoca en la parte que está tocando, visualiza el momento en el que inicia la parte que más dificultad le sugiere, toma un respiro casi imperceptible y ataca concentrado para no equivocarse, mientras Melissa Purnell canta.

Entre una pieza y otra agradecen al público, charlan un poco sobre la pieza que tocarán a continuación, explican el contexto de la canción y sobre lo que trata la letra. El concierto para piano y voz es ofrecido en la Casa de Cultura de Nuevo León, que antes fue usada como estación de tren. Las canciones son como pasajeros que llegan y se van. Sólo el público permanece en silencio, escuchando atentamente, mirando el brillo en los ojos de la soprano Melissa Purnell que contrastan con las esquinas gastadas del piano. La idea que se tiene de “ópera” sugiere la conjunción de la mayoría de las Bellas Artes, donde se unen la poesía, el teatro, la música y el canto, basadas en un repertorio vocal de los siglos 19 y 20, incluyendo canciones líricas, arias de ópera y algunas piezas para piano solo. El concierto sugiere algo más simple: una voz y un piano para ofrecer un ave que vuela cerca de nuestros oídos; la cantante solo se centra en cantar, no imagina ninguno de los paisajes sobre los que canta, sólo se enfoca en la voz. El pianista toca concentrado en la parte que más se le dificulta. La cantante inhala y exhala las últimas notas de la canción. Ambos agradecen al público: ella, con una sonrisa se retira del escenario de la mano de su amado.

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