Con motivo del 45 aniversario del Festival de Rock y Ruedas Avandaro

En 1985, unos días antes del temblor que sacudió a mi querido Distrito Federal (hoy conocido como Ciudad de México), yo estudiaba en el Colegio Rafael Donde, al que también le decían “El Salesiano”, ubicado cerca del metro Colegio Militar. Ahí tomaba yo un curso de reparación de electrodomésticos en las tardes y en la mañana sacaba para mis gustos personales (discos, revistas, libros y ropita) trabajando en un puesto de jugos y tortas, porque por el momento ya no quise seguirle a la prepa. En ese lugar, entre licuadoras, lavadoras y planchas (nunca le regresé la plancha a mi Tía María, que amablemente me prestó para las prácticas), conocí a unos seres extraños que no eran intelectuales, pero eran la bandota.

El curso estaba integrado por puros hombres ya adultos, la gran mayoría de entre 25 y 35 años; al de 35 atinadamente le decíamos “El Abuelo”, y él, durante los pocos minutos de descanso o en el camino al paradero de buses nos nutría con sus vastos conocimientos sobre rock mexicano. Un día salió a la plática que él había asistido al Festival Avandaro, celebrado el 11 y 12 de septiembre en Avandaro, Valle de Bravo. Esto fue lo que nos compartió:

Me enteré en la radio y la televisión que se iba a llevar a cabo un festival de música donde tocaría lo más selecto del rock nacional, así que de boleto nos fuimos con la banda a comprar una entrada que nos costó a 25 varos. Para nosotros era chido, porque en aquel entonces en México no había chance de ir a un toquín. Aparte, recién se había dado lo sucedido en Tlatelolco, y “la halconiza” en San Cosme; como que la juventud era perseguida por cualquier cosa. Eran tiempos de incertidumbre, los tiempos estaban cambiando, como dice el Maestro Dylan. El festival en cuestión era anunciado como el gran evento nacional: EL FESTIVAL DE ROCK Y RUEDAS DE AVANDARO.

Salimos de la central de autobuses del observatorio el sábado 11 en la mañana, bien temprano, ya con boleto en mano y con todo lo necesario: gabanes, cobijas, dos mudas de calzones y mezcalito, para pasárnosla suave. La central estaba hasta el gorro de chavos. Se escuchaba el rumor de que el festival había iniciado días antes. Las corridas de camiones estaban cubiertas en su totalidad, los chimecos salían con sobrecupo, los morros iban trepados hasta en el canastero del equipaje, en el mero toldo, incluido su valedor. Pero la neta eso no nos importó porque íbamos bien Agustín, acá cotorreando con dos tres morras, cante y cante, y así llegamos al mero pueblito de Avandaro, ahí en Valle de Bravo. Todavía le caminamos un buen rato de donde nos tiró el mionca. Durante el trayecto iba un buti de personal caminando; unos ya iban bien macizos, otros con guitarra y bien armados con lonas, bolsas de comida, bien contentos a pesar de que estaba lloviendo. También pasaban junto a nosotros camionetas de redilas repletas de más greñudos y greñudas, hasta que, guiados por los gritos de la raza, sonidos musicales y un humaredón, llegamos a nuestro objetivo: una inmensa explanada y a un lado un lago, el mero paraíso.

Ya la banda estaba bien prendida. El área olía a petate quemado y escuchamos que no habría carreras de autos, debido a que llegó más gente de la esperada e invadió la pista de carreras y no hubo poder humano que los hiciera a un lado. Así que la carrera no iba a ser de coches, sino de ‘motos’. Buscamos un lugar donde instalarnos y lo encontramos junto a unos güeyes que venían de Xochimilco. Nos hicieron un espacio de tierra y nos acomodamos. Estábamos un poco lejos del escenario, pero se alcanzaba a ver bien, ya que estaba altísimo, como unos cinco o seis metros. Había muchas casas de campaña y camastros improvisados; chavos en los árboles, en el suelo. Era algo muy bueno y novedoso para la chaviza. Donde quiera se escuchaba música, tambores guitarras, cantos; en pocas palabras: estaba bien chingona la onda.

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Nos dijo el valedor este de Xochimilco que como no tenían nada que hacer, ellos habían llegado tranquilamente desde la tarde del miércoles 8 a instalarse y se rayaron porque les tocó la levantada del escenario y las pruebas de sonido entre los grupos participantes, las cuales estuvieron llenas de covers. Se aventaron unos blues bien espesos, rocanroles grasientos, canciones de los Rolling, de los Beatles y de otros grupos extranjeros de aquellas épocas. La neta, para los que sobrevivieron a la lluvia, al calor, hambre, picaduras de moscos de serpientes y de uno que otro humano y al lodo de cuatro días, el sound check fue mejor que el festival en sí. Los grupos ya estaban medio cansadones en su presentación estelar. Lástima que no estuve ahí; todo por no faltar en la chamba.

Ya para las once y después de un desayuno psicodélico con Alan, empezó formalmente el festival con una sesión de yoga y pláticas acá sobre el medio ambiente. Todo el mundo le empezó a mentar la madre a Carlos Baca, periodista de rock y ecologista que dirigía el mitote, pero sirvió como para tranquilizar un poco al personal que ya se estaba alebrestando. Ya querían movimiento en el follaje. Después hubo una representación de la Opera Rock Tommy, del grupo inglés The Who, que en aquel entonces estaba en su mero apogeo, interpretado por la compañía de teatro experimental de la UNAM. Y así fueron desfilando. No me acuerdo mucho del orden, pero me acuerdo más o menos de La Ley de Herodes, donde tocaban los hermanos Fernando y Sergio Arau (de los cuales el primero se hizo cachún y el segundo integró más tarde la Botellita de Jerez junto con los Guacarrockers), Zafiro, La Sociedad Anónima, Soul Masters, La Fachada de Piedra con Larry Sánchez (invitado de la banda 39.4, el cual jalaron a cantar, ya que el vocalista original andaba quién sabe dónde). Al concluir estos últimos, los organizadores hicieron una breve pausa, la cual aproveché para ir a cagar.

Más tarde me di color que había un guato de policías y militares con sus macanas y sus cascos resguardando el área, según para cuidar a la raza, para que no hiciera desmanes. Pero al rato ellos también andaban vendiendo mota y hasta estaban bailando (eran también pueblo, después de todo). Al chico rato, cuando tocaron los Dug Dug’s (nombre que es abreviatura de ‘Durango, Durango’), se escuchaba un buen desmadre que no alcancé a licar desde donde estaba, pero más tarde me enteré que la responsable del borlote fue una chava que se subió al toldo de un camión como tipo mudanza que estaba cerca del escenario y se encueró. Pero pos la neta andaban un chingo de morritas encueradas y sin chichero en el festival.

Luego siguió El Epilogo, La División del Norte, Tequila. Y más tarde, durante la actuación del grupo Peace and Love, su vocalista y guitarrista Ricardo Ochoa empezó a agitar a la concurrencia mientras tocaban la rola ‘We got the power’, gritando cosas como ‘¡Grítenle cabrones!’. (Dicen mis carnalas, que estaban escuchando la transmisión por radio por que no las dejaron ir mis jefes, que la transmisión se fue cuando se escuchó en la bocinas del radiecito ‘Chingue su madre el que no cante’.) Luego se rifaron una que nomas decía ‘¡¡Maaari, mariguaaanaa!!’.

También estuvieron El Ritual, Bandido y Los Yaki, con la cantante Mayita Campos. Estos últimos tuvieron que improvisar un largo solo de tambores y batería porque se les fue la luz y empezó la artillería con proyectiles en forma de envases de vidrio calibre caguama de medio litro, entre otros artefactos. Esto causó que la cantante Mayita (que, por cierto, su voz se me figuraba de repente a la de la Janis Joplin) saliera huyendo y protegiéndose.

Salieron “Tinta Blanca, ¡chispas!, El Amor (demasiado fresas para el festival, pero salieron bien librados) y por último, ya como a las ocho o nueve de la mañana del domingo, le tocó a los Three Souls in My Mind. A ellos les tocó hasta el último no por famosos (no eran muy conocidos todavía), sino porque así salieron en el sorteo. Pero también le pararon bien rápido porque las fallas técnicas persistían. Sin embargo, tocaron rolas de su autoría, así como covers del Santana y los Rolling.

Cuando acabó el festival, el gobierno mandó muchos camiones escolares para que el personal se regresara a sus cantones y así. Estuvo bueno el rollo, pura onda chicana…

Pues esto, chavos, es más o menos de lo que me acuerdo. La neta estuvo bien chido y no me di cuenta de que haya pasado algún incidente o cosa mala. Todo estuvo tranquilo, en plena hermandad. Disfrutamos un buen festival, con sus altas y bajas. No fue nuestro Woodstock, no fue nuestro Monterrey Pop Festival, no fue nuestro Altamont; fue nuestro festival, nuestro, de nosotros [se tocaba el corazón, cada vez que decía eso]. A ver cuándo arman otro. La verdad no creo, ya tiene rato que seguimos en la misma, escondiéndonos para asistir a una buena tocada, y quizá esto se deba al mala fama que le crearon al festival las buenas conciencias, ya que al día siguiente en los periódicos había más críticas que flores: que si la juventud descarriada, que si los mugrosos fueron a contaminar el aire limpio, que puro mariguana, sexo, drogas, rocanrol… Pero bueno, ¿tienen videocasetera? Por ahí tengo un video en formato beta que conseguí en el tianguis del Chopo con algunas rolas y escenas del festival. Luego se los rolo”.

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Una vez que quedamos enterados de sus experiencias, nos despedimos y yo agarré mi ruta 100 de regreso a casa. Dos días más tarde, en la mañana, sucedió algo inesperado. Pero ahí luego les cuento.

Por Alex Fulanowsky

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