Por Guffo

Caminando por el centro de la ciudad me topo con el mítico cine Aracely. Confieso que siempre había escuchado hablar de él pero nunca lo había tenido enfrente, por lo que decido sacar la cámara de la mochila y tomar algunas fotos. De pronto, un hombre robusto y de barba de candado sale de una puerta de cristal, se para en la orilla de la banqueta y me hace un ademán levantando las manos y parando el cuello; como preguntando “¿Qué quieres?”. Guardo la cámara en el bolsillo de la camisa, cruzo la calle y me acerco extendiéndole la mano, explicándole que las fotos son para una pequeña crónica que saldrá la próxima semana en un periódico: “Un artículo en el que hablo sobre construcciones emblemáticas de Monterrey”. “Ah, perdón, pero es que uno ya no sabe las intenciones de la gente, compadre”, me dice, sereno y sonriente; y entonces entramos en confianza.

El hombre –Héctor, se llama– me dice que el boleto de entrada cuesta 60 pesos. El precio lo confirma una cartulina anaranjada con plumón negro que está pegada en el vidrio de la taquilla. “Abrimos todos los días: los sábados de 10am a 10pm. Es como un cine normal”. Héctor recalca siempre la palabra “normal”, como si con esto limpiara la reputación de los cines de este género. “Tenemos una dulcería, como los cines normales, pero obviamente las medidas de higiene de la sala son mayores”. Prefiero no ahondar en eso de “las medidas de higiene”, pues supongo a lo que se refiere, y me limito a sonreír.

Héctor también me platica que lleva varios años trabajando ahí, y que siguen conservando los proyectores de 35mm –“unas reliquias que han de valer una lana”–, a pesar de que la mayoría de las películas que proyectan ya son en formato DVD.

En eso, el teléfono de la taquilla suena. Héctor me pide que lo disculpe. Mete la mano por una abertura y saca el auricular. Cuelga minutos después. “Si quieres otro día te doy un rol por adentro, ahorita ya me tengo que ir a unos mandados, compadre”. “No te preocupes,” le digo. “Te agradezco mucho tu tiempo”. Antes de estrechar su mano para despedirme, me dice que quienes acababan de llamar son los dueños del cine: “Es una pareja de viejitos. Unas reliquias: como los proyectores”. Reímos. Cruzo la calle y me quedo con la imagen de una pareja de más de 70 años usando ropa de látex y látigos negros.

El Aracely es de los pocos cines porno que sobreviven en la ciudad. Está ubicado en la calle Isaac Garza, casi esquina con Villagómez, en el centro de Monterrey. Lo rodean edificios de fachadas desgastadas -algunas baleadas- y salas de masajes “con calambre”. También varias leyendas urbanas. Una de ellas dice que si vas solo y alguien se sienta en la butaca de enfrente, te está invitando a tener sexo; otra cuenta que los fines de semana el cine permanece cerrado porque hacen orgías. Cuando le mencioné esto último a Héctor, se rió y lo negó; aunque la cuenta de Twitter del cine @CineAracely, creada el 25 de mayo y abandonada el mismo día, parece decir lo contrario.

Me acuerdo que hace más de 20 años los periódicos todavía publicaban entre sus páginas una larga lista de películas pornográficas en exhibición; incluso más larga que la cartelera infantil, que se limitaba a las matinés de dibujos animados del Teatro Montoya.

Lo recuerdo porque a esa edad me llamaban mucho la atención los nombres de estas salas –Sala Rex, Cine Chaplin, El Adelita, Cine Encanto, Vistarama, Lírico I y II– y las películas que proyectaban: Colegialas Ardientes, Sexorama 2000, La Guarra y el Vagabundo, La Ninfómana que se vino del Espacio, por mencionar algunas. También me llamaba la atención que a estas películas les pusieran tres letras equis, que para mí eran “tachitas” y las relacionaba con las tachas que ponía con tinta roja mi maestra en los exámenes para los que no había estudiado muy bien. Por lo tanto, en mi cabeza deducía que las “tachas” también eran algo “malo” en el mundo de los adultos; algo “prohibido” pero “permitido” al mismo tiempo. Un misterio inquietante para mi edad.

Hasta que un día dejaron de publicar la lista de películas porno en los dos periódicos que había en ese entonces, a pesar de que los cines seguían funcionando. Imagino que fue cuestión de negocios y de doble moral, defectos que siempre han caracterizado a esta ciudad. Según Héctor, los cines porno dejaron de ser negocio cuando empezó el auge de las antenas parabólicas, los establecimientos de renta de videos y la piratería, por eso muchos cerraron; pero eso para El Aracely fue una ventaja, pues había menos competencia. Hasta que se desató la ola de violencia y los cines porno no fueron los únicos negocios que se vieron obligados a cerrar, pues manzanas enteras de zonas comerciales se convirtieron de un día para otro en pequeños pueblos fantasma.

Pero El Aracely ha sobrevivido. Según Héctor, nunca ha cerrado sus puertas, aunque acepta que ha bajado la afluencia de clientes. El Aracely sigue de pie, a pesar de las nuevas tecnologías, las crisis económicas y la violencia. El Aracely sigue ahí, rodeado de abandono; recordándonos que hubo un tiempo en que esta ciudad era menos mocha y un mejor lugar para vivir.

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